Domingo 05 de Febrero de 2017
Un páramo caliente, opresivo, con la calma de los cementerios, las baldosas brillan lastimando los ojos. Algunas cuadras, mezquinas, esconden aleros y se guardan la sombra. La peatonal Córdoba muestra su cara menos amable por estos días. La locura de las fiestas terminó hace tiempo y con ella la vida artificial que genera el gasto de plata, que se trasladó por un tiempo a la costa bonaerense, a las sierras de Córdoba, a Brasil, Uruguay, Chile y Miami.
El eco de los pasos se pierden en vidrieras apáticas, que más que nunca muestran su destino de meras estanterías, despojadas de la ilusión de cuernos de la abundancia.
De los cestos de acero inoxidable sale un olor ácido de basura fermentada por el Sol; los quioscos de revistas, cerrados a cal y canto se quedaron sin el encanto de los mundos que ofrecen diarios, revistas, libros y fascículos con juguetes; los de flores quedaron desnudos, mostrando, sin remedio cómo el óxido le va ganando la batalla a una pintura deslucida y cansada.
Las garitas de la policía se mantienen como atalayas a la nada, el calor espanta también al delito.
Las plazas, San Martín, Pringles, 25 de Mayo, aparecen como oasis del paseo inclemente. La primera está anunciada por el fresco sosiego que da el bulevar Oroño con sus plátanos y palmeras, y sus bares. Y la última, anuncia el descanso para el alma que es el río, que surge como el Nilo tras atravesar el desierto y que ofrece el espectáculo de las lanchas deportivas y los grandes barcos graneleros doblegando la corriente.