Opinión

Tiempos difíciles

En Rosario ocurren hechos graves y enfrentarlos causa inquietud lógica. Pero los actos públicos se leen.

Lunes 11 de Marzo de 2019

Hace un par de años, en la informal sobremesa de una cena de periodistas, saltó el tema de los sofocones que se pueden pasar al meterse en coberturas de temas complejos o polémicos. Al final de la charla Norma Morandini habló de una experiencia personal. Había investigado entre otras cosas los derroteros de personas que habían corrido la misma trágica suerte de su hermana desaparecida durante la dictadura, y también había escrito un libro a inicios de los 90 sobre el asesinato de María Soledad Morales en Catamarca, desmenuzando una trama de personas con posiciones en los poderes de esa provincia comprometidas en aquel crimen.

Morandini contó entonces que, en su experiencia, lo más difícil en su profesión no fue quedar expuesta a las réplicas que le generaron esos trabajos, sino que le colgaran la etiqueta de ser una mujer valiente. "Nadie sabe en qué impotencia se queda una cuando te saludan por las supuestas agallas que tenés", decía. "Te coloca en una soledad y en un malentendido espantosos porque ante el riesgo lo más lógico en un ser humano normal es sentir miedo. Ante eso lo que se necesita es contención y compañía. No que te vean como un extraterrestre, te profesen admiración por diez segundos y después te dejen solo".

La semana pasada en esta misma columna se informó que tres fiscales se habían retirado de la investigación de las balaceras que desde el año pasado atentan contra objetivos del Poder Judicial ni bien atacaron a tiros la casa de una profesional de esa misma unidad que realiza los perfiles económicos de las bandas. A juzgar por el aluvión de comentarios recibidos el tema alimentó un debate que ya se había lanzado en los ámbitos donde la novedad se conocía. Pero también generó irritación en algunas oficinas de la Fiscalía Regional Rosario por interpretar que había un menosprecio en el trato hacia los fiscales.

Precisamente este ámbito, el de las interpretaciones, es un campo donde nadie tiene soberanía. Cada cual entenderá lo que entienda. Lo que es seguro es que en esta columna a nadie se acusó de tener miedo. Lo que se dijo sin lugar a ambigüedad es que cuando se ocupan posiciones públicas los actos de las instituciones se leerán públicamente. Y que la posibilidad de que se entendiera que los fiscales se habían marchado por la presión de los balazos era no solo la más probable sino que restaba al Ministerio Público de la Acusación la imagen de firmeza por la que cualquier agencia de persecución penal aspira a ser reconocida.

El problema, como señaló un compañero, traspasa por mucho la voluntad de los actores. Nada más lejos que intentar, al menos desde esta columna, hacer juicios despectivos respecto de qué sintieron los fiscales, mucho menos con los patéticos estereotipos morales del miedo, esos que subestiman al que razonablemente lo siente, o que empuja a los otros a ser valientes para luego desentenderse de su suerte. Los fiscales que se retiraron de este caso estuvieron por años en centenares de audiencias acusando a delincuentes delante de ellos y, como se dijo el viernes, trabajaron para identificar y detener a muchos acusados por las balaceras anteriores. Pero al irse los tres juntos el mismo día del ataque a una funcionaria de su equipo, más allá de motivos con los que nadie aquí se metió, surgen a la lectura de modo inevitable ideas de vacilación o de debilidad. Eso es propio de las decisiones en lo estatal, vale decir, de lo público. Y lo distintivo de lo público es ser comentado.

Hay como contexto una violencia endurecida, que empiezan a sufrir por primera vez los que investigan, lo que produce en el sistema penal conductas también nuevas, que están muy lejos de ser objeto de escarnio o chiste. Las apelaciones al coraje o las reivindicaciones chulas de que no hay que tener miedo son estupideces que atentan contra el principio de realidad. En Rosario ocurren hechos graves y enfrentarlos provoca agitación, inquietud y consecuencias en quienes deben hacerlo. Lo que se dijo es que las conductas institucionales se leen. Es lo primero que hay que aceptar cuando se elige voluntariamente ocupar un lugar público. Si se señalan estas cosas es con el deseo de que a las dificultades de nuestro presente, como decía Morandini, podamos no enfrentarlas solos.


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