Sábado 08 de Noviembre de 2008
Trabajo con las palabras. Conozco su valor cuando están, lo que significa su ausencia. El tremendo poder que por debajo de cada palabra camina. Ese infinito subtexto donde se cuelan tantos mensajes. Y memoro, con la debilidad de lo que se quiere, la frase del poeta español: me queda la palabra.
Esta introducción, poco ortodoxa, apareció cuando volvía de una reunión donde un empresario, a quien conozco hace muchos años, contaba sus dudas al enviar, despues de muchas consultas, la carta hasta la casa central donde usualmente remite los dineros del costo del producto que vende. Una importante industria mundial.
Decía el empresario que, después de dudar entre decir no quiero el envío de las unidades o no decir nada, quebrar y quedar definitivamente al costado del camino, la carta salió diciendo que el pedido para el semestre que viene quedaba suspendido… momentáneamente.
Momentáneamente es la palabra que usó al explicar: …"Que se yo qué pasará en diciembre. Que se yo qué pasará en el semestre que viene. Si confirmo el envío deberé pagarlo y, tal como vienen las cosas, me fundo. Los que deberían comprarme están dispuestos a perder la seña, si la pusieron. Los bancos que prestaban el dinero a mis compradores no otorgan los créditos. Brasil hoy no es aliado, es competencia"…
Mi interlocutor amplió el diagnóstico: …" La construcción no crece, el campo está parado, yo tengo que pagar sueldos y hacer previsiones. Mi mercadería no es perecedera, pero se vencen los adelantos técnicos. No se si habrá licitaciones y si conviene presentarse. Si son licitaciones del Estado no creo que las sostengan y si las sostienen se cobrará más tarde que antes. Tenía que cerrar o esperar, decidí esperar y mandé la carta, le puse eso: momentaneamente"…
Al terminar la reunión la palabra seguía dando vueltas. El país, reflexioné caminando por esa peatonal que rompen y arreglan como penélopes, está en la misma situación. En el país todos somos momentáneos. El gobierno exige esa condición. Los diputados oficialistas, los opositores. Empresarios, gremios con dirigentes responsables. Todo es momentáneo.
Decidí encarar, mientras esquivaba un agujero fabricado por alguna empresa de servicios y una fila de baldosas esperando turno, por la vía opuesta. Qué cosa no es momentánea. El magro sueldo de los jubilados es permanente, tendiendo a empeorar. La injusticia social amenaza a perpetuidad. El mentiroso discurso electoral es infinito. La migración interna sigue. El conurbano bonaerense ya es un agujero negro que no tiene piedad con los dirigentes y pide más y mas chantaje social. Algunos funcionarios están desde 1982 enquistados en el poder: ellos son permanentes. Profundicé ese punto: gente que votó a derecha e izquierda, según convenía, que dijo una cosa en los años noventa, otra cosa en el fin de siglo, aún permanece y hoy oferta soluciones. Esa gente es permanente, pero son traidores. La traición es permanente.
Rosario no es más una ciudad, es una región que distorsiona la provincia. La ciudad de Santa Fe lo niega permanentemente. Gardel es permanente. Charlie García. El fútbol. Algunos boleros, el adagio de "Adiós Nonino". La vieja. Acaso la primavera, acaso.
El final de la charla la recuerdo. Al empresario pongámosle un nombre cualquiera, Eduardo.
Eduardo, pregunté: ¿qué significa la palabra momentáneo? "Nada", respondió. "Momentáneo no significa nada, eso es lo valioso. No tiene tiempo, pueden ser tres meses o dos años, no tiene final la palabra momentáneo. Es un momento, se da cuenta, es sólo un momento, pero en los negocios no hay momentos, hay balances. Es una palabra ficticia".
¿Lo entenderán?, insistí. "Mire", afirmó, "hay cosas que en el mundo ya saben, una de esas cosas que en el resto del mundo ya saben es que somos argentinos".
¿Qué quiere decir con lo que me dice…don Eduardo? "Que, excepto la trampa, en Argentina todo es momentáneo, por tanto momentaneamente me creerán, después veremos. Yo también soy argentino".
Ya cerca de mi destino pensé en el bronce que sonríe y en Charlie. También en mi vieja. Uno sonreiría al cantar: es un soplo la vida, veinte años no es nada. Ella diría: nene, cuidate. El otro, de costado, presuroso, diría: filosofía barata y zapatillas de goma.
El poeta español, desde la eternidad insistiría: nos queda la palabra. Pero: ¿los argentinos tenemos palabra? ¿Una sola palabra…? Es el empresario quien tiene razón. Los argentinos tenemos una palabra… momentánea.