Opinión

Viajeros del tiempo

Rosario, 1905-1910. Una deidad en el Rosario (I). Si se cree que el curanderismo es sólo una plaga que encuentra su ambiente propicio en aquellos lugares de la campaña donde el médico es un personaje inhallable y toda la ciencia farmacológica se reduce al manejo de un puñado de plantas de veneración doméstica, se caería en un grave error.

Jueves 17 de Julio de 2008

Una deidad en el Rosario (I). Si se cree que el curanderismo es sólo una plaga que encuentra su ambiente propicio en aquellos lugares de la campaña donde el médico es un personaje inhallable y toda la ciencia farmacológica se reduce al manejo de un puñado de plantas de veneración doméstica, se caería en un grave error. Es en los grandes focos de la civilización donde la credulidad asume los modos más bizarros y grandilocuentes, y donde se desarrollan las farsas más inverosímiles, presentando nuestra propia ciudad, por ejemplo, un ambiente singularmente favorable a los charlatanes y a los ilusionistas, usufructuarios de los pingües tributos que rinden los cándidos a las deidades terrenales que saben maravillarlos con supuestos éxitos sobrenaturales. Por esto, sorprendidos por el relato de una serie de curaciones prodigiosas llevadas a feliz término por un "herbolario-naturalista" que hace poco abrió su estudio en el Rosario, y no menos sorprendidos por la descripción de sus procedimientos cabalísticos y sibilinos, ideamos el plan de ir a consultarlo y embebernos de su colosal sapiencia, y para lo cual nos trasladamos al domicilio de esa sabia deidad hecha hombre, elucubrando al mismo tiempo una enfermedad lo suficientemente morbosa como para poner en apuros al mismísimo Hipócrates. Llegados a cierta altura de la calle Tucumán, nos encontramos con una brillante chapa en donde campeaba un impronunciable apellido alemán, furiosamente sugestivo, debajo del cual se podía leer el título de "naturalista", y rápidamente dejamos de lado la elaboración de nuestra fábula para entrar de lleno en la acción. Dimos tres largos y pronunciados botonazos eléctricos con una alta dosis de impertinencia nerviosa, pero esto no produjo gran efecto en los habitantes de la casa, los que o eran sordos o disfrutaban de los ritmos expectantes. (1907)

gzinni@lacapital.com.ar

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