Opinión

Un sosiego frente al caos

Lunes 14 de Agosto de 2017

El hombre despertó a una vida inteligente formulándose preguntas: "¿quién soy?", "¿dónde estoy?", "¿qué hago aquí?".

Las respuestas que les dé, nombrarán tanto las dimensiones de su vida como las etapas recorridas por la especie a que él pertenece: el ser, el conocer y el hacer.

Y cada uno de estos nombres remite a los restantes: porque ser, implica conocer el ser; y porque conocer el ser, consiste en un hacer.

No sólo que vive en un medio sino que se interroga sobre qué es eso: la pregunta por el ser.

Una respuesta antigua la da Aristóteles: el ser es materia y es forma, es una sustancia invariable y son sus accidentes. Una respuesta posterior, entre moderna y contemporánea, la da Kant; quien rectifica: es una conciencia la que da forma a los fenómenos que se le presentan (ya a nivel inconsciente, dirá más tarde Lévi-Strauss, la actividad del espíritu consiste en imponer formas a un contenido); y lo invariable —agreguemos— no es una sustancia en sí sino esencias correlativas a conceptos que de la realidad, esa conciencia vaya elaborando. Y una vez dada la forma y la esencia, ellas no son estáticas sino que se transforman, a la par de los cambios fenoménicos. Lo que no eximirá de la necesidad de conceptualizarlos y de explicarlos; para lo cual se determinarán relaciones que irán configurando nuevas formas y esencias; que se expresarán con nombres en algún lenguaje que también es relación de palabras y objetos.

Dando lugar a significados; y a "valores", que los lingüistas definen como "sistemas de equivalencias entre cosas de órdenes diferentes". Por tanto, que son a su vez relaciones de relaciones.

Es que el lenguaje es siempre un objeto doble, como decía Saussure, en que cada parte vale sólo por la otra. Un sistema lingüístico es la combinación de una serie de diferencias de sonidos con una serie de diferencias de ideas; este paralelismo engendra un sistema de valores.

A su vez el modelo semiológico (que estudia los signos) se funda en un análisis de valores diferenciales. Es que en todo sistema semiológico, "lo que diferencia a un signo es todo lo que lo constituye".

Nos restan, así, relaciones; no más que eso; relaciones que son para una conciencia y que el lenguaje nombra. Si hasta para nosotros mismos (y fuera de la materialidad de nuestro cuerpo) no somos más que relación, mediados como estamos por el lenguaje y por los demás.

En este último aspecto cabe advertir que de relaciones (ahora sociales) depende la formación de nuestra personalidad, la idea que uno tiene de uno mismo, el conocimiento de sí… en suma, la conciencia de nuestro propio ser. "Somos lo que pensamos que otros piensan que somos". Lo que no excluye la afirmación del "yo", que debe encontrar su equilibrio con el "mí", que es esa otra parte del "uno-mismo" que comprende al cómo nos consideran los demás.

El juicio de uno mismo —nos enseña Cooley— es reflejo del espejo social; la percepción del juicio de los demás es lo que lleva a una definición por el sujeto, de su yo social; es, pues, de las interacciones (y las relaciones son una dimensión de esa realidad) como se forma el reflejo de uno mismo que pueda conducir a la autoestima. Esto último si, y sólo si, hubiere afinidad entre el individuo y su grupo; de aquí, el sentido que pueda dar a su pensamiento y acción.

Y es por la reflexión —nos añade Mead— como el "yo" se hace consciente del "mí", dentro del "sí-mismo" (según anteúltimo párrafo). Porque con el "mí", el yo se conoce haciéndose objeto de sí mismo. Pero lo que conoce no es otra cosa que el "otro generalizado"; vale decir, el efecto de la comprensión por su parte, del conjunto de actitudes de los demás hacia su persona. Es que el sí-mismo es producto de la experiencia social y del lenguaje. Falta que el "yo" logre su identidad, equilibrando esa identificación con los demás, con la afirmación individual (en el grupo). Recién entonces alcanzará el respeto por sí mismo y podrá dar algún sentido a su pensamiento y acción.

Y esta acción, o su hacer en general (tanto operación de la mente como hacer efectivo) es asimismo relación; en tanto que vincula medios y fines.

Parece concluirse hasta aquí que el sujeto es, para sí, relación; que a su vez determina relaciones de conciencia; y que lo hace en algún objeto, que es la trama de esas relaciones estructuradas.

Pero una relación, ¿es acaso algo en sí mismo? ¿No sería más razonable decir que el ser es la realidad, agregando que ésta es algo sustancial (como Aristóteles quería y como se siguió diciendo por siglos)? Si una relación, por el contrario, sólo es en tanto que relaciona y no puede subsistir a los términos que vincula. "¡Lo que existe son las cosas, no sus relaciones", exclamaríamos por fin.

Pero ocurre que ellas (para nosotros) están mediadas por nuestra conciencia, que las relaciona; que se vale además del lenguaje. El ser de la cosa es, en verdad, nuestro conocimiento de ella, vuelto por el lenguaje objeto cultural. La selva no es lo mismo para el primitivo que para el industrial maderero. Sin embargo, para ambos "es". Ocurre que lo que "es", es aquello que entendemos que es. Entonces decimos: "¡Ah, es tal cosa" Entender algo, no es tanto ver a la cosa misma como considerarla en su relación con lo que ella no es, en cierto modo, pero que con ella se relaciona, por ejemplo con su causa; es así como (con el lenguaje) nos la explicaremos. Es como cuando dijimos más arriba que a un signo, lo que lo diferencia es todo lo que lo constituye. Nos explicamos algo —también puede decirse— por su contexto y por los estados anteriores y posteriores, más que por la cosa misma.

El ser es el conocer y el conocer es un hacer (u operación de la conciencia que piensa). Relaciones, no más que relaciones; que dependen de perspectivas que son plurales y variables (así como lo son las relaciones sociales, que se nutren, a su turno, de comportamientos nunca idénticos en su reiteración); relaciones dadas en formas estructurales; con sus transformaciones.

Los polos terminales que pretendamos de una relación última y universal, ya nos excederían y la relación no podría completarse: lo transfenoménico y nuestra inmediatez más íntima; Dios y la autoconciencia. El ser —tenemos dicho— es relativo al conocer; entonces: lo que queda más allá de lo fenoménico que no me permite afirmar su ser, y lo que queda más acá que no me permita verme (fuera de mi ser social), ambos quedan afuera.

Y la relación no se completa porque tan sólo estamos suponiendo a un sujeto último y universal, en el primer caso; y se suprime en el segundo caso porque la coincidencia consigo no da lugar a relación alguna, tampoco a una de conocimiento.

Entonces, la primera pregunta sobre "quién soy", ¿no tiene respuesta?... No la tiene inmediata… Seré, recién, lo que haga de mí.

Porque… ¿qué nos ha dejado nuestro análisis? Una conciencia cuyo sujeto relaciona y así da razón de las cosas. Pero no de sí mismo. Aunque también nos ha dejado un campo que tal sujeto puede estructurar, desestructurar, reestructurar. Vale decir, que él es —no sin condiciones— libre de hacer. Tiene ese margen de no-ser que le permite elegirse. Y haciéndose, dar su propia razón de ser. El ser y el conocer terminan resumidos, para él, en su hacer. Actuando en ese medio, con respeto a igual libertad de los demás.

En suma: relación, porque para una conciencia inteligente, la percepción (que ya es estructuración de nuestra sensorialidad) es además relacionamiento referencial. La realidad "relacionada", porque toda cosa es función de las demás. Forma, esencia conceptual, realidad estructurada, siempre transformable por adaptación a la experiencia fenoménica. Vuelta, así, inteligible y significativa. Y el juego de un comportamiento libre en la realidad; en tanto no interfiera con el de los demás. Ordenamos de esa manera, una realidad. Único sosiego posible frente al caos y el azar, la imprevisibilidad y la incertidumbre. No más que transitorio: nos hemos exiliado de un cuerpo sin dejar de depender de su precariedad.

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