Martes 11 de Julio de 2023
No ignoro que muchos sectores de la sociedad argentina, y en especial la santafesina, están enojados, frustrados, con bronca. Y buenas razones existen: los malos gobiernos, la incomprensible incapacidad de la dirigencia para resolver los problemas más vitales y acuciantes, el incumplimiento de los mandatos electorales, el doble discurso, los indicios o los hechos de corrupción, contribuyen a ello. Sin embargo, alguien debe gobernar y la forma de cambiar las cosas y los gobernantes en democracia empieza (no concluye, claro) con el voto. En ese momento único e irrepetible, cuando votamos en el cuarto oscuro o en el box, ejercemos nuestra libertad más absoluta, en donde todos “valemos” igual (un hombre/mujer, un voto). Es el instante en que nadie puede controlarnos ni presionarnos: ni los gobernantes de turno, ni los “mercados”, ni las bayonetas, ni los patrones, ni los medios.
Sobre el legítimo descontento popular, aquí -como en muchos lugares del mundo- se ha colado una vez más el discurso antipolítico. No sólo se propone no ir a votar o que se anule el voto, sino peor, que se opte por la alternativa más absurda, la más impracticable, la más antidemocrática, la más extrema, que es la que convertirá a ese ciudadano disconforme en la primera víctima de esas propuestas tan delirantes como peligrosas.
Muchos están tentados a repetir, para no ir a votar, algunos falsos argumentos de los que se valen los mentores de la antipolítica. Algunos dicen: “Para qué ir a votar si todos los políticos son lo mismo”. Falso: felizmente, no todos son iguales, como en cualquier actividad o profesión. Hay honestos, dignos, coherentes, trabajadores legisladores y gobernantes. Y desde luego, muchos que no lo son. El domingo en Santa Fe en las Paso y en todas las categorías hay muchas alternativas (algunos dirán excesiva oferta electoral) con diferentes propuestas, candidatos de larga trayectoria y muchos otros que recién llegan a la política. Candidatos que pertenecen a partidos tradicionales y otros nuevos.
Votar también permite “castigar” a algunos, premiar a otros y promover a nuevas figuras y generaciones.
Se escucha cuestionar, con pesimismo: “¡Para qué ir a votar si nada cambia?”. Falso: diría que es al revés. La abstención y la renuncia a elegir provoca el efecto contrario al buscado: perpetúa el statu quo y es funcional a los que quieren que nada se modifique. No ir a votar y anular el voto beneficia en principio a los sectores que se pretenden impugnar.
Para cambiar, la “receta” democrática es ejercer el derecho al sufragio, pero también ampliar los espacios de participación en la mayor medida posible. No basta con ir a votar cada cuatro años. Hay una sub representación de los sectores más desaventajados de la sociedad: por eso hay que incentivar la participación del demos en el debate público, desburocratizando la democracia y permitiendo que la agenda pública instale los temas, las preocupaciones e intereses de los más postergados. Así se ganará la confianza perdida.
Mientras tanto, este domingo vayamos a votar. No para “votar más de lo mismo”, sino para hacer que la bronca sirva, que el hastío produzca modificaciones y no colabore a eternizar el estado de cosas.
Renunciar al sufragio en un país donde tantas veces se accedió al poder por la fuerza, supone renunciar a la memoria y lo que significó para los argentinos la lucha por la reconquista de la soberanía popular.
Hay que empezar a resolver los graves problemas que afligen a los santafesinos y el sufragio es el instrumento que determinará quiénes las resuelven, cómo se resuelven y en beneficio de quiénes. Entendido así, el voto y la democracia, significan mucho más que elecciones cada tantos años...