Jueves 25 de Septiembre de 2008
Es imposible hablar de un hombre público, evocarlo y rendirle un homenaje, sin requerir la verdad de las circunstancias que lo rodearon. Es imposible hablar de José Ignacio Rucci, esa noble persona y brillante gremialista, sin, al menos, trazar un breve boceto de la década del setenta. Por eso, es necesario ampliar y expresar con mayor imparcialidad en el juicio la situación vivida en aquella década.
No debe caerse en la trampa de aquello que ciertos sectores de la izquierda o de la defensa de los derechos humanos llamaron la teoría de los dos demonios, con la que se quiere encasillar a quienes no tienen la misma visión de las cosas. En realidad, el demonio siempre ha sido uno solo. Tuvo y tiene el suficiente poder y talento como para mimetizarse en un sector o en otro o incluso estar presente en ambos a la vez. El demonio a veces en la historia fue, y sigue siendo, tremendamente descarado, porque muestra sus dos manos en las que porta el mismo plan y las mismas armas. Por eso a la teoría de los dos demonios es hora de que se imponga la única teoría verdadera: la existencia del único demonio con dos manos.
Hay que dejar en claro, cuando se habla del setenta y de la figura de José Ignacio Rucci que a pesar de la prensa contraria a la tarea de las organizaciones sindicales (repárese que la organización Montoneros nos llamaba por entonces las burocracias sindicales) la labor realizada a favor de los trabajadores fue intensa y eficaz. Para quienes dudan sobre ello, que investiguen y obtendrán como resultado el siguiente cuadro de situación: el 50 por ciento de la renta nacional tenía como destino el bolsillo de los trabajadores de nuestro país. ¿Acaso podría afirmarse que esa distribución se mejoró después de la muerte de Rucci y de Perón? Todo lo contrario.
Evocar a Rucci implica hablar de un verdadero trabajador, consustanciado y comprometido con los derechos de los trabajadores. En su paso por Rosario, por ejemplo, trabajó, entre otras actividades, como bombonero en el ex cine América de San Martín y Garay. Tal vez por eso, porque conocía la pena de los obreros y la necesidad de la resurrección, el mal, el único demonio lo mató. Había que sacarlo de la escena nacional, había que exterminarlo, porque el mal jamás aceptará la presencia del bien y mucho menos si ese bien viene con fuerza y con talento.
Si bien es cierto que no hay muertos de primera y de segunda, ¿por qué cuesta tanto reconocer el dolor de todos los muertos? ¿O es que acaso deben dolerle a la patria los muertos de un sector y no de otro? Y en situación de seguir preguntando: ¿por qué no causa dolor en algunos ver a algunos personajes hoy reciclados y en múltiples cargos de la democracia, en tanto antes eran siniestros aduladores de la violencia permanente en el marco de un estado democrático?
La verdad no puede ocultarse por demasiado tiempo, como el mal no puede salirse con la suya y gracias a Dios ante la aparición del libro "Operación Traviata", del periodista y escritor Ceferino Reato, se da por tierra con afirmaciones tendenciosas, como la del señor Verbitsky, que da como una verdad revelada la masacre de Ezeiza narrada en su libro.
Al hablar de la década del setenta y de las agrupaciones violentas de izquierda, los hombres de la democracia no pueden menos que preguntarse por qué se llevaban desde la clandestinidad acciones absolutamente funcionales a la reacción de grupos de la derecha vernácula. Es cuanto menos llamativo que los altos dirigentes de la guerrilla, en algunos casos, no tuvieron grandes problemas para entrar y salir de nuestra patria (hasta algunos llegaron a ser grandes empresarios) mientras otros pobres inocentes que simplemente repartían volantes informativos de la actividad política del grupo hoy permanecen desaparecidos.
Somos conscientes de que el movimiento obrero (como cualquier actividad) tiene sus claroscuros, pero este mismo movimiento fue siempre como una gran represa a la intentona muchas veces burda de instalar ideas foráneas a nuestra forma de vida. Tal vez allí también deba buscarse la necesidad de matar a Rucci.
En función de todo esto, debemos comprometernos con nuestro mayor esfuerzo para ayudar a esclarecer y reclamar justicia para el compañero José Ignacio Rucci. El fue un hombre leal a la causa popular. Rucci fue un duro, pero honesto con sus convicciones, austero, buen padre y mejor amigo y amante de la patria y de la causa de los trabajadores por los que dejó su propia vida.
Quiera Dios que la Justicia en algún momento pueda ponerle rostros, con nombre y apellido, a quienes con un desprecio irracional por la vida y por las instituciones de la democracia, desataron la más horrible excusa para que las Fuerzas Armadas del Estado pergeñaran el mayor enfrentamientos entre hermanos argentinos. Como decía Juan Domingo Perón: "La única verdad es la realidad" y en ese marco pedimos justicia para Rucci, por cuanto el único pecado por él cometido fue no imaginar que ser leal a la causa del pueblo significaba la muerte ejecutada cuando él daba la espalda. Los asesinos no le dieron ni siquiera la posibilidad de que viera sus ojos, hecho que sí pudieron hacer sus hijos.
El 25 de septiembre será recordado como la fatídica apertura para que el terrorismo de Estado se ensañara contra el pueblo argentino, con Perón y sin Rucci. La lucha fue desigual y los resultados catastróficos. A los que corresponda: háganse responsables.
(*) Secretario general de las 62 Organizaciones Peronistas de Rosario.