Opinión

Que alguien pare las picadas

Domingo 07 de Enero de 2018

La "pista" empieza en la rotonda de la avenida Carlos Colombres y la calle Gurruchaga. Apenas pasan por debajo del puente peatonal que atraviesa la avenida, las motos aceleran. Hasta el club Bancario son 800 metros y en el trayecto hay dos semáforos. Para los que conducen no son una traba sino un "obstáculo" perfecto. Así se ven obligados a acelerar y frenar, acelerar y frenar, histéricos, abstraídos, obsesionados.

Sucede lo mismo más adelante, entre la rotonda que está debajo del puente Rosario-Victoria y la de bulevar Rondeau. Allí los obstáculos que desafían a los motociclistas no son los semáforos sino los retardadores de velocidad que no hace mucho colocaron, vaya paradoja, para evitar las picadas.

Quienes viven en la costanera rosarina están acostumbrados a estos eventos. Los sufren muchas veces a la noche, pero sobre todo los fines de semana. A la luz del día, en plena tarde, cuando todo el mundo ve lo que pasa. Todo el mundo, menos los organismos que podrían y deberían ponerles un freno a las picadas de motos, a los que hacen "willi", a los que se divierten poniendo en riesgo su propia vida y sobre todo, y especialmente, la vida de otros.

Los sábados y domingos hay picadas en ambos tramos. Y hay "público", gente que vibra con los intrépidos motociclistas que aceleran, recorren doscientos o trescientos metros en una rueda y hacen otras piruetas. Gente que los aplaude. Hinchas.

En esos tramos se ven pocos móviles de Control Urbano, de la Dirección de Tránsito o de la Guardia Urbana Municipal. Solo en la rambla Catalunya, supercontrolada por la policía desde el comienzo del verano de 2016-2017, se ven patrulleros, policías y agentes municipales. Pero allí nadie corre carreras de motos ni hace malabarismos. Allí los motociclistas se cuidan bien de cumplir las normas y pasar despacio, aunque ―eso sí― la inmensa mayoría no lleve casco.


Tierra de nadie

Aunque debería ser un tema de solución relativamente fácil, hace años que estos tramos son tierra de nadie. Hace falta decisión política para evitar estas picadas, pero parece que eso no abunda en el edificio desde donde se gobierna la ciudad, tan céntrico y tan poblado de funcionarios ocupados en cuestiones de marketing.

Hace un par de años un motociclista que hacía "willi" en el tramo de Gurruchaga hasta el club Bancario atropelló y mató a un muchacho. Se llamaba Kevin Carradore y tenía 18 años. Como tantas veces, como casi siempre, hubo una reacción espasmódica y en los días siguientes aparecieron los controles. Cada tanto vuelven y hasta se confeccionan partes de prensa con los resultados de los operativos, pero el problema de fondo nunca se soluciona. Las picadas, sobre todo las de motos, siguen ahí, fastidiando a los vecinos y poniendo en riesgo a automovilistas, transeúntes, ciclistas, perros y cualquier ser vivo que circule por el paseo ribereño.

No se necesita mucho para evitar que esto pase. No hay que hacer inteligencia criminal ni perseguir a una organización de narcotraficantes o de guerrilleros. Basta con poner al Estado en la calle, controlar, evitar que se violen las normas y sancionar a quien lo haga. Y que eso se mantenga en el tiempo y no que sea una reacción puntual ante una tragedia o un reclamo un poco más airado de la gente, sobre todo cuando va a los medios de comunicación masivos. Eso, sólo eso, parece dolerles a los funcionarios.

En las calles de Rosario muchos hacen más o menos lo que quieren. Para cambiar este estado de cosas hay que hacer campañas: educar y crear conciencia. Pero también hay que evitarlo. Que alguien pase un semáforo en rojo en alguna esquina de la ciudad o que estacione en algún lugar indebido depende más de la conducta individual que de los controles, pero que muchas noches y casi todas las tardes de los fines de semanas se corran picadas en el mismo lugar y nadie haga nada para evitarlo ya implica una responsabilidad compartida de las autoridades. Que se hagan cargo.

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