Opinión

Una boca de lobo

El ciclista lo sabe porque pasa siempre, de ida y de vuelta, desoyendo incluso unas cuantas recomendaciones para que no lo haga.

Sábado 11 de Noviembre de 2017

El ciclista acelera. Ya trepó la cuesta que sube desde el balneario La Florida hacia Costa Alta y ahora pedalea a toda velocidad hacia una hondonada que desemboca en la rotonda que está debajo del puente a Victoria. Cuando puede se toma pequeñas fracciones de segundo para mirar el paisaje: el río, la mole de cemento que lo atraviesa, los colores mágicos del atardecer, las formas cambiantes de los árboles.

Gira en la rotonda y pierde algo de velocidad porque el terreno otra vez se hace plano. De pronto algo lo sorprende y le lleva unos segundos entender de qué se trata. La rotonda es desolada y, salvo los sábados y domingos, casi nunca se ve gente por allí. El ciclista lo sabe porque pasa siempre, de ida y de vuelta, desoyendo incluso unas cuantas recomendaciones para que no lo haga.

Esta vez no tiene miedo, porque justo detrás suyo viene un auto más o menos a la misma velocidad y por lo tanto siente que no está solo, que va "protegido". Pero de repente sucede lo impensado: desde un manchón de tierra salpicado por algunas matas de yuyos alguien se levanta de repente, corre a cruzarse en su camino, muestra un arma y le apunta directamente.

El ciclista ve el arma. Es más, a pesar de la velocidad a la que ocurre todo y al miedo que empieza a invadirle y aflojarle las piernas, divisa a la perfección la boca redonda y asesina del revólver que le apunta. Quien lo sostiene ya está justo delante de él y le grita para que pare.

Tal vez porque el miedo no le permite mover las manos, el ciclista no frena y sigue adelante, mientras su temor aumenta. Ya está encima del muchacho que lo apunta, lo sobrepasa a una velocidad todavía considerable y justo en ese instante siente un golpe en el casco, arriba, del lado derecho. El ciclista no escucha los gritos que lo conminan, "te quemo, hijo de puta", "pará o te mato", pero milagrosamente tampoco pierde el equilibrio ni el dominio de la bicicleta. Y toma una decisión que sólo después aceptará como temeraria: ya no se detendrá.

Pedalea y sigue. Aunque el corazón y las piernas están a punto de estallarles, durante los próximos veinte segundos acelera hasta el límite de sus fuerzas mientras espera un estampido y un pinchazo en la espalda. Transpira, siente náuseas, parece que va a marearse, pero sigue. Zigzaguea con la esperanza de que la maniobra sirva para esquivar cualquier proyectil y dificultarle al ladrón la posibilidad de hacer blanco en su espalda.

Escapa. Circunvala la rotonda y en lugar de seguir hacia donde tenía planeado regresa al punto cardinal por el que llegó hasta esa boca de lobo (raro decir eso: a pasos hay un cuartel de la Gendarmería). Le quedan los últimos gramos de energía para pedalear hasta el primer bar, hasta un lugar seguro que no queda a más de doscientos metros de donde acaban de apuntarle con un revólver y de darle un golpe en el casco con la culata del arma.

Está a 15 kilómetros de su casa y no sabe cómo va a regresar. Repasa las advertencias que le hicieron sobre los riesgos de pasar por ese lugar. Vuelve a recordar la boca del arma. Siente una vez más el terror de esos veinte segundos eternos en los que todo podía pasar y sin embargo no pasó nada. Trata de volver al ritmo normal de respiración. Tiembla como una hoja. La transpiración le brota por todo el cuerpo.

Se quita el casco y ve la marca del golpe: está hundido y, como es blanco, tiene rastros de óxido visibles sobre la pintura. El óxido es de la culata del revólver. El casco le salvó la vida, esta vez de manera diferente.

Llega a una conclusión: el asaltante no tiró porque el arma no tenía balas, la usa sólo para asustar a sus víctimas y obligarlas a detenerse. Así ha robado ya una cantidad considerable de bicicletas debajo del puente a Victoria. Cuando recupera su ritmo de respiración, cuando cree que podrá montarse en la bicicleta sin desplomarse por falta de fuerzas, emprende el regreso. Ahora, pese a que va por una de las avenidas más transitadas de la ciudad, siente otro miedo: que el ladrón, frustrado por el robo que no fue y ofendido por su exitoso escape, lo siga en moto con algún cómplice.

El ciclista ha escuchado muchas otras historias similares ocurridas en ese sitio. Tantas que con el tiempo se enterará hasta del apodo del ladrón, o de uno de ellos. Es raro que la policía no conozca su nombre y no haga algo para detener su pequeña industria del robo de bicicletas. En la zona todos parecen saber quién es.

Muchos amantes del pedal reclaman por la ausencia de la policía en ese y otros lugares, y por seguridad (ayer algunos incluso hicieron una bicicleteada para eso). Es una demanda legítima, aunque recortada: gozar de seguridad es un derecho de todos, en cualquier lado de la ciudad.

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