Viaje de aventura con safari incluido

Lunes 12 de Diciembre de 2016

No se puede entrar en la simplificación de asimilar las calles del macrocentro con las de una ciudad bombardeada, como tanto se dice por estos días. En verdad, las imágenes de la ciudad siria de Alepo alejan rápida y definitivamente la malograda comparación. Es cierto que hay polvo en el aire, que el ruido de perforadoras y tractores se sobrepone al caótico tránsito que conductores desconsiderados empeoran alegremente. También lo es que se debe caminar sorteando huecos profundos, subirse a pasarelas tambaleantes y esquivar vehículos de carga que pasan rozando humanidades y vallas, además de grandes caños, volquetes, obradores y camiones. Todo eso en un ancho de 14 metros (o menos) de pared a pared.

Pero pasa algo distinto también. El trabajo transformador de obreros y máquinas pintan una postal de la ciudad de hace 40, 50 años, de una Rosario que crecía a "tasas chinas" merced a la construcción de innumerables edificios y nuevos barrios. Y después, en los tramos ya concluidos se nota la diferencia con el trazado anterior. La gente camina distendida al no toparse con alguien cada dos pasos, los vendedores ambulantes se ubican en esa especie de dársena que queda entre canteros con árboles y flores sin entorpecer el paso, y los ómnibus y los autos pasan más lejos de la gente.

Por una vez, el vecino podría ceder a la ilusión de pensar que se hizo algo bien. Eso si mira el todo y no se detiene en las infaltables baldosas flojas (que las habrá, la plaza San Martín lo certifica) que se empeñarán en salpicar agua con barro y hollín zapatos y ropa cuando menos hace falta.