OPINIÓN

Sputnik

El recuerdo de la hazaña del cosmonauta soviético Yuri Gagarin evocó la Guerra Fría, tan parecida en cuanto relato a la guerra de las vacunas

Jueves 15 de Abril de 2021

Tiene 13 años, está en la gloria, entró al Politécnico, algo que lo había tenido en vilo todo el verano, y pasa el día, por obra y gracia de la doble escolaridad, fuera de casa. Almuerza en la escuela, en la cantina de Pepe, Paty con Coca Cola, un milagro inesperado, y lo mejor de todo, no tiene que darle cuenta a sus padres de lo que hizo o dejó de hacer, mientras mastica mecánicamente las milanesas que su madre sirve orgullosa y que tienen gusto a nada, con o sin Covid. Por primera vez en su vida entra a una biblioteca y no para buscar un libro, va a jugar al ajedrez, un juego que no domina ni le gusta demasiado pero que tiene que jugar, es una de las tradiciones del colegio y a su edad no se puede correr riesgos, si todos juegan y juegan bien, él tiene que jugar y jugar bien.

Por suerte, uno de sus compañeros de división se apiadó de su impericia y le propuso enseñarle los rudimentos del juego y cada mediodía se encierran, tablero mediante, a ensayar aperturas, sacrificios, cierres, remates, y lo que más los entusiasma, a reflexionar sobre las ventajas de doblar las torres o el espíritu del enroque. Como la bella y salvaje Anya-Taylor Joy en “Gambito de dama”, pero sin su sed de victoria, con la esperanza apenas de zafar del bullying, porque perder por un Jaque Mate Pastor, en El Farol, rodeado de los salvajes de la séptima, es un deshonor, una pesadilla, una mácula que cargarán hasta el último día de la secundaria.

El maestro tiene un año menos –hizo libre primero inicial y podría haber seguido rindiendo pero el ministerio no lo dejó–, contextura frágil, como si el único ejercicio que hubiera hecho en su vida fuera levantarse de la cama, suéter oscuro, camisa blanca, el pelo endemoniadamente ensortijado y un par de lentes de marco negro con unos cristales tan gruesos que cuesta saber si ahí detrás están sus ojos o hay otra cosa. Llega siempre con tres o cuatro libros bajo el brazo, infaltable “Lecciones elementales de ajedrez” de Capablanca, que es su ídolo como, para nosotros, los simples mortales, canallas desde la más tierna edad, es Aldo Pedro Poy.

La escuela es presencial, o mejor, la escuela es la escuela, hay que ir todos los días, llueve o truene, con la tarea hecha, sacar buenas y portarse bien y ojito con traer una nota del jefe de preceptores, un villano de mirada de hielo de Severus Snape, invitando a los padres a ir al colegio. El infierno tan temido. Nunca es por nada bueno cuando llaman a los padres al colegio. Pero eso es harina de otro costal, la cuestión son los libros, el libro, “El camino del cosmos” de Yuri Gagarin, usado, hojas amarillentas, épica soviética, asoma entre los manuales de ajedrez y llama la atención. Es una edición de bolsillo, barata, con la foto del primer hombre que viajó al espacio en la tapa. Sin pensar en los militares, el odio atávico que le tienen a los rusos, se lo lleva a casa y lo lee de un tirón.

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El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, el primer hombre en viajar al espacio exterior.

El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, el primer hombre en viajar al espacio exterior.

Él, que vio en vivo y en directo cuando Neil Armstrong llegó a la Luna, no tenía idea de cómo había empezado todo, la carrera del espacio, el temor de que la Guerra Fría llegue a las estrellas. Había visto “Star Wars” y le pareció un cuentito para chicos. No es para menos, leía a Asimov, a Clarke, a Bradbury, mirá si lo iba a asustar Darth Vader, pero la historia del cosmonauta lo asusta, lo asusta hasta el tuétano cuando se entera que, desde que los rusos mandaron el Sputnik al espacio, los yanquis piensan en la Estrella de la Muerte. Pasan 60 años, el Sputnik 2 y los ladridos de la perra Laika en el vacío, los platos voladores, la solitaria vaca cubana y los cohetes de SpaceX con los que el bueno de Elon Musk sueña con iluminar el cielo hasta el infinito y más allá. Y un día, cuando ya no quedaba ni el recuerdo de la titánica defensa siciliana con la que se ganó el respeto de los maestros del Poli, la pandemia, la cuarentena, la oscuridad. Ya es mayor, las imágenes de “La carretera”, recuerda el apocalipsis caníbal de Corman Mc Carthy y tiembla. ¿Cómo empezó todo? No queda claro, capaz que el virus se escapó de un laboratorio chino, capaz que fue otra cosa, una sopa de murciélago, un pangolín travieso, los científicos no se ponen de acuerdo. Lo que es seguro es que Bill Gates no tuvo nada que ver, es un villano, pero no fue él quien envenenó el agua de Ciudad Gótica. La guerra no es fría esta vez, es bien caliente, y es por las vacunas. Y ahí están las barras y estrellas otra vez, y sus cañones Pfizer y AstraZeneca y del otro lado la hoz y el martillo asomando detrás de la Sputnik V.

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El presidente Alberto Fernández recibió las dosis de la vacuna Sputnik V y se contagio de Covid-19.

El presidente Alberto Fernández recibió las dosis de la vacuna Sputnik V y se contagio de Covid-19.

“V”, sí, que primero fue 5, el número romano que tantos dolores les dio a los polipibes desde que el mundo es matemáticas, y no el de la historia, se convirtió en su mundo, y después la nueva letra de la esperanza, V de vacuna. Pero eso no fue todo, cuando la Argentina cerró el negocio, mucho antes de que Alberto diera positivo habiendo sido inoculado –la peor de las peores propagandas para el caballito de batalla de Vladimir–, dejó de ser el 5 romano y también la V de vacuna y se transformó, como debía haber sido desde un primer momento, en la V de la victoria, que es inmemorial, aunque acá, en el sur profundo, es peronista y también influencer. ¿Qué más se puede pedir? Compromiso y chivo. Verdad y consecuencia. La narrativa de la pandemia.

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