Opinión

Pandemia, solidaridad y, ¿nuevos liderazgos sociales?

Las circunstancias demandan un despertar ciudadano para enfrentar el drama del coronavirus

Viernes 28 de Agosto de 2020

El 26 de agosto celebramos el Día de la Solidaridad, recordando la fecha de nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta, quien hoy cumpliría 110 años. La conmemoración nos puede ayudar a realizar algunas reflexiones sobre pandemia, solidaridad y la posibilidad de que podamos dar a luz nuevos liderazgos sociales.

Sinceramente, no soy de los que creen que las situaciones excepcionales “abuenan” a las personas. En general, las crisis suelen potenciar lo mejor y lo peor. Los solidarios son más solidarios. Los individualistas y egoístas suelen fortalecer esos rasgos.

Pero también es cierto que las situaciones excepcionales suelen sensibilizar a personas que hasta el momento caminaban por la “ancha avenida del medio”, sin demasiadas definiciones entre la solidaridad y el individualismo.

Creo que en esa franja, la pandemia ha despertado nuevas vocaciones solidarias.

Hay argentinos y argentinas que están haciendo su primera experiencia de vinculación con actividades solidarias.

Ciudadanos que comenzaron a producir barbijos y camisolines destinados a personal de salud, fuerzas de seguridad o fuerzas armadas.

Argentinos que empezaron a colaborar con situaciones sociales de extrema necesidad, donando alimentos, dinero o tiempo a la atención de los más vulnerables.

Gestos de “buenos vecinos”, brindando asistencia a adultos mayores o personas en riesgo para la compra de medicamentos, alimentos u otro tipo de necesidad de su vida cotidiana.

Artistas que compartieron sus dotes en balcones de edificios o en improvisados teatros virtuales.

Empresarios que se pusieron a producir alcohol en gel o mascarillas de protección.

Ante la necesidad, muchos argentinos y argentinas empezaron a ver en la solidaridad un camino de contribuir a la sociedad, en una instancia tan difícil. Sin lugar a dudas, en la “ancha avenida del medio”, el Covid generó solidaridad y preocupación por los demás.

Ahora bien, ¿cómo ayudar a que esa solidaridad surgida como respuesta a la crisis se sostenga en el tiempo transformándose en prácticas sociales más estables y sistemáticas?

Sin lugar a dudas, allí tiene que estar el Estado.

Estimulando la solidaridad de corto plazo a través de mensajes que promuevan la preocupación y acción por los demás, especialmente los más necesitados.

Generando nuevos estímulos para transformar las acciones esporádicas en nuevos hábitos sociales, a través de políticas que canalicen las inquietudes solidarias en el mediano y largo plazos.

Transformando a las y los argentinos que generaron proyectos sociales o económicos en favor de otros compatriotas en una nueva oleada de líderes y dirigentes sociales, empresariales y políticos.

Más allá del fenómeno de las ollas populares, la hiperinflación de finales de los años ochenta no logró institucionalizar la solidaridad nacida en esa coyuntura.

Más allá de los movimientos sociales que se activaron fuertemente en la salida de la convertibilidad y la crisis de 2001 (movimientos piqueteros, asambleas barriales, trueque), nuestro país no logró metabolizar ese nuevo despertar ciudadano.

¿Esta vez lograremos sostener en el tiempo las nuevas vocaciones solidarias para poder alumbrar una nueva camada de ciudadanos deseosos de construir un país más igualitario, con más justicia social?

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