Opinión

Todos contra el Papa, que intenta cambiar a la Iglesia

Debate interno en la curia. Francisco llegó a Roma con la misión de conducir a los católicos por el siglo XXI e implementar una serie de necesarias reformas. Los conservadores se oponen y luchan por no perder poder.

Miércoles 02 de Mayo de 2018

CIUDAD DEL VATICANO — Hace cinco años, el Papa Francisco fue elegido para liderar los cambios de una Iglesia sacudida por múltiples escándalos y por la histórica renuncia de Benedicto XVI. Con rapidez, Francisco se convirtió en una fuerza mundial dentro de la geopolítica al enfocar su agenda en el cambio climático y la atención a los migrantes. Los gobernantes de todo el mundo querían estar cerca de él. Incluso quienes no son católicos lo adoraban.

Hoy en día, el Papa está cada vez más asediado. El clima político ha cambiado de manera abrupta en todo el mundo y los populistas y nacionalistas que se oponen a muchas de sus propuestas han ganado poder. Las fuerzas conservadoras dentro del Vaticano están envalentonadas y buscan boicotearlo en varios frentes.

Sin embargo, una mirada más cercana a su trayectoria, desde que se convirtió en Papa hasta las fuertes reacciones que ha generado, también muestra que Francisco prosigue en su camino de darle una nueva orientación a la Iglesia. Sus defensores dicen que las reacciones negativas han logrado que la voz del Papa sea más vital dentro del debate en el interior y el exterior de la Iglesia sobre los asuntos que ha decidido destacar, como la situación de los migrantes, la desigualdad económica y el medioambiente.

No obstante, hasta ellos aceptan que el mensaje del Pontífice no está en sincronía con los tiempos políticos actuales, lo que contrasta, por ejemplo, con Juan Pablo II, quien proporcionó la dimensión espiritual para la batalla que Ronald Reagan y Margaret Thatcher emprendieron contra el comunismo.

También hubo un consenso generalizado sobre su fracaso al determinar la responsabilidad de ciertos obispos en los casos de abuso sexual clerical. Se trata de un tema ante el que, según sus críticos y a pesar de sus excepcionales disculpas recientes, ha mostrado una considerable sordera.

Sin embargo, el hecho de que el Pontífice resalte la justicia social sobre otros debates como el aborto, es lo que ha causado las divisiones internas más marcadas con un grupo pequeño pero muy comprometido de cardenales conservadores que han sugerido públicamente que el Papa es un autócrata hereje que está conduciendo a los fieles hacia la confusión y el cisma.

Los conservadores, acostumbrados a salirse con la suya durante las tres décadas anteriores, hablan de una cultura del terror dentro del Vaticano y les preocupa que haya espías jesuitas que informan a Francisco.

No obstante, el punto que más ha unido a los conservadores ha sido la oposición doctrinaria a la exhortación papal, llamada Amoris Laetitia, que contiene un pie de página que parece abrirle la puerta a que los católicos divorciados y vueltos a casar reciban la comunión.

Un pequeño grupo de cardenales exigió una aclaración formal por parte de Francisco, quien los ha ignorado durante años. Desde entonces han muerto dos de esos cardenales, pero el dirigente del grupo, el cardenal estadounidense Raymond Burke, sigue ejerciendo presión.

Por lo general, Francisco deja que sus seguidores se encarguen de las batallas, pero al parecer tenía en mente a sus críticos conservadores cuando publicó este mes un importante documento en el que se lamentaba de los duros ataques en los medios católicos.

Para un cristiano, escribió, ayudar a los migrantes no es menos sagrado que oponerse al aborto. "Por sobre todas las cosas, el cristianismo debe ponerse en práctica", apuntó .

Fuera de la Iglesia, la historia es distinta. Armado únicamente con gestos y oraciones, Francisco ha terminado a menudo del lado de los perdedores. Donald Trump, a quien alguna vez el Papa calificó como "no cristiano" debido a su deseo de construir un muro en la frontera con México, es el presidente de Estados Unidos. En Europa, gobernantes cada vez más autoritarios —incluyendo a Andrzej Duda, de Polonia; Viktor Orbán, de Hungría, y Vladimir Putin, de Rusia— se presentan como defensores de la Europa cristiana mientras cierran las fronteras a los migrantes y refugiados.

Más cerca de su propia casa, en Italia, las elecciones de marzo fueron positivas para la Liga, un partido de derecha con un discurso explícitamente antiinmigrante y dirigido por Matteo Salvini. Este último intercambia visitas con Burke y se asegura de hacer referencias a Benedicto XVI, el predecesor de Francisco.

Para los populistas antiinmigrantes, el Papa simplemente no entiende. Por ejemplo, al exconsejero de Trump, Stephen Bannon, quien es católico, le gusta llamar comunista a Francisco por su política económica y también decirle pontífice de Davos por su elitismo cultural. En una entrevista posterior a las elecciones en Italia, en las que los partidos populistas ganaron la mayor parte del apoyo de los votantes, Bannon dijo que el resultado era "un gran voto en contra del Vaticano, no en contra del catolicismo, sino particularmente en contra de esas políticas". Se frotó las manos cuando añadió: "Lo cual, como saben, me encantó".

Sin embargo, Francisco parece cómodo con su nuevo papel como voz solitaria en el desierto populista. Este mes, en Casa Santa Marta, la residencia que eligió usar en lugar del gran Palacio Apostólico, Francisco ofreció una homilía acerca de los profetas. "A veces no es fácil escuchar la verdad", dijo Francisco, y señaló que "los profetas siempre han tenido que lidiar con la persecución por decir la verdad".

"Un profeta sabe cuándo regañar, pero también cómo abrirle las puertas a la esperanza", añadió. "Un verdadero profeta lo intenta", dijo.

Jason Horowitz

The New York Times

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