Opinión

Una casa sin odio

foto de angel amaya/ La Capital

Domingo 11 de Noviembre de 2018

El abanico de emociones con las que las personas se mueven habitualmente es el mismo de todos los tiempos primitivos. Con los sentimientos ya se avanzó en cómo lidiar con ellos. Se aprendió a ser menos violentos que hace mil años. También se evolucionó en bondad, lo que dio origen a movimientos que pregonan por la paz, la solidaridad, el amor al prójimo. Pero hay nuevos riesgos. El desarrollo paralelo de inteligencias abominables capaces de simular emociones pero no de sentirlas. Seres capaces de tener por único imperativo ganar como sea y creer que no hay situación de la que no se pueda sacar ventaja en provecho propio. Para algunos el paulatino vuelco a la derecha desnuda la pauperización de la sociedad. Discutible tal vez, pero ya no se trata de diferenciar entre izquierda y derecha sino de algo mucho más profundo: reconocer qué es verdad y qué es mentira. La mimetización hasta la confusión de esos oscuros personajes con sus congéneres confiados y decentes requiere estar atentos a sus supuestos ideales. ¿Cómo reconocerlos? Imponen programas regresivos para enriquecer aún más a los poderes concentrados. El resto, que disfrute salarios de burla, recesión, pérdidas de empleo, megadevaluaciones, shock inflacionario y el regalo de que cada niño que nace deba siete mil dólares por deudas que le son ajenas. Ante un gobierno exánime, son los hombres estadistas honestos, responsables de su pueblo, los que deben aportar sapiencia y cordura para volver a poner la casa en orden. Espacios y organizaciones políticas y sociales surgen para convertirse en auténtica oposición. Serán la mirada de esperanza y las nuevas alternativas que engrandezcan el espacio nacional y popular. No hay magia, la base está en la presión de una ciudadanía que defina al género humano. Sólo que el desafío de conformar un frente tiene un tiempo que se acaba rápido. Dice el músico y poeta Miguel Cantilo que los días aciagos que transcurren, como a muchos, lo agotan y no encuentra respuesta para un mundo ni un país como en el que nos toca vivir. Sólo nos queda vivirlo. Y para eso habrá que desarrollar estrategias que no nos amarguen, que no nos terminen destruyendo moralmente, que es un claro objetivo de quienes se benefician con tácticas siniestras como dividirnos, crear antagonismos, enfrentarnos con hermanos, vecinos, familiares, polarizando la opinión a través de dicotomías estériles. Y para eso, la única vía es la reflexión, el ejercicio de una consciencia colectiva lo más objetiva posible, porque si se sigue la receta del odio y el rencor será condenarse al mismísimo infierno.

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