Jueves 29 de Octubre de 2020

La criminalidad organizada es un modo de hacer. A medida que se asientan en Rosario se ve cómo las bandas evolucionan, adoptan trucos y muestran nuevos patrones de comportamiento. Con los máximos líderes presos por estos días asoman novedosas modalidades de organización tras las rejas que discuten aquella máxima de que el que caía preso perdía ya que hoy puede convertirse en un pujante empresario enjaulado.

Con varios emprendimientos delictivos, el jefe ordena acciones a pichones fans de Pablo Escobar que hacen lo que pueden. Hasta el mejor plan puede fracasar, aunque sea tarde, por las "confesiones" que los pibes boquean sin querer con sus celulares.

En ese vértigo digital la meritocracia muestra su foto más perversa más allá de los bulevares: buscando su lugar en el mundo, tiratiros apuntan contra casas e inocentes. Desempleados con destino de exclusión proliferan metiendo miedo al mejor postor, a la sazón un preso que pugna con otros por el traje de patrón. En el medio van y vienen balas, aun invisibles. Destructivas por el daño que causan a quienes atraviesan y por el miedo que provocan a quienes las esquivan.

Esa foto también muestra una modalidad de dominio que las bandas adoptan en tiempos de apps y cut&paste. Como esas típicas rachas multiplicadoras de braserías, cíbers, fútbol 5 y cervecerías artesanales, un día las escenas criminales en Rosario se llenaron de papelitos. Desde el primer cartoncito "con la mafia no se jode" la palabra se instaló como sinónimo de mensaje terrorista. A veces bizarros pero siempre perversos, porque hasta el más ridículo suele venir con balas de verdad.

Hace unos años un jefe preso plantó pruebas para desviar las investigaciones de sus tropelías hacia un rival. El cartoncito mafioso mostró, por un tiempo, su utilidad como engaño. Apps de perversión, ahora los cartelitos metieron su cola en el crimen de Eduardo Trasante. No aparecieron en la escena sino en una serie de fotos que incriminan a un sospechoso. Ambiguos, sugieren sin demostrar que la víctima violó a alguien. Tal vez nunca se sepa si existieron sólo para esa foto que nunca debía ser descubierta. Y si la puerta de la investigación que abre no lleva a ningún lado, el manto de dudas tal vez persista igual.

Cualquiera con una birome pone el papelito "con la mafia no se jode" o "por violador" y genera dudas, miedo, angustia y bronca. No importa quién lo hace, qué quiere decir, porque expresa algo más grande que se mete en la ciudad como el humo y el covid: la perversión.

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