La bubónica sigue, pero silenciosamente.

La bubónica sigue, pero silenciosamente.
A siete años de que se desatara la peste bubónica en nuestra ciudad, la enfermedad sigue, aunque el autoritarismo de las reparticiones técnicas se ufana en declarar que todo marcha bien. Las autoridades han rodeado de silencio el desarrollo del mal a fin de eludir las responsabilidades derivadas de sus desaciertos y de su acción estéril. Pero los casos de peste han continuado. Si bien es cierto que el desarrollo de la bubónica aquí no es propicio y que las razones de alarma deben ser limitadas, esto no es fundamento para que la Municipalidad siga dormida frente a este problema. Ha llegado a nuestros oídos que el joven Rafael Taberna, italiano, como de 17 años de edad, quien se hospedaba en la fonda El Tin-Tin, frente al Mercado Central, fue trasladado ayer a la casa de aislamiento por estar atacado de bubónica. La denuncia fue hecha por un vecino, quien también alertó de que en esa zona no existen medidas sanitarias de ninguna clase. También un vecino del barrio Sunchales nos dice que está atacado de bubónica un alto empleado de la fábrica de gas, el que se asiste en su domicilio. (1907)
Los gritos se pierden en el espacio.
El servicio telefónico del Rosario es uno de los más degenerados que existen. Aquí, una conversación a través de los hilos es casi siempre una fenomenal disputa. Se cruzan preguntas y respuestas que se pierden en el espacio; los interlocutores suben de tono, se desgañitan, y cada vez se entienden menos. A veces es necesario separarse un momento del aparato para tomar aliento y volver a repetir a los gritos una pregunta o una respuesta otras veinte veces, sólo para terminar maldiciendo a los adelantos modernos limpiándonos el sudor del rostro, sin haber podido comunicar más que furiosos mugidos. ¿Nunca tendremos teléfonos como la gente? (1907)


