Opinión

¿Qué le pasó hoy al gobernador?

Pese a los escollos que le pusieron en su camino, el gobernador Miguel Lifschiz no abandonó su proyecto de reforma constitucional, todo lo contrario, fiel a su estilo, redobló la apuesta.

Martes 01 de Mayo de 2018

El gobernador de la provincia, Miguel Lifchitz, inauguró hoy un nuevo período ordinario de sesiones en la Legislatura con el tradicional discurso de rendición de cuentas que, casi nunca es tal cosa, pero que hoy había despertado una expectativa extra: después de meses de someter a la ciudadanía, a la dirigencia de todos los ámbitos y a los legisladores a una constante presión por la reforma constitucional, se aguardaba saber qué diría en ocasión.
Ya se sabía que no se bajaría taxativamente de la aspiración a la reelección. La Capital lo había revelado. Del mismo modo se conocían las adversidades múltiples que la iniciativa deberá enfrentar en las Cámaras. También publicadas por este diario.
Frente a ello lo esperable era que el gobernador actuara como ha sido su estilo. Redoblando la apuesta. Claro que no se sabía qué podía sacar de la manga pero eso precisamente era lo que alimentaba la expectativa en el discurso.
No hay antecedentes de un gobernador –ni hablar si fuera de un partido mayoritario como el PJ o la UCR- después de haberse puesto dos campañas electorales (las Paso y las legislativas del año pasado) al hombro, haber diseñado personalmente las estrategias y armado a dedo las listas de postulantes y, como resultado de todo eso, haber llevado a su partido a ignominiosa derrota de salir terceros haya sobrevivido.
En el peronismo o el radicalismo, después de los desastres electorales del año pasado el gobernador habría sido el "mariscal de la derrota" y condenado automáticamente a un vacío político y a una desautorización cuasi pública, similar a la degradación que los militares hacen con sus elementos que defraudan las expectativas de la fuerza.
Pero Lifschitz, fiel a sí mismo, redobló la apuesta. Azorados quedaron muchos socialistas cuando les planteó que iría a full con la reforma constitucional. Y lo hizo. Meses sometiendo a la población santafesina –inquieta por una inseguridad superlativa, aumentos de tarifas, las clases empezaron tarde, la paritaria pública se discutió más de lo prevista y no sin riesgo, la relación con la Nación alcanzó su tensión máxima- a la cantinela de la reforma. Fue una apuesta audaz.
Claro que eso le permitió al gobernador pelear, discutir, protagonizar, actos, toda clase de reuniones, convocar a los más diversos sectores. En síntesis, no fue el mariscal de la derrota en ningún momento. Logró ganarse la subsistencia protagónica hasta hoy.
En su partido le dejaron en claro que la reforma y menos la reelección ("una torpeza", calificó a la pretensión el presidente del PS) cuánto les costaba acompañar su capricho. Lifschitz hizo caso omiso incuso cuando le dijeron con todas las letras que querían la reforma para el 2020. No obstante a partir de esas disidencias el gobernador se fue esmerilando.
Ayer mientras leía su discurso, los periodistas observaban si los principales referentes del PS aplaudían y con qué efusividad.
La sorpresa no estuvo ayer dado porque el gobernador redoblara la apuesta sino todo lo contrario. En su resignación. Dejó el tema para último. Lo desarrolló por encima y con mayor pobreza argumental que lo hasta acá ensayado. Casi se diría, o como dijeran muchos asistentes a la reunión, asumió que no tiene los votos en la Legislatura ni le dan los tiempos. ¿Será así?

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