Opinión

Tregua de fin de año

Tiempo de indulgencia. Suspender hostilidades para tratar de conseguir una paz temporal y luego seguir combatiéndose con más encarnizamiento que antes, es una muestra de maldad salpimentada con hipocresía y estupidez.

Lunes 18 de Diciembre de 2017

La conclusión de Zygmunt Bauman es demoledora: "No nos queda más remedio que clasificar la utopía de un mundo sin violencia como una de las más hermosas, pero, por desgracia, también una de las más inalcanzables".

Y ello seguirá siendo así, por más que en esta época del año vetustas tradiciones decreten una suerte de "indulgencia plenaria", en la que todo es vibrante entrechocar de copas —de los que tienen copas y con qué llenarlas, por supuesto—, y todo es intercambiar melosas fórmulas de amor y paz, estereotipadas y sin ningún atisbo de compromiso real, pero imbuidas de esa misma dudosa fraternidad, enlatada y superficial, que también vemos aflorar a cada momento en el universo de las redes sociales.

Pero antes de arribar a tan descarnada conclusión, Bauman hace otras consideraciones igualmente certeras, como que, al parecer, "nos estamos haciendo a la idea de la posibilidad de una guerra hasta la extenuación, continua y nunca decisiva", entre una "violencia mala", esto es, la que estaría fuera de la ley y se vuelve contra un estado de derecho firmemente establecido, y una "violencia buena", que es la que se practica en nombre de ese cuerpo de normas que alguien ha pretendido vulnerar, por lo que no quedó otra alternativa que salir a defender la legalidad, puesta en entredicho y amenazada.

En este mismo orden de ideas, no puedo dejar de mencionar la terminología a que suelen apelar los medios informativos, cuando refieren disputas en las que se han enfrentado elementos que están "fuera de la ley", con fuerzas regulares y legales: los primeros sencillamente "asesinan", los segundos —y este es un eufemismo que, lo recuerdo con toda claridad, fue la vedette indiscutida en las noticias de policía mientras duró la última dictadura militar—, solamente "abaten".

No es preciso subrayar que en esta puja semántica entre el asesinar y el abatir, la única que saldrá siempre airosa es la muerte, y la contienda podrá tener como escenario un aeropuerto europeo —al grito de ¡Alá es grande!—, la Patagonia lejana (y rebelde), o un rancho de cartón construido detrás del cementerio La Piedad, en los suburbios de un Rosario llagado, y despojado de todo fulgor turístico…

Siempre según Bauman, "en el curso del proceso civilizador, los actos de violencia humana fueron barridos de nuestra vista, pero no de la naturaleza humana en sí", y agrega más adelante: "La función civilizadora del proceso civilizador consistía en poner fin a las ejecuciones públicas, las picotas y los cadalsos en las plazas públicas, así como en trasladar a las cocinas, rara vez visitadas por los comensales, la labor de descuartizar las carcasas sangrientas de los animales que antes se llevaba a cabo en los comedores de las casas donde aquellas se consumían". En resumidas cuentas: maquillar al muerto para que luzca rozagante, y así poder disimular, cortésmente, el avance de una podredumbre que se adivina ingobernable.

Un recurso altamente civilizador —o al menos así lo creemos—, consiste en la preservación y la exhibición, con fines educativos, de testimonios emblemáticos de la crueldad humana, y de la sistemática violencia que ciertos grupos de poder han ejercido sobre comunidades indefensas, demonizadas y luego hostigadas hasta el exterminio.

Es por esta razón que la iniciativa de organizar una muestra itinerante internacional con objetos procedentes de Auschwitz, el célebre campo de concentración que el nazismo gerenció en Polonia hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, suena como una decisión tan inteligente y acertada: es de desear que cuando los visitantes de la exposición —su primer destino fue la capital española—, se enfrenten con un trozo de verja electrificada o con los zapatitos de un chico martirizado en cautiverio, puedan atar cabos y colegir que los muchos niños asesinados recientemente en Siria, no hacen sino perpetuar un desfile ininterrumpido de víctimas inocentes por los túneles más tenebrosos de la historia, incluida esa historia contemporánea que consumimos a diario con total indiferencia y como si se tratara de una publicidad de shampoo, a través de la narcótica espectacularidad de los noticieros televisivos.

Nadie duda de que el horror nazi marcó un récord poco menos que imbatible, en la crónica de esa ferocidad monstruosa que late —bajo una leve pátina de civilización—, en lo más hondo del corazón humano. Pero sería ingenuo (o poco honesto), querer convencernos de que las persecuciones o lo que se conoce como "limpieza étnica", se extinguieron con el disparo que resonó en el búnker del Führer el 30 de abril de 1945, un par de días antes de la caída de Berlín.

¿Acaso en esa hoguera apenas controlada que es el Cercano Oriente —hoguera que el necio de Donald Trump, con irresponsable y cesariana arrogancia no vaciló en atizar—, el pueblo palestino no vive también en un estado de riesgo y aflicción, tan injuriosos como inhumanos y constantes?

Pero retomando ahora lo de la "tregua de fin de año", en verdad considero que suspender hostilidades para tratar de consensuar una exigua paz temporal —algo que suele plantearse, tanto en el interior de las familias como entre ejércitos en pugna—, y luego seguir combatiéndose con más encarnizamiento que antes, si logramos expurgar nuestro juicio crítico de toda sensiblería barata, concluiremos que, lejos de constituir un acto de amor, es la demostración más palmaria de que a nuestra maldad la salpimentan la hipocresía, la estupidez y la irracionalidad más aterradoras. (Nadie se "abuena" para Navidad por arte de birlibirloque, salvo en los cuentos de Charles Dickens).

Aunque no puedo poner fin a estas reflexiones, sin transcribir otro párrafo del sociólogo Zygmunt Bauman extraído, como las citas anteriores, de las páginas iniciales de "Retrotopía", que fuera su libro póstumo. Aquí el gran pensador polaco señala que a las "labores civilizadoras" enumeradas más arriba —como bajar de cartel el exitoso espectáculo de las ejecuciones públicas, o escurrir la sangre de los animales muertos en la cocina—, Erving Goffman añadiría "la ‘desatención cortés' —el arte de desviar la mirada de un extraño con el que coincidimos en una acera, en un vagón del transporte público o en la sala de espera del dentista—, indicativa de la intención de abstenerse de contactar con esa otra persona, no sea que de una interacción entre actores desconocidos entre sí surjan impulsos desagradables fuera de control que nos revelen (para vergüenza nuestra) al ‹animal que llevamos dentro› y que hay que mantener enjaulado, recluido bajo llave y bien oculto".

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