Opinión

Una cruz en la boleta electoral

Garantías. En la mayoría de los países el voto electrónico no despierta confianza. El sistema de votación de Santa Fe debería implementarse a nivel nacional.

Miércoles 05 de Junio de 2019

Ya superadas las primarias provinciales, a los santafesinos nos quedan por lo menos tres elecciones más y, si las presidenciales se estiran hasta el balotaje, podemos llegar a alcanzar las cinco votaciones en un solo año. Algunos se preguntan cómo es que a esta altura de la historia todavía no podemos votar por medio de internet, desde la comodidad de nuestras casas, o por lo menos empleando un sistema de votación electrónico que garantice la transparencia electoral y permita conocer los resultados inmediatamente, sin necesidad de que haya personas contado voto por voto hasta la madrugada.

A principios de siglo, los expertos vaticinaban que la revolución informática transformaría la forma de sufragar. Se anunciaba que el voto electrónico se impondría universalmente y solucionarían muchos de los problemas asociados a los mecanismos de votación tradicionales. Pero la ilusión nunca llegó a cumplirse. De hecho, sucedió todo lo contrario.

Son pocos los países que actualmente emplean el voto electrónico e incluso algunas naciones que habían incursionado en su uso se vieron obligadas a abandonarlo. La experiencia demostró que, por el momento, el voto electrónico, en cualquiera de sus variantes, no cumple con los tres requisitos esenciales que debe satisfacer un sistema de votación, que son: preservar en total secreto la identidad del votante y el sentido de su voto; impedir que la votación pueda ser manipulada de forma fraudulenta, y permitir que el ciudadano común pueda auditar el resultado de la elección.

Garantizar el secreto del voto implica que nadie pueda conocer a quién votó cada ciudadano. Esto abarca al gobierno, a la empresa que ofrece el servicio informático y a cualquier otro agente externo. Tomemos el caso de Venezuela, que comenzó a utilizar el voto electrónico en el año 2004. La empresa proveedora fue Smartmatic, que hoy es líder mundial en suministro de tecnología para elecciones. Para terror de los venezolanos —como si en el país caribeño no contaran ya con suficientes mecanismos para menoscabar la voluntad popular—, Maduro dijo que conocía la identidad de las personas que no lo habían votado.

Sin voto secreto no hay elecciones libres. El secreto es una garantía para que los ciudadanos puedan expresarse sin sentirse coaccionados, lo que no ocurre cuando los votantes temen que su decisión pueda conocerse y acarrearles algún perjuicio.

Venezuela ofrece otros ejemplos funestos. En el 2017, luego de las elecciones para la Asamblea Constituyente, Smartmatic denunció que el resultado de la votación había sido adulterado. La compañía detectó que la cantidad de votos contabilizados por el gobierno superaba en un millón al número registrado por su sistema. El gobierno bolivariano, lejos de preocuparse por el probable fraude, expulsó del país a los técnicos de la empresa y dio por válido el resultado de las elecciones.

En una votación con boletas de papel, para hacer un fraude de tal magnitud que alcance para torcer el resultado final, hace falta que miles de personas hagan trampa frente a otras miles que están ahí para controlar que eso no suceda. La confiabilidad del sistema y la legitimidad de los resultados radica en que todos podemos fiscalizar el proceso en cada una de sus etapas. Con el voto electrónico sólo un número ínfimo de personas altamente capacitadas tienen la posibilidad de corroborar que no haya fraude. Para el resto de los ciudadanos, el funcionamiento del sistema informático es un misterio y la posibilidad de auditar su legítima implementación es nula. Por estos motivos, en el 2009, el Tribunal Constitucional Federal de Alemania declaró la inconstitucionalidad del voto electrónico, alegando que no permitía un control público y transparente.

A lo anterior hay que sumar el peligro de que algún hacker lúcido pero malintencionado consiga vulnerar el sistema y modificar datos, o que el mecanismo presente deficiencias técnicas, como ocurrió en las Paso porteñas de 2015, cuando se probaba un sistema de boleta única electrónica. Semanas antes de esa votación, se filtró un código del software y muchos expertos constataron que su seguridad era débil. Utilizando cualquier smartphone se podía conseguir que una boleta sumara múltiples votos para un mismo candidato. En esa oportunidad, el técnico informático Joaquín Sorianello dio aviso de la falla a la empresa proveedora. ¿Qué ocurrió? Una jueza ordenó el allanamiento de su domicilio y le inició una causa penal. Sorianello tuvo que esperar más de un año hasta que la Justicia finalmente determinó que no había cometido ningún delito y lo sobreseyó.

Es comprensible que el voto electrónico no goce de buena reputación entre los especialistas. Por suerte la mayoría de los países no se dejan de llevar por la euforia digital y mantienen la boleta de papel para el acto fundamental de las democracias representativas.

Una de las mejores alternativas disponibles es la boleta única, como la que se emplea en Santa Fe y en Córdoba. Los más atentos habrán notado que, a diferencia de lo que ocurre en las elecciones nacionales, en donde que hay decenas de boletas partidarias desplegadas en el cuarto oscuro, en las provinciales hay una única boleta en la que aparecen todos los candidatos o listas que compiten para una misma categoría.

El sistema de boleta única presenta varias ventajas. Por ejemplo, previene la artimaña de robar o adulterar boletas para perjudicar al rival, y garantiza que toda la oferta electoral esté disponible en condiciones de igualdad, ya que todas las listas tienen el mismo espacio. Y los costos de impresión se reducen: antes los partidos llegaban a imprimir hasta cinco boletas por cada elector. También termina con viejas prácticas clientelares, como marcar o doblar boletas o entregar sobre listos para meter en las urnas. Todo esto facilita la fiscalización y protege a los partidos de menor estructura, que no suelen disponer de tanta gente para controlar que no los perjudiquen.

Si se aspira a mejorar la calidad de las elecciones, sería recomendable que la boleta única se implemente en los comicios nacionales, pues se trata de un sistema superador. Que después uno no logre decidir cuál es el menos malo de los candidatos para marcarlo con una cruz, ese ya es otro problema que vale la pena seguir discutiendo.

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