Opinión

Populismo de la gratuidadvs populismo del consumo

Miradas. La discusión global se centra en su contenido y sus formas institucionales.

Sábado 24 de Febrero de 2018

Julio María Sanguinetti, haciendo gala de su pluma clara y contundente, se sumó a un conjunto de voces críticas en torno a la figura del Papa Francisco. El eje de los cuestionamientos —sustentados en la interpretación de una variedad de gestos del Pontífice— se resumen en un tics conceptual muy de moda: "Francisco es populista". El sustento de la acusación responde a un añejo debate entre institucionalistas (republicanos) vs populistas. Don Julio siempre integró el primer grupo y criticó el andar primitivo de los populistas por su manipulación de las masas así como por su poco apego a las instituciones. Se acusa de "barrial" a Francisco por una supuesta interpretación decadente del fenómeno popular, motivo que interpretaría la fallida visita a Buenos Aires. En otras palabras, Francisco no viene porque hoy gobiernan los "institucionalistas" y él está del bando de los "populistas".

Los supuestos de las aseveraciones de don Julio son tan viejos como la realidad que las generó hace más de 50 años. Una crítica que atrasa medio siglo. Pero para no quedarnos en una valoración negativa del uruguayo, que bien podría ser un indicador de la decadencia de la ciencia política tradicional, vale la pena poner en escena algunas nuevas aristas de la discusión del presente.

El mundo no parece atravesar por un debate en torno al institucionalismo en sentido clásico. Exceden estos comentarios hacer un recuento en los cuatro continentes de salidas criticas (por no decir violatorias) de las instituciones. Muchas de las propuestas asustarían a Montesquieu y toda su familia. Para muestra valga un botón: el Consejo de Seguridad de la ONU, los garantes de la paz y la seguridad global: un servicio de inteligencia devenido en guerrero como Putin, un comunista conductor de tanques anti-electorales en su versión de mercado free como Xi Jinping, un empresario acusado de débil mental como Trump, un señor elegante elegido como mal menor como Macron y una señora que ya no sabe a qué legislación apelar para sostener la rebelión en la granja como Theresa May. El populismo sí constituye un tema de vital actualidad. Así lo demuestra el Premio Anagrama obtenido recientemente por el notable ensayo del español José Luis Pardo, "Estudios del Malestar. Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas". ¿Merece el populismo tratarse como una especie de flash back de la historia latinoamericana? Como decía Borges, es mejor despertarse que seguir soñando con viejos enemigos que ya no existen.

Un grupo de intelectuales cercanos a Jorge Bergoglio suelen comentar "en off" que en la intimidad repite: "No debemos resignarnos a pensar fuera de la categoría pueblo. Nosotros somos pueblistas, no populistas". Lejos de interpretar el pensamiento de Francisco nos animamos a categorizar el debate, donde parecen confrontarse dos concepciones: el populismo de la gratuidad vs el populismo del consumo.

El populismo muestra en diversas partes del globo una cara triunfante. La discusión global es por su contenido primero y por formas institucionales aún en estado de constitución. Hasta el mismo Kissinger lo reclama en su último libro "El Orden Mundial". Sería plausible para la discusión que el populismo latinoamericano y sus críticos actuales no nos condenen a debatir cosméticamente con el pasado.

El populismo del consumo es aquel que emerge de la alianza (¿táctica?) entre el omnipresente ecosistema de información y la comunicación y la sostenida hegemonía de la economía de símbolos o financiera. Lo que en otras palabras suele conocerse como la "economía digital". Su punto neurálgico se sustenta en una agresiva promoción del consumo con rentas marginales mínimas a cambio de una red vigilancia y control. El mismo gurú de la economía digital Jaron Lanier advierte sobre el uso de la gratuidad como la gran estrategia de la economía para organizar la sociedad. Notables académicos, otrora colaboradores de Silicon Valey, advierten la amenaza futura sobre la democracia y la libertad. Lanier dice que nadie imaginó que "la libertad" que tanto costó conseguir, fuese hoy una ganga comprobable por algunos centavos de dólar. El populismo del consumo es la sustitución de la sociedad por audiencias manejables y auditables. No hay pueblos, hay algoritmos. Vale recordar los gritos de George Soros en Davos manifestando que "las redes sociales y las grandes compañías de internet influyen en cómo las personas piensan y se comportan, sin que los usuarios siquiera se den cuenta. Esto tiene consecuencias adversas en el funcionamiento de la democracia". El populismo del consumo piensa millones de "yo" satisfechos; es la dominación convertida en felicidad.

El populismo de la gratuidad está relacionado con el afán de crear nuevas "envolturas" que sitúen en el presente el despreciado valor de lo colectivo. Franco Berardi habla de "mutación social que acecha a la humanidad"; esto es, la exacerbada vitalidad de lo individual que no encuentra nuevas orientaciones colectivas que las contengan. No resulta sencillo el problema cuando lo colectivo no solo es un sitio de encuentro circunstancial sino un lugar para reconocerse en los otros. Es el humanismo del rostro,del cara a cara diría Levinas. ¿Son los movimientos sociales el fundamento de un nuevo proceso de civilización pluralista, con niveles planetario, post-racista, post-colonial y quizás post-moderno? ¿Existe posibilidad de seguir transitando desde lo económico y lo político con un colectivo deprimido o intencionalmente destruido? ¿Es necesario volver a crear nuevos "contenedores de identidad" que permitan re-conocerse?

Juan Pablo II abrió el protagonismo individual intentando sacar partido de la Revolución Conservadora. Ello le valió las críticas de centralista y europeizante. Quizás Francisco decidió protagonizar su rol estelar "reinstalando" "los colectivos" o el "pueblismo" en la geopolítica global. Como buen jesuita, ante emprendimientos importantes es posible sacrificar ciertas verdades y convocar sin exigir ticketes de ingreso.

Al fin y al cabo: ¡Es la política, estúpido

Por José Romero y Pedro Romero

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