Opinión

Política y poder

Historia. El arte de gobernar el Estado requiere decisión. Existas numerosas miradas y concepciones diferentes respecto a las democracias modernas.

Miércoles 08 de Mayo de 2019

La política, el arte de gobernar el Estado, requiere, en la práctica, detentar el poder; aplicándose el término, por extensión, al proselitismo, consistente en el empeño por ganar prosélitos para un partido o doctrina.

Los cambios en la realidad social han influido en las variantes históricas en el poder; existiendo una constante que se manifiesta cuando carece de control, pues se torna arbitrario. El propósito de nuestros próceres, su ansia de libertad, se concretó al sancionarse la Constitución nacional, al adoptar sus normas la división de poderes, doctrina de autoría de Carlos de Secondat, Barón de Montesquieu, autor del "Espíritu de las Leyes".

Habiéndose concebido los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial independientes, con funciones de recíproco contralor. Juan Perón, de formación militar, con experiencia en el trato político, afirmó: "Los hombres son buenos, pero si se los controla son mejores".

Siglos antes de la era cristiana, Grecia edificó el Partenón, y fue la cuna de la antigua democracia ateniense. La democracia moderna, el mejor de los sistemas de gobierno conocidos conforme expresión que se atribuye a Winston Churchill, tiene numerosos opositores.

El más feroz es considerado el anarquismo, impulsado en sus orígenes por Proudhon, tendencia que postula la abolición del Estado en su concepción actual.

Luis Recasens Siches enseña que el ideario liberal ha sido la doctrina de las clases cultas y acomodadas, cuya teoría cree en conceder la máxima libertad extendiéndola a la economía, propiciando plena libertad de comercio y contratación. No exhibe oposición a la división de poderes postulada por la democracia. El brote posterior de tal doctrina, el neoliberalismo, difiere. No se oferta democrático y fomenta la desigualdad. Concentra la riqueza. Carente de solidaridad social incrementa la pobreza y la marginación. Desatiende la educación y la salud pública. Finalmente exhibe antipatía por la legislación laboral tuitiva del trabajador.

Por último, el populismo, al coartar la libertad pese a sus declamadas buenas intenciones, luce antidemocrático. Dante Alighieri calificó a la libertad como el bien más preciado, dado por Dios, en su infinita bondad, al ser humano. Para Jean Paul Sartre la libertad se halla tan enraizada en la esencia íntima del ser humano que no puede ser coartada por ninguna coerción externa.

Pretensos políticos no perciben el nivel de desprestigio y falta de credibilidad que exhiben. José Ingenieros los calificó: "Simuladores por excelencia son los políticos de profesión". Existen honrosas excepciones, entre las cuales sobresale el ilustre rosarino Lisandro De la Torre, de firmes convicciones. Anciano y desalentado puso fin a su existencia, suicidándose. El poeta Antonio Porchia formuló en "Voces", libro de aforismos, un trágico vaticinio: "La verdad tiene pocos amigos y los que tiene son suicidas".

El jurista italiano Piero Calamandrei, aseveró: "La pelea entre los abogados y la verdad es antigua". Platón, en sus "Diálogos", refiere que en opinión de Sócrates la argumentación de quien aboga frente al tribunal, y el discurso político, no tienen por finalidad la expresión de la verdad, aspirando tan sólo a la persuasión. Relata también que Sócrates increpó duramente al Senado de Atenas cuando lo sentenció: "Vosotros me condenáis a muerte porque no os digo lo que queréis escuchar". Asesores de imagen de actuales políticos inculcan la regla socrática: "A la gente hay que decirle lo que la gente quiere escuchar". Jean D'Alembert, matemático y filósofo francés, precursor del "Siglo de las Luces", el XVIII, afirmó irónicamente: "La guerra es el arte de destruir hombres, la política el de engañarlos".

Pese a la vehemencia de las afirmaciones de Ingenieros y D'Alembert, sus conclusiones no son totalmente ciertas. De mentes geniales, fueron apasionados; y la pasión puede, en ocasiones, obnubilar el raciocinio.

Resulta conveniente distinguir al simulador, quien por carecer de vocación no posee aptitudes para cultivar el arte de la política, de los auténticos políticos ajenos a la crítica, acreedores de respeto. Con virtudes republicanas. Intolerantes con la corrupción. Dotados de la capacidad de privilegiar el bien común sobre el propio. La historia nacional atesora magníficos ejemplos. Napoleón Bonaparte, lúcido estratega militar, cuestionó a la historia considerándola una fábula admitida. Compartimos parcialmente su pensamiento, aplicándolo exclusivamente a las verdades oficiales, pretensamente históricas, no siempre verídicas.

La autora María Pía Lara, profesora de la Universidad Autónoma de México, en su libro "Narrar el Mal", desarrolla valiosas concepciones, inspiradas en Emmanuel Kant y Hannah Arendt, sobre el mal y la crueldad humana en sus formulaciones históricas, a la luz de lo que consideramos moral; y la habilidad de la historia para convertirse en un vehículo de reflexión sobre estos aspectos. Atribuyó importancia al veraz y auténtico historiador: "Pues no pudiendo éste evadir la verdad sin afectar sus íntimas convicciones distinguirá lo correcto de lo incorrecto". La lógica anticipa que diferenciará al misérrimo simulador, cuya aparición pública resulta insuficiente para afectar la honorabilidad de personas de bien, de los auténticos políticos cuya actuación los exhiba frente a la sociedad como seres humanos inclinados a la práctica de la virtud y a la expresión de la verdad.

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