Domingo 23 de Septiembre de 2018

De a poco, Santa Fe irá adquiriendo formato electoral.

Sobre fin de año, el gobernador Miguel Lifschitz firmará el decreto de convocatoria a elecciones que, semanas más, semanas menos, será casi idéntico al cronograma de 2015. Recuérdese: el 19 de abril fueron las primarias y el 14 de junio las generales provinciales.

Ese adelantamiento electoral genera que los dos gobernadores —al menos es lo que sucedió con Antonio Bonfatti y Miguel Lifschitz— convivan seis meses. Se parece bastante a un despropósito. Habrá que ver si el actual titular de la Casa Gris mantiene el escenario pasado o modifica mínimamente las fechas. Mucho no puede hacer porque los plazos están fijados por la Constitución.

Como pocas veces antes, la provincia de Santa Fe tendrá un año casi íntegro dedicado a elecciones, bajo el sino de la recesión económica. Además de las ya mencionadas fechas para las categorías provinciales, en agosto, octubre y —si hay ballottage— noviembre serán los turnos nacionales.

Terminado el novelón de la pretendida reforma constitucional, empieza a correr el reloj de la campaña. Y si no que lo cuente Lifschitz, quien el sábado pareció empezar a querer cobrarse la factura por el desdén de los legisladores peronistas alojados en el Senado. El gobernador tiene la sangre en el ojo con quienes le palmeaban la espalda acicateándolo por la reforma constitucional pero que, por abajo, le bloquearon cualquier posibilidad.

La estocada del gobernador

Aunque fue la Cámara de Diputados la que le bloqueó la modificación de la Carta Magna, el Senado no movió un dedo para acercarlo a la reelección. "Necesitamos más Frente Progresista en el Senado para terminar con los chantajes y la extorsión, para poder avanzar más rápido con los cambios y para tener reforma constitucional", se envalentonó el rosarino, en un mensaje a tres bandas.

La acusación pegó duro en los peronistas, llenó de sonrisas a los radicales y marcó la cancha en la interna socialista, por si alguno sigue pensando en un frente con el peronismo. Los senadores le piden al gobernador una rectificación o ratificación de los dichos. "Si no lo hace, será que nos ha declarado la guerra", dijo ayer uno de los integrantes de la Cámara alta a LaCapital, citando una vieja canción de Serrat.

Se escribió en esta columna hace bastante tiempo que fracasada la reforma constitucional —que casi todos sabían que iba a fracasar— las expectativas estarían cifradas en los movimientos de Lifschitz. No sólo respecto a su futuro electoral, que seguramente será como primer candidato a diputado provincial, sino en la relación con Antonio Bonfatti, el candidato natural a la sucesión por el partido de gobierno.

Por lo pronto, en su catarsis pre-primavera, el ex intendente habilitó la posibilidad de una competencia interna, algo que volvió a endulzar los oídos de los radicales. En algún momento, por la cabeza de Lifschitz pasó la idea de promover a Maximiliano Pullaro, su ministro de Seguridad. El sábado pasado, el dirigente radical nacido y criado en Hughes creyó leer que el gobernador volvía a espolearlo.

Mientras tanto, Bonfattti está aplicando los manuales del elector. No se apresura a oficializar su candidatura, y espera que sea el Partido Socialista el que se lo proponga. "No se confunda, lo que está esperando Antonio es un aval público de Lifschitz. Que el gobernador lo abrace como su candidato. Se llevan mal, pero no comen vidrio", razonó una espada socialista.

En el socialismo rige el síndrome de los padres separados. Los que hablan con Bonfatti, cuchichean contra Lifschitz; los que hablan con Lifschitz, cuchichean contra Bonfatti. Ya no hay liderazgo unívoco. Ahora es como en Dos Romeos, la canción de Andrés Calamaro, que habla de los hermanos siameses Barry y Tom. En algún momento, los caminos confluirán en un solo carril. Si es que quieren retener el poder.

Lifschitz hará todos los gestos posibles para intentar convencer a los propios, a los peronistas y a los macristas de que no es un pato rengo, que tiene hilo en el carretel para generar hechos políticos. En ese decurso, va y viene a Buenos Aires, se reúne con periodistas porteños y vocea una posible entente con la progresía nacional.

La captación de intendentes y presidentes comunales radicales es la mayor pretensión objetiva de Lifschitz. Desde la gestión de Hermes Binner hasta hoy, el Senado ha sido un dolor de cabeza para los socialistas. Recuérdese que Binner pretendía eliminar al Senado en la reforma constitucional para ir hacia la unicameralidad. De eso, nunca más se habló.

Mientras tanto, el clima político se va recalentando puertas adentro del Concejo Municipal rosarino, con la saga de insultos cruzados y papelones varios. Roy López Molina sabe que es y será el principal objetivo del antimacrismo. Deberá reforzar su liderazgo interno en Cambiamos. El viernes, en Santa Fe, José Corral y Mario Barletta se mostraron juntos, después de un cúmulo de especulaciones.

Entre los problemas que acarrea la inseguridad en Rosario y la estanflación nacional, el PJ podría restregarse las manos. Antes, deberá pasar por el filtro de una primaria muy competitiva.

Respecto a la relación entre los dos gobiernos, este diario pudo saber que Lifschitz considera que es imposible firmar el consenso fiscal si no se modifican algunos puntos, o si no se acepta una firma con reservas. "De lo contrario, no firmamos y esperamos el debate en el Congreso", dijo una fuente de Gobernación. Las disidencias están planteadas en el intento macrista de cobrarles Ganancias a cooperativas y mutuales. Además, la Casa Gris rechaza que no se aplique una alícuota del 1 por ciento a bienes personales de argentinos radicados en el exterior, tal como se había acordado con los gobernadores.

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