OPINIÓN

Otra vez olor a muerte en la Argentina

Las bolsas de plástico colgadas en las rejas de la Casa Rosada que simulaban cadáveres fueron un signo de violencia intolerable.

Sábado 06 de Marzo de 2021

La imagen de las bolsas mortuorias colgadas de las rejas frente a la Casa Rosada recorrió el mundo entero. El simbolismo macabro de esas imágenes tiene un significado muy especial en la Argentina, donde el historial de violencia política no debe olvidarse.

Hace casi medio siglo, en los comienzos de los años 70, se fue gestando en el país un escenario sangriento como no se veía desde el siglo XIX en las luchas internas tras la independencia o el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955 destinado a desalojar a Perón del gobierno.

El enfrentamiento interno del peronismo derivó en violencia de izquierda y derecha: la Triple A, formada desde el propio Estado, y las organizaciones guerrilleras armadas, algunas no peronistas, plagaron las calles de cadáveres.

En esos años se había naturalizado la muerte. Un gobierno constitucional manejado por criminales creó grupos irregulares para asesinar a intelectuales, sindicalistas, políticos y todo opositor al delirio de ultraderecha. La ultraizquierda captó miles de jóvenes para formar bandas armadas que se dedicaron a ejercer también violencia criminal. Ambos se enfrentaron por un modelo de país imposible de conciliar.

Sin embargo, no se trató de una guerra: el Estado, legalmente constituido, tenía todas las herramientas para contrarrestar los alzamientos armados con la ley, pero no lo hizo y en su lugar creó bandas parapoliciales para perseguir y matar opositores y sus simpatizantes. Y la izquierda armada respondía a cada golpe con más violencia. No había fin.

En marzo de 1976, apenas 45 años atrás, los militares argentinos tuvieron la excusa perfecta para tomar el poder e imponer “orden”, implementar un programa económico liberal en beneficio de un sector de la población e instrumentar un sistema represivo inédito: centros clandestinos de detención, desaparición forzada de personas, ejecuciones sumarias, robo de bebés, vuelos de la muerte sobre el río de la Plata, saqueos de bienes de las víctimas, apropiación de empresas privadas y corrupción generalizada. El gobierno militar, ya no sólo formaciones paraestatales sino sus Fuerzas Armadas y de seguridad en forma conjunta, enfrentaron a la guerrilla y la oposición fuera de la ley y se convirtieron en terroristas y criminales. El terrorismo de Estado alcanzó así su máxima expresión.

La dictadura argentina utilizó prácticas similares a la de la represión del nacionalsocialismo alemán (hay muchos estudios comparados), como la desaparición de miles de personas. Los nazis empleaban la técnica de “Nacht und Nebel” (noche y niebla), en base a una orden secreta impartida por el alto mando militar en 1941 para emplear en los territorios ocupados con la resistencia. El texto de esa directiva indicaba que era aconsejable secuestrar y eliminar a opositores sin dejar rastros ni información para crear temor, a la vez que desaconsejaba la entrega de los cuerpos a los familiares porque podía generar focos de rebeldía en la población. Casi un calco de lo ocurrido en el país durante la dictadura.

Poco antes del inicio del actual ciclo democrático en 1983, otro acto simbólico de violencia y muerte fue protagonizado por el dirigente peronista Herminio Iglesias cuando en el acto de cierre de campaña de su partido quemó un ataúd con las siglas de la Unión Cívica Radical. El peronismo perdió las elecciones probablemente ayudado por ese gesto que prometía más sangre en un país donde miles de personas buscaban a sus hijos y a sus nietos desaparecidos.

El olor a muerte siempre ha sido un mal presagio en la Argentina. La forma de dirimir diferencias políticas no debería ejercerse a través de la violencia o símbolos que la sugieran.

Los “Jóvenes Republicanos”, agrupación interna del PRO que organizó el sábado pasado el macabro espectáculo de las bolsas, a las que les pusieron nombre y apellido, deben conocer muy poco de la historia sangrienta del país, ocurrida sólo algunas décadas atrás. Su líder, Ulises Chaparro, dijo que no haría ningún replanteo pese a los cuestionamientos que recibió, incluso de políticos más moderados de su propio partido. Al gobierno de Fernández se lo puede cuestionar desde distintos ángulos, pero colgarle bolsas que simulan cadáveres es instigar la violencia facciosa y sobrepasar el umbral de lo tolerable.

En los últimos tiempos el tono de la disputa entre oficialistas y opositores ha llegado a límites insospechados. Incluso, en pleno año electoral, muchos acostumbrados a relatar siempre la política desde los cargos públicos han salido a mostrarse en toda su magnitud para polarizar aún más el abismo que separa a los argentinos y así potenciar sus expectativas electorales.

La crítica no es sólo hacia la clase política y su ambición de poder. Los medios de comunicación, claves en el desarrollo de una sociedad democrática y pluralista, transitan por su peor momento en décadas y forman parte de la decadencia generalizada del país que con gobiernos peronistas, radicales, liberales o militares no ha logrado frenar el deterioro social y económico del último siglo.

Muchos personajes de la prensa argentina, algunos pseudoperiodistas o panelistas, se suman a operaciones políticas, tergiversan la información y los hechos y opinan sin fundamento ni formación. Utilizan las redes sociales como cloacas informativas, sin responsabilidad alguna, y contribuyen a la confusión general que deriva en desasosiego no exento de violencia.

La Justicia y los sectores del establishment que no quieren resignar privilegios bajo ningún gobierno, de cualquier signo político, contribuyen a un panorama general que puede derivar en situaciones inmanejables.

A pocos días de cumplirse 45 años del golpe militar más criminal de la historia nacional todavía se apela en la Argentina a íconos de la muerte para protestar por acciones del gobierno.

Oficialistas y opositores parecen dividirse internamente en sectores duros y moderados. La brecha ya no es sólo de la sociedad sino que se encuentra también en el interior de las fuerzas políticas mayoritarias. Esa falta de construcción colectiva común en los partidos tal vez haya ocasionado el tétrico escenario de las bolsas colgadas de las rejas, que aunque eran de plástico emanaban olor a muerte.

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