Sábado 08 de Septiembre de 2018

Cuando nos referimos a la comunicación casi de manera espontánea y natural, es común que las personas la identifiquemos con el habla y la palabra. Sin embargo, sin siquiera tocar los profundos tratados sobre el tema, que han profusamente explicado que la comunicación es mucho más que eso (Watzlawick,1981); parece más que obvio desde nuestra anatomía, que teniendo dos órganos idénticos (oídos) para escuchar y solo uno (aparato fonador) para hablar; el acto de escuchar se erige como acción prioritaria, en términos biológicos de supervivencia, para algunas especies en su propio hábitat, entre ellas la humana.

Nuestra cultura occidental ha ponderado la inteligencia más del que habla, que del que escucha. Es más, el que queda en silencio es el que "no sabe" en la escuela o "no contesta" y queda por fuera de significado en nuestras encuestas de investigación. De este modo el silencio, confinado a la ignorancia en algunos casos o a la represión en algunos momentos de nuestra historia, ha quedado en el lugar de la descalificación.

Muchas veces al abordar estos temas en la Universidad, suelo proponerle a mis sorprendidos alumnos cerrar el "Parlamento". Vocablo del francés parlement que expresa la acción de parler (hablar); para refundar dicha institución (con el permiso de la Real Academia Española) renombrándolo: el "Escuchamiento". Del latín ascultāre, para referir a la acción de poner atención en algo a ser escuchado.

En el seno de nuestras sociedades humanas hemos generado prácticas conversacionales caracterizadas por lo que Bohm (1997) define como, cuatro patologías básicas que fragmentan el pensamiento colectivo. La abstracción, que implica un ensimismamiento en el propio modelo mental, la certeza, que refiere a la ausencia de suspensión de nuestros propias creencias, la idolatría, que indica que me escucho solo a mí mismo y finalmente la violencia, que conduce al no respeto y la agresión al otro. De este modo, la esperanza de construir un mundo plural se diluye ante la defensa y lucha por las propias ideas.

Las recientes conversaciones en el Congreso en torno a la legalización del aborto, nos muestran que nuestro modo conversacional se ha vuelto improductivo, no sólo en términos económicos (debido a que a las personas que allí conversan les pagamos por ello), sino peor aún, en términos de producción cultural, de transformación de las sociedades humanas.

El debate tosco evidencia un pensamiento dualista, fragmentado, estéril, infecundo, que no puede hacer vacío de las creencias arraigadas para dar lugar a la novedad. La competencia por las ideas genera bloques y estrategias de lucha: frases, contra-frases y colores que aún expresando la diferencia, se polarizan ignorando la unidad. Se trata de conversaciones de "yoes" enquistados en sus propios principios, con una severa dificultad para alojar a la otredad. De este modo la diferencia produce enojo y sobreviene la descalificación, la exclusión y la muerte ontológica del otro. Es del tipo de historias tristes que terminan "cuando unos ganan y otros pierden" y conducen a preguntarnos en este momento de la deriva humana: ¿cómo es posible celebrar sobre la tristeza del otro?

Necesitamos pasar urgentemente de una sociedad basada en el dominio, a una sociedad basada en la hospitalidad que permita alojar la diferencia, que no es delito por ser tal, sino que significa la emergencia de la otredad. El otro no está equivocado, sencillamente es otro y cuando se expresa me trae noticias de mí. (Toro Araneda, 2009).

El preciso silencio, la escucha atenta y el hablar cuidadoso, constituyen habilidades dialógicas que necesitamos aprender para construir una trama cultural, que entreteja con las hebras de lo diverso, la unidad.

Si de "salvar algo" se trata…propongo que salvemos la condición humana, que en su origen (lenguaje) no pudo originarse sin la base de la colaboración (Maturana, 2015) que junto con la caricia sensual y la sexualidad frontal, nos permitieron transformarnos de mamíferos bípedos a seres humanos.

Por lo que, en este contexto histórico la escucha más que la palabra, pareciera ser el camino hacia un salto evolutivo, transformador y posibilitador de un mundo plural.

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