Opinión

Que al final del camino de la vida quede lo más valioso

Una mirada desde la filosofía. El ser, siempre abierto e inacabado, sólo se completará con la muerte. La importancia crucial de un comportamiento coherente.

Lunes 22 de Octubre de 2018

Se que soy yo quien esto escribe. Saber básico de mi estado consciente. Y quien esto publica, actuando para los demás en este aspecto y reflejándome en ellos como quiero mostrarme. Pero más allá de ese saber básico y más acá de lo que estoy representando… ¿sé quién soy auténticamente o creo conocerme, siendo tantas las veces en que me sorprendo de mis propias reacciones frente a situaciones inesperadas? ¿Soy entonces el que se conoce y en tal sentido se conduce… o más bien quien, eventualmente, se atiene a responder al estímulo o a desempeñar un rol? ¿Escribo y publico a partir de mi saber de mí o por ignorarme en tanto que pienso las cosas?

¿Será que no hay un "sí mismo"? sin embargo, psicólogos como C. Rogers consideran al "sí mismo" un factor primordial en la determinación de la conducta, por lo que no puede faltar.

¿Será que no hay un yo por conocer siquiera, como entidad por sí misma y separada de mi cuerpo, sino sólo comportamientos: los de un viviente que ha alcanzado la capacidad de diferenciarse del ambiente de sus actos, para volver sobre éstos… y que la conciencia no sea más que un aspecto de ese comportamiento?

Si la vida a nivel animal, además de necesaria relación con el medio es ya "centro" de vida por sí mismo… que diferencia de sí, al ámbito al que a su vez debe adaptarse… y es recién a nivel humano que se habla de un "yo". Donde el proceso de diferenciaciones no se detiene sino lo contrario. Todo se diferencia y relaciona sin alcanzar una separación completa (de ahí la unidad individual, si bien compleja, que soy): diferenciación de la realidad exterior, de la que mi organismo no puede prescindir y de cuyo intercambio sobrevive; diferenciación de mi cuerpo, del que surge la conciencia de sí; diferenciación aun, inmediatamente, de mi cerebro mismo, de cuya actividad mi mente resulta. En medio, sólo relaciones y mediaciones

Y es por el funcionamiento de un sistema nervioso altamente especializado y centralizado (por el cerebro en particular) que el proceso es posible y que se desarrolla un psiquismo que nos hace considerar, desde la perspectiva de nuestro yo, que cada uno es una mente, la cual es "sujeto" de tal psiquismo y conductor de su propio cuerpo.

Es esa perspectiva la que nos permite no sólo percibir la realidad (percepción que es ya su estructuración) sino contemplar un mundo; es decir, una totalidad de lo real; y observarnos a nosotros mismos, en lo que hacemos y pensamos.

Sólo perspectiva imaginada desde afuera (pero para vernos). Nunca entidad sustantiva que sea fija y permanente sino tan sólo referente de nuestra identidad.

Lo que no se niega es que, habiendo vida, al menos desde el nivel animal, no se trata sólo de reacciones y secreciones químicas sino de procesos que parten de una unidad orgánica o centro de vida. Que además se expresa. Lo hago yo ahora mismo a nivel consciente, escribiendo y publicando.

De modo que la mente, función superior del cuerpo en definitiva, debe ocuparse de éste, puesto que de su conservación depende. Y hacerse a través de él. A través de su comportamiento. Precisado además de un sentido de la realidad (conscientemente estructurada ésta) que el instinto animal no requiere. Es que el hombre integral (mente-cuerpo) está sin embargo vacío. "Íntegro" es que no le falten partes, pero ello no implica que esté ya completo. El "sí mismo" debe hacerse entonces "por sí mismo". Por referencia a una imagen de sí en Futuro perfecto ("en mi futuro, habré sido…") que oriente a un comportamiento que dé significado a su vida. En una realidad entendida como totalidad y no sólo como medio ambiente (que a la especie animal le es suficiente en cambio, reunidas que sean las condiciones para su adaptación).

Lo correlativo al hombre integral no es pues, solamente, un medio ambiente apropiado, sino un mundo significativo; correlato de una conciencia inteligente.

Y en cuanto a su ser, es algo siempre abierto e inacabado durante el proceso de su vida. Siempre en devenir. Que recién se completará, paradójicamente, cuando el proceso se agote con su muerte. Es que el ser, surgido de la nada, termina coincidiendo con ella. Que es también cuando el ciclo vital, tras volverse a sí en la autoconciencia humana, se cumple.

Pero habrá dejado entonces, si la existencia inteligente no hubiera sido en vano, la expresión de las vivencias como registro en la materia o retención en la memoria ajena; que alguno a su turno podrá retomar; sólo que lo hará según la perspectiva suya. Y entramos aquí al plano de la historia.

Pero volviendo a nuestro enfoque, ¿qué podemos conocer, nosotros de nosotros mismos, más que nuestra propia identidad? Única pero siempre en construcción en su hacerse; puesta, sí, en cuestión, en cada situación que enfrentemos con sus exigencias particulares; poniendo a prueba cada vez, la opinión que tengamos de nosotros.

Cabe que nos preguntemos: ¿nos queda hoy una identidad personal? ¿Somos conscientes de ella? ¿La conocemos? ¿Nos interesa conocerla?

Es en esta puesta en cuestión (y sobre todo en cómo enfrentemos la adversidad) donde podremos conocernos: por posesión de uno mismo en la conducción de un comportamiento coherente y de acuerdo consigo.

Y que al final del camino, cuando los brillos empalidezcan y las acumulaciones cesen, quede lo más valioso y que se lo mantenga, no gracias a la vida sino pese a sus desengaños: la bondad… por ello, que no deje nunca de conmovernos la ternura triste de un hombre bueno, que ha vivido demasiado.


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