Opinión

Tiempo de valientes

Domingo 09 de Diciembre de 2018

Llegaron con escobas para barrer prolijamente la basura humana. Por las buenas primero, aconsejaban a los que transcurren a la intemperie alojarse con sus chicos en refugios, bien guardados, por unos días. Ellos, eternos necesitados, lo pensaban sin decidirse. Y a veces la memoria que no muere trae imágenes del espanto y contagia de sumisión. Les dijeron que venía gente muy importante de recreo al país y que se sentirían molestos si veían pobres durmiendo en las calles. Se les amargaría la fiesta privada y los buitres tienen mala digestión, tragan demasiado. Tampoco sería motivo de orgullo para un gobierno que siempre estuvo corto de ideas-tiempo para solucionar un problema de pocos, se justificaron. Los rebeldes quedarían expuestos a que se les aplicara el plan B utilizado en tiempos de la dictadura. Entonces se los subía en camiones y se los arrojaba por ahí, bien lejos. La solución final estaba cerca. Primero serían invisibles. Elijan, pero rápido, no vaya a ser que alguno se pierda en el trayecto al nuevo destino. Propuesta terminante y curiosa palabra: destino. Algunos creen que es un poder sobrenatural e ineludible de la vida, aunque realmente es lo opuesto al libre albedrío. Sólo es libre quien puede elegir, pero no con una pistola en la cabeza. Lo mejor, irse sin chistar. Y la semilla volvió a quedar sembrada. Porque como apuntó el escritor y economista español José Luis Sampedro, es estrategia de tiranos gobernar en base al miedo. Y ejemplificó que si a la población se la amenaza con que será degollada y luego no se la degüella, pero se la explota, se la engancha a un carro y se la hace caminar descalza por ásperos caminos de piedra, terminará pensando aliviada que al menos no se los degolló. Pese a los reclamos a una economía que hizo estragos el ingreso de los trabajadores, el alza del desempleo y la caída de la actividad, actuaron como fuertes disciplinadores de las exigencias gremiales. Y pese a estar al límite de la subsistencia, ante el dilema perverso de elegir entre mantener el empleo o luchar por mejorar el salario muchos dejan de lado bronca, rebeldía y optan por sobrevivir. La semilla del miedo ha prendido. No se sabe por cuánto tiempo, porque un gobierno que ha perdido el sentido común y se sostiene con la mentira naturalizada con la impunidad de un puñado de beneficiados sólo puede conducir al caos social. Si no se está buscando intencionadamente el desborde de los sometidos es imposible no preguntarse por qué oscuro motivo se empeña este sistema de injusticia en alentarlo.

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