Sábado 03 de Octubre de 2020
En la Argentina, quizá como pocos países del mundo, se utilizan términos extrapolados de otras latitudes para darles referencia local. Así, empleamos el vocablo “libanización” para referirnos a desastres equiparables a la guerra civil del Líbano entre 1975 y 1990 o “mejicanear” (una ofensa para México) para denotar traición o robo entre ladrones. Además, desde la época masiva de inmigración a la Argentina, a los “turcos” se los confunde con los descendientes de ciudadanos de distintos países árabes y a los “rusos” con los del pueblo hebreo. También se emplean términos descalificatorios para estigmatizar a los inmigrantes bolivianos como “bolitas”, a los peruanos como “perucas” o a los brasileños como “brazucas”.
Tal vez el problema de los argentinos fue explicado, en parte, cuando el ex presidente de Ecuador Rafael Correa reveló un chiste que le contó el Papa durante un encuentro en El Vaticano. “A todos sorprendió que haya elegido el nombre de Francisco, porque siendo argentino esperaban que me llame Jesús II”, bromeó el Pontífice.
Durante estos días, ha aparecido en escena en la política argentina el término “talibán” como significante de posiciones extremas. En realidad, es mucho más que eso. Los talibanes, que son de origen afgano, tomaron el control de Afganistán tras la retirada de la URSS en 1989 y permanecieron en el poder hasta la invasión norteamericana tras el atentado a los Torres Gemelas en 2001. Son fundamentalistas islámicos de la rama suní, promueven una interpretación estricta de la religión, sojuzgan a las mujeres y les prohíben estudiar después de los ocho años y trabajar. No pueden salir a la calle sin un “burka” que les cubre todo el cuerpo y sin la compañía de su esposo. La violación de esos mandatos es punible hasta con la muerte, lo mismo que el adulterio. Muchos talibanes fueron parte del autodenominado y ya desaparecido Estado Islámico en Siria e Irak, que tenía esclavas sexuales y ejecutaba a los homosexuales arrojándolos al vacío desde edificios altos.
Nadie en la Argentina se les parece, pero el uso de la palabra “talibán” tiene una connotación criolla asociada a un pensamiento único, inobjetable e imposible de modificar aun con argumentos racionales. Son como las religiones que muestran dogmas de divinas verdades reveladas. Y existen dentro de todo el espectro de la política argentina.
Hace unos días, el gobernador de Jujuy, el radical Gerardo Morales, integrante de Juntos por el Cambio, dijo que en su movimiento político se diferencian los que tienen responsabilidad de gobierno de los que no la tienen. Por eso, fue elocuente: “Yo, por ejemplo, no puedo prescindir del apoyo del ministro Ginés González García. Necesitamos la ayuda de los equipos epidemiológicos. A veces le mando por Twitter un agradecimiento al presidente, que me manda respiradores y médicos y salen los trolls y te dan con todo. No entienden. No sirve incentivar el caos en un momento de pandemia. Creo que hay dentro del kirchnerismo gente que excede sus posiciones. Y tenemos dentro de la oposición lo mismo. Ambos extremos buscan el caos. Que no le sirve al país”.
De inmediato, Patricia Bullrich, líder de la alianza que integra con Morales se sintió aludida y salió a responderle: “Juntos por el Cambio es una oposición responsable, no hay sectores radicalizados, no somos talibanes; tenemos capacidad de escuchar y tenemos un alerta sobre lo que pasa en la sociedad”, le contestó.
Patricia Bullrich integró un gobierno que dejó un país al borde del colapso económico y una deuda interna y externa impagables, pero se animó a decir: “Lo que no queremos es lo que está pasando con el gobierno que, en vez de hacerse cargo que hace diez meses que gobiernan, que han llevado a la cuarentena más larga del mundo y que han destruido la economía, quieren echar la culpa para atrás”. Bullrich promueve y participa de movilizaciones por reclamos variopintos que lo único que logran es la propagación del virus.
El peronismo también tiene lo suyo. Santiago Cúneo, un pseudoperiodista ligado a Julio de Vido y Luis D’Elía y en el pasado con vínculos carapintadas, es lo más parecido a un “talibán” del río de la Plata. “El presidente se tiene que ir y Cristina Kirchner se tiene que hacer cargo, porque esto es el resultado de un capricho personal. Alberto Fernández no es la expresión interna del espacio y menos del peronismo. Fue el antojo, fue elegido a dedo”, le dijo a un portal porteño que lo entrevistó. También anunció que formaba una agrupación “nacionalista y peronista” que no se aleja del kirchnerismo. “El kirchnerismo tolera que Alberto Fernández sea neoliberal”, sentenció.
No hay dudas de que dentro del kirchnerismo existen talibanes que promueven que Cristina Kirchner se haga cargo del gobierno y que el viejo eslogan de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, se haga explícito otra vez, pero con Cristina en Balcarce 50. Perón tuvo que pasar por otra elección para llegar a su tercer mandato. Cristina tiene ese camino allanado si se va Alberto, deben pensar los ultra K que la quieren ver otra vez en el sillón de Rivadavia a toda costa sin advertir que esa posibilidad forma parte de una política destituyente.
Pero como hay talibanes de ambos lados, también existe la moderación con posiciones razonables como la del jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, que sabe que tiene que congeniar con el gobierno nacional y apartarse del ala extrema de su partido, con Bullrich y Macri a la cabeza, si quiere tener alguna aspiración presidencial en poco más de tres años. La esperanza es rescatar a los moderados de ambos lados para que no todo se conjugue en nuevas frustraciones.