Enfoque

Un ciudadano arrastrando un par de chapas

La situación en Guernica instala una potente alarma sobre la inviable relación entre exclusión social y democracia representativa

Miércoles 04 de Noviembre de 2020

En el segundo plano de una nota en TV, cuando todo era humo y topadoras en el predio de Guernica, hubo una imagen. Permitía ver a un hombre que arrastraba con una cuerda dos chapas de una casilla demolida. Ver la secuencia, como corrida de foco, generaba espontáneamente una pregunta inefable. ¿A dónde las llevaba? ¿Hacia qué lugar empujaba dos pedazos de latón una persona que no tiene a donde ir?

Cuando se produjo el desalojo policial de las 1.400 familias se habló del final de la toma de Guernica. ¿Pero qué había terminado? David Harvey, un geógrafo inglés especializado en vivienda, dice que la sociedad contemporánea no resuelve las crisis: solo las corre de lugar. El lenguaje metonímico de la política y de los medios da por cerrada una situación que para los que la vivieron no tiene fin ni principio, y que es el hecho perpetuo de no tener donde volver.

Es impresionante la capacidad de simbolizar que tiene el capitalismo. No poca gente advierte en esa multitud de personas sin changas, sin trabajos eventuales, sin futuro ninguno, el propósito especulativo de obtener ventajas sin esfuerzo. En eso hay un mecanismo de economía psicológica que proporciona alivio. Si transformo a un desesperado en un monstruo, en una amenaza contra la propiedad privada, puedo responsabilizarlo por lo que le pasa, y refugiarme en la tranquilidad de que uno, o la comunidad, no tiene nada que ver o por hacer para volver esas vidas más tolerables.

Eso pasa en un país con 41 por ciento de pobres. Con 5 millones de indigentes, es decir, gente que no le alcanza para comer. Y con un déficit de tres millones de viviendas. En el medio está la pandemia que descalzó todas las economías de subsistencia. Gente que de golpe quedó sin el dinero informal con el que pagaba un alquiler, o que tuvo que irse del rancho de un compadre al que le hacía lugar porque proporcionaba mercadería. Las historias que cuentan operadores comunitarios u entidades sociales están llenas de esos ejemplos.

Pero todo eso queda borroneado y no puede verse en la situación compleja en la que se produce la toma de una tierra. Que por supuesto están llenas de matices que no excluyen a los que sacan provecho con afanes políticos, rentísticos o delictivos. Pero poner énfasis en esto es una coartada para vendarse los ojos ante la necesidad acuciante de millones de desamparados sociales, que es el motor fundamental de estos procesos.

Es muy importante formular de una manera preocupada la interrogación sobre la sustentabilidad democrática de estos hervideros que en Argentina no han parado de crecer. Las noticias no pueden ser buenas. Cuando millares de personas perciben que en el mundo en el que viven no tendrán respuestas las perspectivas para el régimen político son muy poco alentadoras.

A inicios de los 90 el sociólogo Juan Carlos Portantiero llegó a Rosario a dar una charla en Ciencia Política de la UNR. Era un momento donde las cifras de exclusión social y desempleo no tenían parangón en el país. Un compañero muy lúcido, Luciano Andrenacci, le preguntó en la puerta de la Facultad cómo era posible compatibilizar semejante nivel de marginalidad con democracia. "Con el esfuerzo de una ficción que nunca sabremos por cuánto es posible sostener", le respondió Portantiero. Y agregó: "La democracia representativa liberal no es más que la lucha por imponer una ficción exitosa".

Uno intuye que lo que Portantiero le decía a ese grupito donde uno escuchaba es que la democracia se basa en una expectativa, en una promesa, en la ilusión de un contrato. Aprendimos que la democracia enuncia una igualdad entre los individuos que integran el sistema político al que llama ciudadanos. Al nivel más elemental es una igualdad ante la ley entre sujetos portadores de derechos y obligaciones. Pero también una cierta igualdad y creencia en que el marco institucional proporcione la chance de mejorar la calidad de vida de la población. De hacer de cada persona un ciudadano.

Hoy, comprobar que todo este acervo de promesas está dramáticamente clausurado para mayorías enormes genera una pregunta que no debe ser impronunciable. ¿Qué lealtad le deberá a la democracia el que tiene la certeza de que no tendrá ingresos formales y de que no podrá tener metas? ¿Qué compromiso puede esperar el régimen político de aquellos cuyo destino es errar para conseguir un techo de prestado y que no tienen asegurada la comida? Algo que además es de horrible elementalidad. Solo casa y comida es la condición básica para la vida digna. Ni de lejos la realización definitiva.

A esta democracia insolvente le cuesta cada vez más disimular lo insustentable de sus promesas. Por lo que esta lejanía creciente entre representantes y representados, pero también entre integrados y excluidos, exige una interpelación madura y tardía sobre los costos de la abrumadora desigualdad. La desigualdad generada, sostenida y acentuada está mostrando la base ficcional de esa democracia de la que hablaba aquella vez Portantiero. Un hombre que, en ese momento crepuscular de su vida, era nada más que un reformista moderado.

Si la frágil democracia no repara el nivel más elemental de ese contrato pagará costos incendiarios. Hace exactamente un año este diario publicó que los haberes más altos de la Caja de Jubilaciones de Santa Fe eran de 400 mil pesos cuando la mínima era de 15 mil. No actualizaremos las cifras. Al mismo tiempo la estructura tributaria en provincia y Nación es agresivamente regresiva. En un contexto de 12 por ciento de desocupación y la mitad de la Argentina pobre.

La dirigencia política, que incluye a los tres poderes del Estado, está en tiempo de descuento para tomar decisiones. Millones en la intemperie material quedan azuzados en una peligrosa encerrona simbólica cuando la democracia les promete una igualdad que en los hechos les niega. Es entonces cuando se vuelve inviable. Y no porque la gente termine votando cualquier cosa sino porque la promesa rota de un porvenir de ciudadanía genera la idea de que votar a uno o a otro, o no votar como pasó en 2001, da lo mismo. Para no sostenerse en un discurso suicida y psicópata de una época vulgar y salvaje, la democracia tiene como única opción un radical ajuste de cuentas con la desigualdad. Ese hombre arrastrando en silencio un par de chapas en el campo arrasado de Guernica nos habla de un contrato malversado. La ficción de llamarlo ciudadano no se sostendrá mucho más.

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