Opinión

Todo anda bárbaro

Le faltó la venia, pero sólo era un empleado municipal de carrera. Un error se podría pagar caro, así que bajó las órdenes repetidamente de manera precisa.

Domingo 15 de Octubre de 2017

Acá está el recorrido de ida y vuelta, hacete cargo, mandó la mano derecha del capo. Bien señor, acató el responsable haciendo sonar los tacos como un milico. Le faltó la venia, pero sólo era un empleado municipal de carrera. Un error se podría pagar caro, así que bajó las órdenes repetidamente de manera precisa. Al otro día, el intendente, mejor dicho interventor militar, se aprestaba a tomarle el pulso a la ciudad. Era un marino de mediana edad sumamente elegante y de buenos modales. Sus zapatos negros reflejaban la mañana. Jamás pisarían barro y el hedor de las zanjas malolientes jamás lastimaría su recta nariz, que procuraba siempre apuntar al cielo. Al auto oficial subieron con él su secretario privado y un par de funcionarios. Detrás, los escoltaba una camioneta con periodistas. El artífice de la recorrida era un auténtico genio del mal y de la supervivencia. El interventor encontró todo perfecto a su paso. Ni un papel de caramelo en la calle, ni un yuyito de más. Y los árboles podados al ras, como colimbas. Cualquier pintada insurrecta fue convenientemente tapada. El diario de Yrigoyen había sido largamente superado. Al llegar al lugar previsto donde se construían apenas dos cuadras de pavimento tan lentamente como si se remozaran cuatro en el centro, vecinos reunidos de cualquier parte aplaudieron y gritaron vivas. Era el momento de las cámaras de TV y de las fotos con el pueblo. El comentario del intendente respaldado por democráticos fusiles a prudente distancia fue brillante: "Estoy orgulloso. La ciudad está más linda y progresista como nunca antes". Aplausos. El Lord Mayor, como le gustaba que le dijeran, no conoció la ciudad ni en postales. Todos lo sabían. Y él sabía que lo sabían. Pero sólo se trataba de mentir. Los años de plomo y sangre, de tumbas sin nombre, mordaza y espantapájaros quedaron atrás, pero no faltan los que aún adhieren a trampas parecidas. Si hasta hay ocasiones en que no queda más que creer que el pasado llama como un canto de sirena. Puede que un día, hartos de palabras que se resbalan de la lengua y no de la razón y menos del corazón, se imponga el preciado ejercicio de pensar y disentir. Sin engaños ni mentiras.

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