Reposteros
Desde afuera, mirando la vidriera, se adivina un mundo fantástico, con distintos olores de especias y las brillantes formas de moldes, cortantes, espátulas, bandejas, colección de picos de mangas para decorar, y los miles de envases y bolsas de plástico y de papel y de otros adminículos que los reposteros (y a los que les gusta cocinar) se sirven todos los días que pueblan las casas de repostería.

Miércoles 24 de Mayo de 2017

Desde afuera, mirando la vidriera, se adivina un mundo fantástico, con distintos olores de especias y las brillantes formas de moldes, cortantes, espátulas, bandejas, colección de picos de mangas para decorar, y los miles de envases y bolsas de plástico y de papel y de otros adminículos que los reposteros (y a los que les gusta cocinar) se sirven todos los días que pueblan las casas de repostería.

Es como un bazar con cosas que se mastican, nueces, azúcar impalpable, frutas secas, harina, maizena, azúcar negra, y un largo agregado que llena varias listas, y que descansan en las estanterías junto a cuchillos fiambreros, coladores, fuentes, prensas de madera, juguetitos sorpresa para los huevos de pascua, y así.

Pavada de inventario que tiene que tiene el dueño. Para colmo, se le juntan cosas que tienen vencimiento con otras que recibirán el día del juicio final intactas, con la envoltura de la bolsita de náilon transparente.

Y ni hablar de la concurrencia. Habrá desde profesionales del metier que pasarán, dejarán una lista y volverán en unas horas a retirar el pedido, y otro que recién arranca preguntando si hay un cortante de corazón de cinco centímetros, de chapa, o no, mejor de plástico porque las de metal tienen rebabas y pueden dejar feos tajos en los dedos, y ése rallador que aparece en la televisión que tiene los dientes inclinados para adelante, que tienen mucho filo, que hay que usar con mucho cuidado porque sino, en medio del amasado hay que salir corriendo para el Heca.

Ese universo, dedicado a placeres tranquilos, recatados, apenas sacudido por la lujuria del chocolate, se presta al trato amable. Pero debe ser peliagudo probar una rodaja de budín inglés que trajo un (una) estudiante de cocina que se cree mucho más aventajado y quiere compartir sus saberes con su proveedor de confianza. Y poner cara de satisfecho, ojo.