Opinión

Sin política en la Moncloa

Cuando Rajoy, presidente del Gobierno, denomina corrupción a la peripecia especulativa del socialista Sánchez para formar gobierno apenas consigue justificar el salario de sus asesor de imagen Pedro Arriola.

Martes 05 de Abril de 2016

El periodista Antonio García Maldonado hace un planteo radical pero pertinente en un artículo del último número de la revista cultural española El Estado Mental: ¿qué es más revolucionario, ir con un bebé al Congreso o renunciar a la banca para poder criarlo en tanto madre soltera? La pregunta no es cómoda y la respuesta, menos. "El problema -plantea García Maldonado- no es la guardería, sino que ni la mujer ni el hombre tienen familia en esos niveles de responsabilidad". El escritor lo recuerda en su nota a la serie danesa Borgen que aborda la imposibilidad de la conciliación en tareas, como la política, que demandan las 24 horas de los siete días de la semana. "En Borgen (sede del parlamento y del gobierno danés) todos sabemos comprometernos con los daneses pero no sabemos comprometernos con nuestras familias", dice un personaje de la serie citado por García Maldonado.

La presencia del bebé de la diputada de Podemos Carloina Bescansa, al que amamantó en plena sesión de la Cámara de Diputados, provoca una reflexión sobre la conciliación política antes que con la laboral: la práctica del espectáculo no permite convivir ni comprometerse con las ideas. Cuando en el hemiciclo el líder de Podemos, Pablo Iglesias, pide cuentas al socialismo por Felipe González y su relación con el GAL -el episodio de terrorismo de Estado que tuvo lugar bajo mandato socialista- no lo hace desde un encuadre político y el cierre de esa intervención es el beso, no el literal que dio al diputado catalán Xavier Domènech en la boca, siguiendo la tradición rusa, sino el ofrecido desde la tribuna a Pedro Sánchez en el debate de investidura del candidato socialista: "Señor Sánchez -dijo Iglesias-, a veces la discusiones más agrias preceden a los momentos más dulces. Ojalá después de esta noche, el acuerdo al que lleguemos pueda llamarse el acuerdo del beso". Umberto Eco llamaba neotelevisión al decorado que la CNN introdujo en los noventa y después copiado por todos los telediarios que consistía en enseñar detrás de los presentadores a la redacción: ese contexto daba realismo, una imagen de los canales como factorías de la noticia. El paso siguiente fue la telerrealidad (reality show), en el que no basta con narrar el relato, hay que producirlo. De este modo, Pablo Iglesias, después de dar un beso a Domènech, producir una performance, puede ofrecerlo a Sánchez y para dotarlo de significado -espectacular que no político- refiere a un hecho del entorno de la telerrealidad: las declaraciones sentimentales entre una diputada del Partido Popular y uno de su grupo, episodio comentado por las revistas del corazón españolas.

¿Es esto la nueva política? Es nuevo, porque responde a un relato mediático con el mismo fin que la telerrealidad pero no es política.

Pedro Sánchez y Mariano Rajoy recurren a efectos retóricos con significantes cuyo significado amenaza con desbordar el debate pero que aparcan en su periferia. Cuando Sánchez habla de mestizaje pareciera que quiere abordar a Podemos desde la antropología social y cuando Rajoy denomina "corrupción" a la peripecia especulativa de Sánchez para formar gobierno apenas consigue justificar el salario de su asesor de imagen Pedro Arriola. Párrafo aparte merece la incursión de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, destacando el rol de las izquierdas -cuando el Partido Comunista apoyó los Pactos de la Moncloa- en la primera transición sin otro fin que subrayar que él obra en la misma senda que Adolfo Suárez.

Alberto Garzón, en este escenario, recuerda al escritor Francisco Umbral cuando se quejaba de que en los programas de televisión le hacían opinar sobre cualquier cosa menos sobre aquello por lo que le habían invitado: su libro. Garzón pone de manifiesto que va al debate para hablar de política en apenas dos minutos: como en un tweet de 140 caracteres que utilizó, entre otras cosas, para reclamar por el uso especular que Rivera hizo de Santiago Carrillo y el comunismo. Es curiosa que la vindicación que realizó Garzón del Partido Comunista fuera valorada mediáticamente como una desventaja para el candidato de IU-UP. Más allá que se asuma o no el comunismo como alternativa, es digno de observar que se valore en los medios como un mero sujeto de marketing político, es decir, en función del espectáculo y no como una posibilidad certera o falaz, según se aprecie, para operar en el debate de la izquierda. O mejor: el debate, en general. ¿Hubo un debate político?

En estos días hay una exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza sobre el grupo de pintores realistas de Madrid. Como no podía ser de otro modo, la tranquilidad del realismo y la atracción que genera Antonio López, figura central de la muestra y de este movimiento en España, llena el museo de visitantes a diario. La gente se detiene ante los cuadros de López como frente a un callejero en el que especulan con el nombre de las calles o los edificios representados. Se asiste con asombro a verdaderas discusiones ante un cuadro, Madrid (1960), por ejemplo, en el que lo único claro parece ser la mancha verde del parque del Retiro en el centro de la ciudad. Otra obra de López, Madrid visto desde el Cerro del Tío Pío (1962-1963), no solo no merece comentarios sino que apenas pasan los espectadores frente a él y rápidamente se van al siguiente cuadro. En esta pintura, el perfil de la ciudad aparece casi difuminado bajo un cielo gris y está sostenido por el borde del cerro que ocupa casi toda la extensión del lienzo; Madrid es apenas una franja fina en la parte superior de la pintura, el resto, como en El Perro de Goya, obra cumbre de la serie Pinturas Negras del célebre pintos, es una superficie infinita de tonos ocres, amarillentos, con algún reflejo azul que de no ser definido como cerro en el título de la obra podría ser entendido como una abstracción al igual que el lienzo de Goya.

No es un cuadro grato para quien busca una foto de la ciudad, una calle, una referencia, verse a sí mismo en una versión cómoda. López pinta calles de Madrid pero esas calles están vacías y llenas de silencio. Pero los espectadores buscan el griterío de los bares, las bocinas de los coches y el nombre de las calles aunque no estén. El cuadro del cerro del Tío Pío no solo carece de gente y de la representación de sonidos como todos los demás: tiene una profunda carga existencial que habla de algo que le sucede al que mira. Y el que observa, como no quiere ver ni escuchar eso se va al cuadro siguiente para tratar de encontrar su calle.

Visité la exhibición antes de ira a la sesión de investidura, a metros del Congreso ya que el museo es casi contiguo a las Cortes. El debate fue el mismo en ambos sitios.

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