Opinión

Vacuna

Ahora que la vacunación llegó a los mayores de 60 años, muchos jóvenes de ayer, desesperanzados por la impiedad de la pandemia, vieron la luz al final del túnel

Viernes 30 de Abril de 2021

Clase 60 y 61, hicieron 5º año en el 78, el año del Mundial, de los goles de Kempes en el Gigante de Arroyito con Videla y Kissinger en la tribuna, la lluvia de papelitos que no dejaba ver nada, el festejo del 6 a 1 ante Perú, los chetos en Pico Fino, con mocasines de Modulor y el cuenta ganado colgando del cinturón de cuero trenzado, y los otros, los pibes de barrio, los hippies, en las calles, banderitas celeste y blanco de plástico, cantitos de la cancha, el ¡Argentina!, ¡Argentina! atragantado en la garganta, en la noche más negra del invierno más triste que aún rezonga en el lento palpitar del bandoneón de un tango de la guardia vieja.

Escucharon el sorteo de la colimba apiñados alrededor de la radio en la mesa del bar un rato antes de entrar a la escuela, entre los gritos de alegría de los que sacaban número bajo y los que puteaban porque les había tocado Marina. Ni siquiera imaginaban que ese momento, que vivieron con la inocente alegría de un partido de fútbol, unos años después, cuando empezaron a llegar los telegramas para presentarse en los cuarteles durante la Guerra de Malvinas, iba a cobrar un significado trágico. Vieron el amanecer del rock nacional, que también era rosarino y nadie llamaba la Trova ni nada que se le parezca, y fueron a ”mover el esqueleto” al Sótano Beat de los bailes de carnaval de Provincial.

Hoy, cada uno anda en la suya, cada uno es cada cual, el noble y el villano, el prohombre y el gusano, pero tienen un grupo de WhatsApp, donde bailan y se dan la mano sin importarles la facha. Es un sumidero del peor humor que anda dando vueltas por internet, memes de dudoso gusto, videitos de Tik Tok, stickers cortados con los dientes, viejas anécdotas de la secundaria, que cada uno recuerda como mejor le place, y alguna chicana política soft, no sea cosa que alguien se tome las cosas a pecho y se vaya sin decir adiós, como pasó y todos lamentan. También, aunque usted no lo crea, de tanto en tanto, muy de tanto en tanto, sale algún tema serio, porque se hacen los millennials pero no lo son, vivieron otra Rosario, la recuerdan con nostalgia, y les duele esta Rosario de hoy.

A veces, cuando el trabajo, la familia, la pandemia, les dan un respiro, hacen una ronda de selfies, que son patéticas, pésimo encuadre, contraluz, calidad de los mil demonios e "inexplicablemente carótidas”, como bautizó uno de los creativos de la banda a esas fotos en las que sale la cara en primerísimo plano, patas de gallo, ojos de pez y expresión de “¿a dónde tengo que mirar?”. Las inauguraron en medio de la cuarentena más dura, como una forma de mostrar dónde estaban, qué hacían y, lo más importante, con quién lo hacían. Y quedó como una sana costumbre, un recurso inevitable en medio de esta nueva normalidad que les robó de un día para el otro los asados, las reuniones de fin de año, los encuentros.

Esas noches de “te acordás de…”, que cuando las tenían les parecían aburridísimas, porque siempre se habla de lo mismo, el viaje a Bariloche, las chupinas en el parque Urquiza, la profe de Inglés, el recreo en el que el Pardo Garrido sacó una navaja del bolsillo del chaleco de cuero y la clavó contra el pizarrón con la destreza de un lanzador de cuchillos de circo. Esas noches que, cuando te las quitan, sentís que te arrancaron el corazón. Esas noches que para ellos, que vieron la primera transmisión a color de ATC, son un peligro, y ellos, que crecieron durante la dictadura, sí que conocen el peligro.

Más ahora que el Negro se separó y anda saltando de cama en cama por obra y gracia de Tinder, su dedicación a los fierros y la magia de los punteos increíbles que le arranca a la viola eléctrica desde su más tierna edad. Por eso, cuando el artista del grupo, que emigró a España cuando acá a nadie se le ocurría ir ni al camping de Carcarañá, compartió la cartilla con el turno que le había llegado para vacunarse fue un shock. Y no es para menos, llegó cuando acá todavía andábamos viendo si las vacunas de Pfizer se podían guardar en los freezer de Grido o si con la Sputnik V los rusos querían inocular al mundo el comunismo.

Lo más impactante fue que el buen hombre, que vive en la buhardilla de su atelier en el Borne, en el corazón del Barrio Gótico de Barcelona, dijo muy suelto de cuerpo que no se iba a vacunar. Él, que había pasado el largo y estricto confinamiento español encerrado entre cuatro paredes, con la sola compañía de sus óleos y sus telas a medio pintar, muerto de miedo aunque no se atreviera a confesarlo, se había dejado ganar por el movimiento antivacunas que recorre Europa como un fantasma. Y lo hizo cuando acá, todos y todas, pero más los de la clase 60 y 61, creían que la única esperanza que tenían de volver a verse las caras era la vacuna.

Lo que él no sabía, ni el resto de la vieja guardia tampoco, es que ese mismo día, en un vuelo directo de American, uno de sus compañeros volaba a Miami con la sola intención de vacunarse. No lo dijo un poco por pudor, sentía culpa de poder pagar lo que tenía que pagar para poder plantar cara al virus, pero también porque salió a los apurones, corriendo contrarreloj ante las inminentes restricciones que se venían por la segunda ola. Mientras tanto los unos y los otros compartían las fotos de sus padres y madres con cara de feliz cumpleaños después de ser vacunados en la Rural, ahí a donde ellos mismos tantas veces los habían llevado a ver vacas, gallinas y tractores cuando ellos eran chicos. Se dio vuelta la taba.

“¿A alguien del grupo lo llamaron para la vacuna?”. La pregunta, maldita daga, se disparó a primera hora y encendió todas las alertas. La vacunación avanzaba, no con el vértigo del Gusano Loco del parque de diversiones, pero avanzaba, y eso daba esperanzas y encendía a esa araña que camina enloquecida por la cabeza y que se llama ansiedad. “A mí”, escribió uno de los más pequeños, no de edad, sino de estatura, y acompañó su respuesta con el emoji del chico con la mano levantada. Se hizo un silencio sepulcral, que duró poco, nada. El payaso del grupo no tardó en señalar al vacunado como camporista, a lo que otro, que no lo dice pero es gorilón, le preguntó la dirección del Vacunatorio VIP, para probar suerte, claro. Más allá de las bromas, inevitables, todos se alegraron. El turno estaba cada vez más cerca. La luz al final del túnel.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario