Opinión

Política espectáculo

La amplificación exagerada de la información sobre los administradores de la cosa pública estalló hace años en la Argentina. Fue llamada "tinellización" de la política, en referencia al desgaste que sufrió De la Rúa en el programa del conductor-productor televisivo: Marcelo Tinelli. Lo cierto es que existe hace mucho, forma parte del hombre.

Sábado 05 de Julio de 2008

La amplificación exagerada de la información sobre los administradores de la cosa pública estalló hace años en la Argentina. Fue llamada "tinellización" de la política, en referencia al desgaste que sufrió De la Rúa en el programa del conductor-productor televisivo: Marcelo Tinelli. Lo cierto es que existe hace mucho, forma parte del hombre.

Unos atrevidos jóvenes franceses, en aquella revista sugestiva, Planeta, donde Louis Powells vaticinaba el regreso de los brujos, algo dijeron sobre historia y espectáculo y, de eso, un mínimo recuerdo queda. Según aquellos jóvenes franceses, tan atrevidos, para los pueblos la historia sigue la línea del show, del espectáculo. Se recuerda la crucifixión, no la enseñanza de Cristo. Los ejemplos abundan, las manos de Napoleón Bonaparte cruzadas en el pecho, la mismísima guillotina antes que las culpas de los condenados, las pirámides egipcias como demostración de poder de una dinastía, la hoguera de Juana de Arco, no sus servicios en guerras estaduales.

Si buscásemos ejemplos en nuestro territorio, el americano, Caupolicán y Tupac Amaru hablan más como empalados y descuartizados que como rebeldes ante una dominación. De nivel mundial, pero contemporáneo, tiene un sitio en la política espectáculo la flacura extrema del Mahatma, olvidando que la suya era una lucha de liberación.

El desvío del sujeto original de estos actores de la historia (rebelión, liberación, mensaje) lo provoca el acto. El hombre, como integrante societario o como individuo, evoca, memora, respeta y convalida el acto espectacular, el show. Perdido queda, en muchos casos, el mensaje. Los grandes hombres de la historia, dicen aquellos atrevidos franceses, los grandes hombres, como los grandes gestos, reúnen al actor y al acto. Sólo faltan los aplausos. La convalidación en la historia es la que bate palmas. Allí se quedan, eternos en la memoria de sus pueblos.

En Argentina, por la misma razón, los gestos del show han sido, en muchos casos, superiores al mensaje. A menudo más cerca de lo payasesco que de lo memorable. El primer balcón de Perón ("donde estuvo"… "donde estuvo") fue un verdadero diálogo, una distorsionada fuente, un ágora aluvional. Se fijó. Quedó.

Reunió actor y acto. Sus repeticiones simplemente eso: repeticiones. El uso del escenario, no del libreto, de un patetismo cercano a la desgracia y a la compasión. Un crítico teatral diría que los unipersonales no pueden remplazarse. Con Perón tendría razón. El uso del balcón demostró que los actores tienen una impronta que no viene de libros, de sables o de chequeras. Nunca más fue ágora.

Cualquiera que diga "un médico allá" está imitando. ¿Se entiende?

Si nos dedicamos a esta mirada de la política, donde el show y sus reglas definen existencia, persistencia, pertenencia y consolidación veremos que los hombres del show político como Fidel o Chávez entienden eso: el show. Toda vez que vinieron al país nos lo demostraron. Persisten. Componen un personaje, lo perfeccionan, lo muestran. Por convencidos nos convencen de su creación. Los aceptamos.

En la política como espectáculo lo trágico, ilógico, casi sádico (para insistir con las esdrújulas) es pretender que el pueblo, la sociedad a la que se le pide adhesión por tal o cual actor/actora sea la que acepte a libro cerrado, con ojos pétreos y oídos obturados el espectáculo que se le ofrece. No es sencillo, fácil, acaso no sea posible. No se hacen espectáculos para estatuas o sacas de patatas. No son concebibles, salvo error y omisión.

Error y omisión en quien concibe tamaña tontería. Para la política espectáculo hoy, en Argentina, hay dos escenarios y un coro. (¿griego?)

En uno, rodeado de hombres de distinto pasado, con voz plañidera un hombre pide que dejen a su mujer gobernar. Se le quiebra la voz y habla de amor. Promete amor. El amor es como la libertad, cualquier marxista, cualquier lector de Carlos Marx lo sabe: se ejerce. A propósito: "El hombre que dice doy…no da" (V. De Moraes).

En el otro escenario una mujer encaja su mandíbula, define sus ojos, agita pulseras y colgantes y sostiene, con el índice en alto, que el estado de bienestar aparecerá cuando la dejen gobernar. A propósito: "La humanidad avanza según el sitio del último hombre, no del primero". (A. Einstein).

El coro, según su costumbre…corea. El relator (si esto es teatro griego el relator está) sostiene que el futuro es promisorio, que sólo se deben sortear al menos cuatro o cinco intentos golpistas; falta, entre ellos, el golpe de Estado de cuidacoches y cartoneros, comprados por la republiqueta sojera. Son argumentos del show. Argumentos.

Alguien, algún lenguaraz, habrá dicho y aconsejado que de este modo se adentra un dirigente en la política espectáculo y que esta es, sin dudas, la que asegura permanencia y posteridad. Por eso tanta televisión, tanto discurso, tanto acto, tanto tren bala. Tanta duplicidad de mensaje. Para los historiadores es temprano, hay datos de la realidad, pero es temprano.

Por ahora para la posteridad los historiadores sin sueldo del Estado sólo registran cacerolas, piquetes, rutas cortadas y ningún mojón histórico, ni uno solo. Hoy la verdadera política espectáculo se reduce a las cucarachas de C.K.C. y el baile del caño.

Por estos días la última versión de la realidad puede encontrársela en los almuerzos… no en los de Mirtha, en los de Yorlano. Eso somos.

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