Opinión

Relectura y rememoración

El misterio de la memoria. ¿Transcurre el tiempo en vano? ¿Lo traicionamos, inevitablemente, cuando nuestras vidas se deslizan hacia adelante? No poder ser el mismo, nunca, es uno de los rasgos más acentuados de la condición humana.

Lunes 11 de Abril de 2016

Vuelvo a alguna de mis lecturas de otro tiempo y me encuentro conmigo, más joven. Se trata de texto, constituido por signos que me remiten a algún sistema de pensamiento, pero que adquiere ahora valor rememorativo además. No es ya sólo lo que dice su autor, sino a quién se lo decía. Porque es reconstrucción de un pensamiento (escrito), pero también lo es del contexto de mi lectura anterior, mucho tiempo atrás. Que modelan en hueco (tanto el texto como el contexto) un relieve: el que yo era entonces.

¿Me reconozco en aquel lector ávido? No tanto; el tiempo no ha transcurrido en vano… Y lo más importante: ¿lo he traicionado? Porque si éste fuera el caso, entonces sí que el tiempo habría transcurrido en vano (al menos, para aquella avidez) porque sus urgencias me habrían vencido.

Yo, por tanto, reencontrado conmigo a través de un mismo texto, pero separado de mí por el tiempo entre ambas lecturas. ¿Me veo en aquel que subrayaba lo que hoy releo? Es claro que no puedo ser el mismo; de serlo, mi vida en ese transcurso no habría sido más que inútil repetición; debí haber evolucionado desde entonces. De modo que la pregunta es: ¿desarrollé o abandoné de modo prematuro, por comodidad utilitaria, aquello que mi atención me llevó a subrayar en aquel entonces? Más fundamentalmente: ¿deserté de la actitud a que respondía ese interés? Actitud que era seguramente una buena expresión de mi ser, al menos en tanto que no obedecía, a su vez, a ningún propósito material: ¿quién lee filosofía para ganar dinero?

Yo lo hacía y vuelvo ahora, con su relectura, a despertar algunos antiguos significados. Entre ambos actos, creo no haber desatendido del todo a ciertas inquietudes que creí de fondo.

Pero lo único que doy hoy por seguro: de nada poder estarlo; quizá es que sea más relativista y escéptico que ayer; por la edad, pero también por la evolución misma de un pensamiento que, cuando cree haber alcanzado algún resultado pero sin cesar por ello de replantearse las cosas, lo termina dejando como provisorio, relativo y hasta dudoso.

Y me permito trazar un paralelo entre mi modesta experiencia y la memoria colectiva de nuestra cultura, que resumo en el pensamiento griego antiguo; el cual no es que culminara con la academia platónica o con la gran síntesis aristotélica y allí se detuviera, sino que se continuó, siempre indeterminable, en lo que es el destino de toda razón que no se deja paralizar por el dogma y por el rechazo a la duda, siempre renaciente.

Me refiero al pirronismo y a la neo- academia que sucedieron a aquellos sistemas, a finales del período inmediatamente anterior a Cristo. Así discurría Carnéades, quien impresionó a Roma con su elocuencia, enviado allí desde Grecia en una comitiva de notables:

• ¿Dios existe?: existiendo, tendrá que ser: o corpóreo o incorpóreo; si lo segundo, no podría existir (toda realidad es corpórea, decían los estoicos); si lo primero, deberá ser: o simple o compuesto; si simple (agua, aire,…), no sería racional; si compuesto (y animado), no podría ser inmortal.

• Si existe es, por definición, perfecto; siéndolo, tendrá que conocerlo todo y poderlo todo; pero entonces conoce el dolor y también lo sufre (no puede conocerlo sin sentirlo); conoce la duda y duda; si pudiéndolo todo es la suma de las virtudes, hay algo que lo supera (la virtud misma) y no sería suprema perfección.

• Si siendo perfecto creó el mundo, ¿por qué hay en éste tanto dolor y maldad, derivables de algún modo de la creación de un ser perfecto?

• Si es quien como creador dotó además al hombre de la razón, siendo que ésta puede ser empleada tanto para el bien como para el mal y se comprueba que es para el mal como se la emplea por la mayoría y con la mayor frecuencia, ¿para qué otorgar un don que se ejerce de modo "tan ruinoso"?

¿Significan tales ejemplos que Dios no existe, que nada hay perfecto, que la razón no sirve? No se sabe. O mejor: se duda; de lo que se sostenga, una tesis opuesta también sería posible.

¿Que se aconseja mejor no pensar? Al contrario; si es al seguir pensando que recién se aprende que toda conclusión es provisoria. Si todo lo es para el hombre, sujeto al cambio constante y al azar, hasta que se cumpla su destino (o sea, la única posibilidad que sabe inevitable). Pero en tanto, toda sensación, toda percepción de cuanto lo rodea, merece ser vivida y requiere ser meditada.

Lo que se quiere señalar aquí es que la razón última —la filosófica — no es última porque se detenga, ora en la consagración del misterio, ora en el ascenso a una verdad única y absoluta, vuelta dogma una vez alcanzada, sino que se continúa hasta la humilde comprobación de que la razón humana tiene posibilidades alternativas, límites, buenos o malos empleos.

Permanecer en el templo de la verdad absoluta o continuar la peregrinación aunque a poco vuelva a asaltarnos la duda y a despojarnos de la certeza... ¿Qué conviene más a nuestra dignidad de seres racionales? Y por otro lado, ¿quién es más peligroso: un escéptico o un fanático fundamentalista?

Memoria individual y colectiva, pues; lo que soy y lo que somos. Lo que soy, que si bien de modo inmediato se atiene a sensaciones y estado de ánimo, es por el tiempo vivido (que mi memoria retiene) como puedo ubicarme en mi realidad y saber quién soy. Y lo que somos, porque participamos de una memoria colectiva que nos permite entender a aquellos griegos antiguos, nuestros predecesores culturales, que se plantearon los mismos interrogantes, enfrentados a los mismos enigmas.

¿Y qué es el contenido de la memoria, finalmente? Porque ni el recuerdo me traslada al pasado ni me lo trae al presente. Sólo me permite aseverar: "lo he vivido". Acompañado de un sentimiento (¿de pérdida?) por lo que quedó atrás en el tiempo. Sin que pueda obrar sobre algo clausurado ya, por intensa y movilizadora que aún hoy, pueda ser la emoción que me involucra a aquello. No hay más que una función (mnémica) que tienen para nosotros ciertas imágenes mentales y palabras. Las cuales tan sólo me significan, la presencia de una ausencia. Aun una imaginación que quiera orientar al futuro, no sólo que no será ese futuro sino que irá perdiendo relevancia a medida que compruebe que se me está agotando.

Lo que sí queda es un sentimiento de familiaridad con mi pasado (tanto haya sido éste bueno como malo), sin el cual no podría ni saber quién soy. Así como la vigencia perenne, triste pero dulce, de las personas buenas de mi vida que ya no están (como dice aquel tango sobre la muerte del amigo: "...y el flaco Abel que se nos fue pero aún me guía"; o aquel otro sobre la muerte del padre: "...queda para siempre tu bondad"); si es que he sabido seguir el consejo de Epicuro, de haber elegido a una persona buena como testigo de mi conducta, aunque ya no esté.

Y queda también la posibilidad permanente que tengo de crear sentidos nuevos, a partir de antiguas significaciones releídas.

Lo prueba la presente columna, que en definitiva no repite ni refiere siquiera a relaciones expresadas en aquellos textos viejos, sino que reflexiona acerca de la experiencia en que consistió su relectura.

Juan Alberto Madile / Doctor en ciencias jurídicas y sociales

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