Miércoles 14 de Noviembre de 2012
Uno de los hechos sobresalientes vividos en LA CAPITAL durante la prolongada celebración de su primer centenario fue, sin dudas, el gran agasajo ofrecido por la empresa el mismo miércoles 15 de noviembre de 1967. En medio de una enorme expectativa, reunió, junto con el personal, a autoridades, representantes de instituciones privadas y oficiales y amigos, tantos de la empresa en si misma como personales de los propietarios, que, en ambos casos, eran legiones.
Oficio peligroso si los hay.
Desbordada por la asombrosa puntualidad de buena parte de los invitados, la pequeña guardia periodística montada por Información General para cubrir el ingreso de los invitados principales terminó, como se dijo ayer, en un fracaso. Distribuidos en distintos sectores, los cronistas tenían la misión de tomar nota de nombres y cargos de aquellos que iban llegando. Como a todos, a este gacetillero le tocó trabajar de pie, pero, a diferencia del resto, fue el único que lo hizo sobre el mezquino descanso del medio de la señorial escalera de ingreso. Vivió un infierno.
Es que, sin respiro, para cumplir su tarea debió hacer malabares físicos y mentales increíbles. Discúlpese la frase excesivamente larga que viene, pero véase si no fue así.
Con el auxilio de un cuarto de su limitado cerebro tenía que detener a aquellos que desde uno y otro costado subían —la mayoría lo hacía con aprehensión y la vista fija en los inquietantes escalones, valiéndose de alguna de ambas barandas-, saludar, sonreír, pedir disculpas, formular las preguntas del caso, agradecer la molestia, volver a sonreír, llevar al papel de forma medianamente legible los datos y tratar de que no se le escaparan los otros invitados que, en oleada, también ascendían; con los tres cuartos restantes de ese mismo cerebro tenía que hacer lo imposible por posponer cuanto más pudiera su inevitable rodada escaleras abajo, vaticinio que, por suerte, no llegó a cumplirse.
En materia laboral se puede dudar de muchas cosas, pero de que el periodismo es uno de los oficios más peligrosos del mundo, no.
Un bochorno de esos. Producto de limitaciones personales de los mismos protagonistas (ignorancia, incapacidad, atolondramiento, olvido, despiste, molicie, nervios, mala suerte, etcétera) o de circunstancias imposibles de controlar que les caen encima, lo cierto es que la vida laboral de los periodistas está plagada de errores y bochornos. Este cronista desconoce si eso sucede con la de todos, pero no duda en que así ocurre, como mínimo, en el 99,99 por ciento de los casos. En el suyo, los ejemplos abruman y, al margen de sus respectivos pesos específicos, se dividen en tres categorías: contables, contables con restricciones e incontables.
Antes de entrarle a uno de los contables, vivido (sufrido, mejor habría que decir) por este gacetillero el día del gran agasajo en el descanso de la escalera maldita, conviene formular una aclaración.
Que se sepa, hasta ahora los periodistas no son nada más que humanos. Por lo tanto, sin excepción alguna, el error viaja de manera permanente con ellos y de su materialización siempre se enteran, igual que todos, después de ocurrido, cuando ya no queda nada por hacer para impedirlo o modificarlo, salvo tratar de enmendar sus consecuencias. El bochorno es otra cosa. Es la vergüenza que aplasta, porque, a veces con nada más que una actitud más alerta en determinada circunstancia, uno podría haberse evitado el papelón.
El caso ocurrió así. Estaba quien aquí escribe en su función de periodista-equilibrista cuando, en medio de la corriente humana que ascendía, en ese momento de manera muy lenta y con cierto grado de contrariedad por el amontonamiento y la demora, después de agradecer y sonreír a quienes acababan de pasar por su derecha, tuvo que continuar su tarea inquisitoria con los que lo hacían por su izquierda. Lo hizo con una pareja muy bien vestida que avanzaba junto a la otra baranda. Saludó, pidió disculpas, sonrió, formuló sus preguntas. Por toda respuesta recibió el nombre del caballero, con nada más que el aditamento de "y señora". Como el gacetillero necesitaba saber de quién se trataba, o qué hacía, o a qué organismo, institución o empresa pertenecía, reiteró la parte pertinente de su requisitoria original, recibiendo como única respuesta:
--Cómo, ¿usted me pregunta quién soy yo?
Paralizado por el asombro y la inmediata ola de vergüenza que lo inundó, sosteniendo la mirada fija del visitante, quien a su vez, con el cuello cada vez más torcido, pugnaba por mantener el duelo ocular mientras, escalón tras escalón, subía lentamente la empinada cuesta, el gacetillero comprendió tres cuestiones importantes.
Primero, que el desconocido tenía razón, porque él tendría que haber estado mucho más despierto como para no repreguntar algo que ya conocía, que quien con ese nombre estaba por alcanzar el final de la escalera no podría ser otro que el director del diario La Nación; segunda, que el de periodista es un aprendizaje mucho más duro que lo que imaginaba, y tercera, que en el oficio también funciona la máquina de picar boludos y, por más que alguien ruegue por necesidad extrema, la tierra jamás se abre para tragarlo.