Opinión

Soledad, tristeza y ausencia del Estado

Reflexiones, por Carlos Duclos. Al efectuar un paneo sobre la realidad de nuestra ciudad, de nuestra provincia, de nuestra Nación y del mundo, se advierte a menudo que los grandes avances que ha logrado la humanidad en conocimientos y desarrollos son inversamente proporcionales a los estándares de vida aceptables no ya para cualquier ser humano, sino para cualquier ser.

Lunes 14 de Abril de 2014

Al efectuar un paneo sobre la realidad de nuestra ciudad, de nuestra provincia, de nuestra Nación y del mundo, se advierte a menudo que los grandes avances que ha logrado la humanidad en conocimientos y desarrollos son inversamente proporcionales a los estándares de vida aceptables no ya para cualquier ser humano, sino para cualquier ser. Habrá advertido el lector sensible e interesado en el destino del planeta, cómo se provocan estragos calamitosos en los reinos animal, vegetal y mineral. Se habrá observado, por lo demás, que las consecuencias, los efectos, le llegan al propio ser humano de diversas formas; una de ellas (y sólo una) proliferación de enfermedades por contaminación.

Lo paradójico de este asunto y lo trágico, por lo demás, es que ciertos seres humanos atropellan sin escrúpulos y sin piedad a los de su propia especie. ¿En razón de qué? De poder y de disponibilidad económica y financiera, sobre todo. Así las cosas, podría decirse también que el crecimiento de unos es grandemente e inversamente proporcional a la miseria de otros. ¿Siempre fue así? ¡Claro! Siempre fue así desde que Caín mató a su hermano Abel, desde que los Borgia envenenaran a cuanto adversario peligroso se cruzara en sus caminos y fueran posibles tomadores de su poder. Lo triste es que siga siendo así, luego de esta explosión de conocimiento que está alcanzando el hombre, luego de tantos avances fabulosos.

Sin embargo, y ya que hablamos de las leyes de proporcionalidad, el lector avispado habrá advertido, también, que así como ciertas mentes van brillando más, despertando y observando con nitidez e inteligencia nuevos horizontes, y en tanto otras mantienen su nivel medio, muchas (muy lamentablemente) van cayendo en una zona brumosa, oscura, de escaso nivel cognitivo, de capacidades reflexivas casi nulas, y pletóricas de ignorancia ¿Es casualidad? El tema, claro está, demanda un tratado extenso, amplio, pero no puede decirse que esto ocurra por casualidad desde que una mente anulada es susceptible de ser arreada en la dirección que al poder convenga.

La mente de nivel medio, del hombre común, capaz de discernir, de reflexionar, que generalmente corresponde a personas de buen corazón en general, afortunadamente son la mayoría (hasta hoy); las de nivel de opacidad son muchas. De aquellas brillantes y fuera de lo común puede decirse que constituyen una minoría que se dividen en tres facciones de individuos: los malos, los neutros y los bondadosos.

Demás está decir que los más sufridos en una sociedad signada por un Estado ausente, son los seres humanos comunes y aquellos que han sido sistemáticamente rebajados en su capacidad mental por ausencia de adecuada alimentación (efectos sobre el cerebro), falta de apropiada educación y formados en una cultura del desorden. Estos últimos, y por vía de la incapacidad de discernir adecuadamente en muchos casos, no son del todo conscientes de su drama, pero me opongo a ese pensamiento calamitoso (sostenido incluso por ciertos religiosos) de quienes suelen sostener (como he escuchado) que "aun así ellos son felices". Es una felicidad en todo caso falsa y que deviene del no conocimiento de mejores formas de vida y de la ausencia (desde el nacimiento) del goce de la plenitud de los derechos. Es dable, sin embargo, aceptar que en cierta forma podrían sufrir menos que aquellos que habiendo conocido la bonanza, son sumergidos en la miseria económica, emocional, moral, espiritual.

Siempre he sostenido que cuando el Estado está ausente, es decir cuando su acción y sus resultados no satisfacen la necesidad de la persona (y esto ocurre históricamente en diversos niveles en lo nacional, provincial y municipal) el efecto no es otro que la angustia y la soledad del ciudadano. Especialmente de ese ciudadano pensante, bueno, trabajador, inocente que necesita para sostenerse no sólo de su propio esfuerzo, sino de la garantía de que el Estado le proporcionará los elementos necesarios para que desarrolle su vida en relativa calma y justicia.

Sin embargo, desde hace bastante, décadas y décadas, esto no está ocurriendo en muchos países y, desde luego, en esta Argentina y en todas sus provincias. La paz interior es un sueño y la justicia una utopía.

Por eso, porque el Estado está ausente (entendida la ausencia, reitero, como el no hacer lo indicado o suficiente por parte de los gobernantes que forman parte de ese Estado) es que suelen producirse a veces reacciones propias de seres en soledad, angustiados y cansados, hartos de haber sido una y otra vez abandonados.

Muchas veces la soledad y la tristeza del ser humano (y demás criaturas, por supuesto) es la consecuencia de un Estado que no está, o está equivocadamente.

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