Recuperar la pasión por enseñar y aprender
Reflexiones, por Claudia L. Perlo. Los datos difundidos por este medio días atrás, en relación a los problemas de aprendizaje de los alumnos en las escuelas secundarias de nuestra provincia, no constituyen una primicia, como tampoco lo es el malestar de los docentes en las instituciones educativas.

Martes 08 de Diciembre de 2009

Los datos difundidos por este medio días atrás, en relación a los problemas de aprendizaje de los alumnos en las escuelas secundarias de nuestra provincia, no constituyen una primicia, como tampoco lo es el malestar de los docentes en las instituciones educativas.

Podríamos decir que dicha información es parte de un viejo problema, y bien sabemos que cuando un problema se sostiene en el tiempo, contrariamente a lo que podríamos pensar "que no cambia", en realidad empeora. Deseo con las ideas que aquí presento, proponer un giro en la dirección que vamos, ya que entiendo no es la que maestros, padres, alumnos, investigadores, directivos y funcionarios deseamos.

Desde una visión compleja de los sistemas ya no podemos pensar que la transformación de la realidad tiene un punto de partida, desde donde comenzar dichos cambios: la política educativa, los funcionarios, supervisores, directivos, docentes o bien padres y alumnos. La literatura sobre sociología de la educación ha sido abundante en investigar la punta del ovillo de las reformas educativas. Orientadas por la metáfora de la pirámide organizativa, las propuestas han buscado los cambios transformadores de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba.

Hoy guiados por el paradigma de la complejidad, la metáfora de la red nos proporciona una potente imagen para dejar de pensar en partes aisladas y apostar al centro de la trama que se tensa creativamente entre el "yo cambio" y "nosotros cambiamos".

Desde esta visión compleja, complexus (lo que está tejido junto), todos y cada uno somos agentes fundamentales de dicho cambio.

Ante la situación educativa compleja que quedó planteada al principio, bien podemos resistir al malestar, sufrir, enfermar juntos o bien podemos de manera saludable "darnos cuenta" y "hacernos cargo" de nuestra responsabilidad en la cuestión.

¿Y entonces por dónde empezar?

En primer lugar por uno mismo. En mi caso, en este momento escribiendo este texto. Escribir para mí no es un "hábito adquirido", es una pasión que me conecta con lo que siento, me permite el encuentro con el lector que no necesita para leerme de "especiales habilidades comprensivas", tan sólo se requiere que "sintamos juntos" esto, que a "nosotros" nos importa, nos duele, nos afecta, nos motiva tanto como para transformarlo.

Propongo una nueva agenda educativa centrada en la vida como valor primordial. Esto implica poner en relación lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos. Conlleva a tomar conciencia de los graves problemas afectivos que atraviesa hoy la práctica educativa, aunque sabemos que no sólo ella.

"Los maestros, los alumnos, los directivos, los padres, todos —dice Maturana— en definitiva queremos lo mismo, queremos ser tenidos en cuenta, reconocidos, apreciados, tolerados, respetados, amados", queremos desplegar nuestro ser. La descalificación, el no reconocimiento de nuestro trabajo, la falta de escucha, la negación de las diferencias, provoca desgano, vacío, sinsentido, falta de motivación, desinterés, enojo y violencia entre todos los que formamos parte de esta tarea.

Centrar la agenda de la escuela en la vida, requiere priorizar el re-aprendizaje de las emociones, recuperando el deseo, sentido y la pasión por enseñar y aprender. Las emociones preceden y atraviesan los procesos cognitivos. Cuando aquéllas están dañadas, el fracaso gana la partida. Urge aprender lo que nos gusta, lo que no nos gusta, nuestras preferencias, el poder de elegir y el desafío de saber qué elegir: ¿qué los apasiona a los maestros? ¿Qué desean los alumnos? ¿Qué prefieren los padres? Cuando no expresamos aquello que sentimos, no escuchamos al otro, ni somos escuchados: enfermamos.

Conectar con la vida significa recuperar nuestra vitalidad, sentirnos vivos cuidándonos de la sobrecarga de trabajo, la urgencia del tiempo y la euforia descontrolada de nuestro modo de vivir actual, que nos conduce al agotamiento y el estrés. Ser vital es respetar nuestros tiempos de trabajo y descanso, el tiempo para aprender y para errar, el tiempo de cada uno, de cada grupo, autorregulando las energías que disponemos para vivir.

Todos y cada uno puede creer y crear una escuela diferente a la que tenemos, en la medida que como seres autopoiéticos (Maturana) somos capaces de autogenerarnos e influir en el entorno en el que participamos como sistemas. La creatividad ya no puede ser concebida de manera restringida a las artes, entendida tradicionalmente como expresiones musicales o pictóricas de algunos genios, sino aplicada al arte de vivir. Esto implicará abandonar la idea de las organizaciones como máquinas y entender que somos todos sin excepción seres creativos y creadores de la realidad en la que ineludiblemente participamos, aquí otro punto nodal para esta agenda.

Y por último, entender la educación no sólo como una práctica de inclusión social, ligada a la adquisición de conocimientos científicos y habilidades técnicas. La educación en sí es un acto trascendente, de despliegue del ser en toda su potencialidad, de revelación de todas sus cualidades diferentes y especiales, que le posibilitan encontrar su lugar único en el universo al que está conectado. En este caso el acento de "tener una buena educación" ligada al éxito económico-social y consumista, para canjear en el mercado, se debilita en pos del equilibrio con una concepción de la educación ligada a la expansión de la conciencia y la libertad (Freire).

Sabemos que la urgencia de esta nueva agenda no es privativa del sistema escolar; ahora bien, como docentes, la escuela, aunque junto con otros actores sociales, es nuestra responsabilidad. Espacio social designado tradicionalmente para difundir el conocimiento y adaptarse a una cultura, actualmente desafiado para revisar críticamente dicha cultura, transformarse y transformar.

Un recurso indispensable para llevar a cabo este desafío será contar con espacio y tiempo en la escuela para expresar y compartir lo que se siente, lo que se piensa y lo que se hace.

Esta nueva agenda encuentra su sustento teórico-metodológico en diversas fuentes: "La educación biocéntrica", "Pedagogía 3000", "Pedagogía Waldorf", "Unipaz", entre otros desarrollos que convergen en el cuidado de la vida y el despliegue del ser como valor primordial.

Convencida de que al comunicar esto que siento y creo estoy creando otra realidad ligada a la recuperación del sentido y la pasión por enseñar y aprender, es que comparto con esperanza este texto.

(*) Area de aprendizaje y desarrollo organizacional del Irice-Conicet (UNR)