La lupa

Reencuentros

Domingo 31 de Diciembre de 2017

Ver ese Sol rojo dominar el cielo como si fuera una bandera del Japón llamear detrás de los médanos parece encender la noche cercana. La sangre se desliza a borbotones en sus rayos moribundos pero todavía ardientes. Techos y paredes necesitarán horas hasta perder su tibieza extrema que irrita al tacto. El se queda hasta que la playa se va vaciando, que coincide con la pleamar para delicia de pescadores impacientes deseosos de cobrar alguna pieza importante que puedan llevar con un dejo de orgullo primitivo a su dúplex alquilado y decir a viva voz para que todos escuchen que esa noche cenarán pejerrey al horno. En vano su esposa le repetirá que encender la cocina los dejará a todos deshidratados. Esas preocupaciones domésticas le resbalan al tipo solitario de la playa, que acaba de terminar un cuento de Bukowski y se siente satisfecho del reencuentro con el viejo irreverente y genial que siempre lo atrajo como un imán. Mira la copa de daiquiri que prepara con esmero un barman del parador y lamenta que no quede ni una gota cuando ella se detiene a su lado. Una bella y grácil morena de short ajustado y pelo motoso corto. Vende sombreros y sin mediar palabra le calza un panamá hecho en Brasil. Da dos pasos hacia atrás y con un mohín pícaro lo aprueba. Ambos sonríen. Ni ella ni él habían creído en aquella promesa de hace un año de reencontrarse. Fue ella la que se la recordó. El se paró, tomó con delicadeza su barbilla y la besó en la boca de labios salados y tibios. Tengo hambre. Yo también, Mucha, acordó ella. El plegó el sillón y le dijo: a las nueve y media en tu restaurante preferido. Hecho, recibió por respuesta. Rozaron sus manos en cámara lenta a modo de despedida y él se fue a preparar para la cita y ella a vender algún sombrero más.

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