Opinión

Playa gasolera

Domingo 17 de Febrero de 2019

El guitarrista de la banda de rock baila y se mezcla con la gente que rodea el parador. Suenan bien, pero el mozo con varias temporadas encima suspira. No está convencido que la movida atraiga clientes a las desoladas mesas. El único turista sorbe el café recién tirado y después moja el extremo de una medialuna mientras escucha un lamento repetido: a pesar de ser numerosa la concurrencia a las playas de La Lucila, donde las atracciones son las dos piezas, pibitos y embarazadas, la mayoría es gasolera. Dice que enero fue igual. Tenían puestas las esperanzas en febrero, pero nada. Nadie se puede sacar de la cabeza despidos, tarifazos y pronósticos más negros que los nubarrones en el horizonte. El confesor asiente: más de dos mil pesos ida y vuelta de Rosario a la Costa. Dando un vistazo panorámico agrega: "Y sí, tenés razón. Acá en La Lucila reinan el sol, las sombrillas y el mate." En eso el rockero pone una cajita sobre la arena y con sonrisa compradora recuerda que el espectáculo es a la gorra. Después de un par de temas propios, una agraciada abuela es cooptada por un guiño del músico y deja la reposera para depositar su aporte. Muchos la aplauden pero sujetan su menguada billetera. Los redobles del baterista entusiasman y las chicas no paran con las selfies. Una citadina recién llegada, de tez tan lívida que cuesta creer que esté viva, contrasta con una dama tostada como una rebanada de pan, que cruza a paso lento con estudiado descuido por delante del show arenero robando cartel. Las miradas masculinas buscan inútilmente descubrir lo evidente. El pareo que la envuelve es transparente. El cantante, un pelado asumido y rapado se esfuerza por recuperar el centro de la escena. Difícil pulseada a causa de la resaca. Ajeno, un tipo seguidor de la onda medias blancas y sandalias se divierte con las leyendas en inglés de algunas remeras. De pronto lo estremece un grito. Es una madre retando a su hijo: "Mauri, dejá de hacer chanchadas , por favorrrrr." Pasada la impresión respira hondo y ruega que el nene no sea ingeniero ni cerdo en el horóscopo chino. Es el último solitario sin celular entre tanto bullicio y dobla el diario que estaba leyendo. Todavía está conmovido por un artículo que recuerda al presidente Kirchner cuando dijo ante la asamblea legislativa: "Venimos del infierno". La nota se titula "Retorno al infierno". Piensa en el trajín comicial y recuerda que el budismo enseña que tenemos dos lados compitiendo en nuestro interior: el generoso y el egoísta. Y que se impondrá el que más nos incentivaron, aunque el diablo nunca duerme. Se levanta, se sacude la arena y decide que en ese momento el lugar no es apto para su necesidad de silencio y soledad. Uno lo imagina con pocos amigos, pero al que siempre reconoce como tal está ahí nomás, a pocos pasos: el mar.

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