Opinión

Trump, en estado de gracia

La impresionante doble secuencia que se vivió en el Capitolio esta semana no debe tener antecedentes. Primero, el presidente dio su discurso del Estado de la Unión, el más solemne del calendario, en una ceremonia de rasgos inverosímiles.

Viernes 07 de Febrero de 2020

La impresionante doble secuencia que se vivió en el Capitolio esta semana no debe tener antecedentes. Primero, el presidente dio su discurso del Estado de la Unión, el más solemne del calendario, en una ceremonia de rasgos inverosímiles. Horas más tarde, el Senado cerró el juicio político en contra en manera categórica: absuelto de todos los cargos. En el primer episodio resaltó el show de invitados especiales de Trump, pero en especial el gesto inaudito de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara baja, que rompió delante de todo el país la copia del discurso de Trump que minutos antes este le había entregado.

La gravedad del gesto de destruir un documento público con la firma y sello del presidente no puede ser minimizada, ni igualada por el gesto anterior de Trump de no darle la mano. Ni en América latina, donde hemos visto de todo, se ha llegado a algo así. Pelosi exteriorizó seguramente su frustración por lo que iba a pasar poco después, el rápido cierre del juicio político que ella había impulsado. Claramente, cuando decidió iniciar el impeachment no esperaba un resultado tan magro políticamente. Fue un error de cálculo monumental, que además relanzó a Trump en los sondeos. Pelosi descontaba prolongar el proceso en el Senado, donde los testimonios podrían ser demoledores para Trump. Pelosi, de 79 años, por segunda vez speaker de la Cámara, tal vez debería pensar, como otros líderes demócratas, en dar paso a los más jóvenes. No aprendieron la lección del fenómeno Obama. Sus primarias acaban de empezar y las bases están a tiempo de jubilar a los precandidatos de siempre. El inesperado avance del joven Pete Buttigieg en Iowa tal vez sea el principio de esta renovación tan necesaria.

Por lo demás, el discurso de Trump fue moderado, al menos para sus estándares. Se centró en la economía, a la que percibe en un estado idílico. "Los empleos están en auge, los ingresos están en alza, la pobreza está cayendo en picada, el crimen está cayendo, la confianza está aumentando, ¡y nuestro país está prosperando y es altamente respetado nuevamente!", exclamó, para agregar: "El futuro de los Estados Unidos está brillando. Los años de decadencia económica han terminado....se han ido las promesas incumplidas, las constantes excusas para el agotamiento de la riqueza, el poder y el prestigio estadounidenses". Trump exagera a lo Trump, pero la base de realidad de sus autoelogios existe. También su contraparte, que no mencionó: EEUU va para hacia un déficit fiscal superior al 5 por ciento del PBI. Cierto, puede financiarlo fácilmente, sin que sea un drama nacional como en Argentina. El bono del Tesoro a 10 años paga 1,65 por ciento de interés.

Volviendo al show del Capitolio, Trump y Pelosi son una prueba de que la polarización no es un padecimiento únicamente argentino. Los cambios estructurales en la economía mundial generan este fenómeno, como es muy evidente en EEUU. Obama no se salió del molde de lo que "debe" ser un presidente y no respondió a esas tensiones que genera la globalización. Hizo una buena presidencia,pero muy por debajo de las expectativas que había creado. Hay que recordar el clima de cambio de época que había creado Obama en 2008. Ante la decepción, los estadounidenses giraron 180º y optaron por Trump, un populista de derecha que parece salido de una película de Monty Python.

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