Nuestra democracia
Terminé mi ciclo como diputado provincial. Lo hice antes, en el 2003, como diputado nacional. Dos
periodos, ocho años. Cuatro en la Nación y cuatro en la provincia. Me queda un sabor amargo. Porque
mi intención no era estar “ocasionalmente” como diputado, emplear asesores y que pase
el tiempo sin que cambien "a fondo" muchas cosas.
Sábado 19 de Enero de 2008
Terminé mi ciclo como diputado provincial. Lo hice antes, en el 2003, como diputado nacional. Dos
periodos, ocho años. Cuatro en la Nación y cuatro en la provincia. Me queda un sabor amargo. Porque
mi intención no era estar “ocasionalmente” como diputado, emplear asesores y que pase
el tiempo sin que cambien "a fondo" muchas cosas. Primero, la política me costó más de lo que
obtuve (monetariamente hablando). Segundo, sí, yo quería cambiar el país y no pude hacerlo. Por eso
esta sensación de frustración que siento. Para cambiar el país, tenés que ser presidente de la
Nación.
Todo el poder en tus manos y entonces podés concretar tus ideas. Siendo diputado estás muy limitado. Te miden si sos bueno o malo por lo que trajiste a tu ciudad, o a las instituciones o las ayudas que realizaste. Y un legislador debe legislar. No en cantidad, sino en calidad. Mejorando las leyes, no superponiéndolas, haciendo todo más confuso. Es necesario revisar las leyes existentes (el digesto) dejando bien en claro las que están vigentes, las que son útiles, para que la Justicia pueda actuar limpiamente.
El Poder Legislativo, nacional y provincial, tiene que ser independiente, como lo dice la Constitución. ¿Lo es en realidad? No. Si algo pude conocer en este tiempo es que las leyes que se aprueban en la Nación y en las provincias, son las que pretende el Ejecutivo nacional o provincial, según corresponda. Es una utopía para un legislador independiente conseguir que le traten en comisiones y luego le aprueben en el recinto una ley por él concebida.
Si el Ejecutivo está en esa línea y advierte que le es útil, pícaramente deja de lado la tuya y envía una propia para promulgarla.
Hace algunos meses salió un artículo en el diario La Capital cuyo título decía: "El mejor legislador: el Estado", y coincidí con su contenido, que afirmaba que el mayor número de leyes sancionadas eran las que enviaba el gobierno. Es verdad, la independencia no existe. Los legisladores oficialistas y otros que se necesitan para obtener mayoría, cuando son llamados por el presidente (o gobernador en las provincias) o por algún miembro influyente de su gabinete, son convencidos rápidamente (el poder seduce absolutamente) y levantan la mano para aprobar lo que quiere el Ejecutivo.
Hay discusiones interesantes, justificaciones largas y confusas, discursos elocuentes, horas debatiendo, pero hoy en las cámaras ya se sabe de antemano, antes de la sesión, qué destino tienen las leyes, si son aprobadas o no.
Una característica saliente: los legisladores en su gran mayoría estudian de qué manera se puede recaudar más para el Estado.
Mi intención era otra: usar la energía, la imaginación, para que el Estado nacional, provincial, ordene sus cuentas, no malgaste el dinero que es de todos, sólo por propósitos políticos, personales o de grupos de poder y no exija, entonces, cada vez más a una actividad privada, que cuando está exhausta o no “ve“ el negocio, no hace inversiones, no promueve emprendimientos. En definitiva: si es verdad que la verdadera riqueza y los empleos genuinos los provee la actividad privada (y lo contrario nunca podrá ser demostrado) deberíamos cuidar que tenga campos de acción y no acosarla para que se achique.
Esto es lo que pasó en Argentina en los últimos sesenta años, esto es lo que yo estoy plenamente seguro que ha ocurrido. Siempre existieron gobiernos excesivamente intervencionistas (militares y democráticos). Pero lamentablemente no es lo que la gente en su mayoría hoy cree. Tampoco la prensa y los dirigentes de peso, empresarios y políticos. Consecuencia, no lo sabe la opinión pública. Se cree, equivocadamente, que la responsabilidad es por aplicar políticas liberales. Sin embargo son estas ideas, simples, de sentido común, las que haría a nuestro país más fuerte, más rico, con más trabajo, más justo.
Terrible dilema: seguir peleando casi en soledad, sin estructuras, con mucha gente que piensa como yo pero que no se compromete. Niegan, como Pedro a Jesús, por temor del poder actual.
Y por mi parte, con una empresa que defender y llevar adelante, que temo por su suerte y por su gente. Con 50 años de vida.
Son dos pasiones, política y empresa, que sé, no dejaré nunca.
El dilema del que hablo, referido a la política es: ¿para qué luchar más? Tiempo perdido, mis ideas no están en la gente, Argentina no cambiará, no podré cambiarla.
Pero quizás, aunque sea para dejarme a mí mismo más satisfecho, quizás como mecanismo de defensa, o para mantener la esperanza, pienso lo siguiente: así como veo que en mi empresa, Apache, hemos desarrollado 84 implementos diversos en 50 años, con diseños propios pero que partían también de ideas desarrolladas antes, aquí o en otros países y se avanzaba sobre eso y se mejoraba. Los mecanismos que antes habían sido denostados, se reformulaban para mejorarlo y proponer; su tiempo había llegado. También en política a estas ideas que defendí y defiendo, después de muchos más fracasos, o medios fracasos, se las verá con un juicio distinto, con mejor onda y probablemente un día, en nuestro país, como fue en otros que gracias a estos principios están desarrollados y nos sacaron kilómetros de ventaja, se las utilice como lo que es: una herramienta para progresar más, ser más confiables, contar con ahorro propio, generar más riqueza, más empleos. Más justicia, certidumbre. Cumplir mejor con nosotros, con el mundo.
Es tiempo de dejar los lamentos de lado. De buscar en los demás a los culpables de nuestra decadencia. Todo depende de nosotros. Lo importante es darse cuenta, encontrar el rumbo, no repetir los mismos errores. Tampoco sirve ser ortodoxo, inflexible. Sí, tener la cabeza fría y sacarnos de encima lo que no funciona. Entonces quizás, estos años de diputado, por lo menos para mí, habrán tenido sentido.
Por nosotros; por Argentina.
(*) Diputado nacional 1999-2003 y diputado provincial 2003-2007
Todo el poder en tus manos y entonces podés concretar tus ideas. Siendo diputado estás muy limitado. Te miden si sos bueno o malo por lo que trajiste a tu ciudad, o a las instituciones o las ayudas que realizaste. Y un legislador debe legislar. No en cantidad, sino en calidad. Mejorando las leyes, no superponiéndolas, haciendo todo más confuso. Es necesario revisar las leyes existentes (el digesto) dejando bien en claro las que están vigentes, las que son útiles, para que la Justicia pueda actuar limpiamente.
El Poder Legislativo, nacional y provincial, tiene que ser independiente, como lo dice la Constitución. ¿Lo es en realidad? No. Si algo pude conocer en este tiempo es que las leyes que se aprueban en la Nación y en las provincias, son las que pretende el Ejecutivo nacional o provincial, según corresponda. Es una utopía para un legislador independiente conseguir que le traten en comisiones y luego le aprueben en el recinto una ley por él concebida.
Si el Ejecutivo está en esa línea y advierte que le es útil, pícaramente deja de lado la tuya y envía una propia para promulgarla.
Hace algunos meses salió un artículo en el diario La Capital cuyo título decía: "El mejor legislador: el Estado", y coincidí con su contenido, que afirmaba que el mayor número de leyes sancionadas eran las que enviaba el gobierno. Es verdad, la independencia no existe. Los legisladores oficialistas y otros que se necesitan para obtener mayoría, cuando son llamados por el presidente (o gobernador en las provincias) o por algún miembro influyente de su gabinete, son convencidos rápidamente (el poder seduce absolutamente) y levantan la mano para aprobar lo que quiere el Ejecutivo.
Hay discusiones interesantes, justificaciones largas y confusas, discursos elocuentes, horas debatiendo, pero hoy en las cámaras ya se sabe de antemano, antes de la sesión, qué destino tienen las leyes, si son aprobadas o no.
Una característica saliente: los legisladores en su gran mayoría estudian de qué manera se puede recaudar más para el Estado.
Mi intención era otra: usar la energía, la imaginación, para que el Estado nacional, provincial, ordene sus cuentas, no malgaste el dinero que es de todos, sólo por propósitos políticos, personales o de grupos de poder y no exija, entonces, cada vez más a una actividad privada, que cuando está exhausta o no “ve“ el negocio, no hace inversiones, no promueve emprendimientos. En definitiva: si es verdad que la verdadera riqueza y los empleos genuinos los provee la actividad privada (y lo contrario nunca podrá ser demostrado) deberíamos cuidar que tenga campos de acción y no acosarla para que se achique.
Esto es lo que pasó en Argentina en los últimos sesenta años, esto es lo que yo estoy plenamente seguro que ha ocurrido. Siempre existieron gobiernos excesivamente intervencionistas (militares y democráticos). Pero lamentablemente no es lo que la gente en su mayoría hoy cree. Tampoco la prensa y los dirigentes de peso, empresarios y políticos. Consecuencia, no lo sabe la opinión pública. Se cree, equivocadamente, que la responsabilidad es por aplicar políticas liberales. Sin embargo son estas ideas, simples, de sentido común, las que haría a nuestro país más fuerte, más rico, con más trabajo, más justo.
Terrible dilema: seguir peleando casi en soledad, sin estructuras, con mucha gente que piensa como yo pero que no se compromete. Niegan, como Pedro a Jesús, por temor del poder actual.
Y por mi parte, con una empresa que defender y llevar adelante, que temo por su suerte y por su gente. Con 50 años de vida.
Son dos pasiones, política y empresa, que sé, no dejaré nunca.
El dilema del que hablo, referido a la política es: ¿para qué luchar más? Tiempo perdido, mis ideas no están en la gente, Argentina no cambiará, no podré cambiarla.
Pero quizás, aunque sea para dejarme a mí mismo más satisfecho, quizás como mecanismo de defensa, o para mantener la esperanza, pienso lo siguiente: así como veo que en mi empresa, Apache, hemos desarrollado 84 implementos diversos en 50 años, con diseños propios pero que partían también de ideas desarrolladas antes, aquí o en otros países y se avanzaba sobre eso y se mejoraba. Los mecanismos que antes habían sido denostados, se reformulaban para mejorarlo y proponer; su tiempo había llegado. También en política a estas ideas que defendí y defiendo, después de muchos más fracasos, o medios fracasos, se las verá con un juicio distinto, con mejor onda y probablemente un día, en nuestro país, como fue en otros que gracias a estos principios están desarrollados y nos sacaron kilómetros de ventaja, se las utilice como lo que es: una herramienta para progresar más, ser más confiables, contar con ahorro propio, generar más riqueza, más empleos. Más justicia, certidumbre. Cumplir mejor con nosotros, con el mundo.
Es tiempo de dejar los lamentos de lado. De buscar en los demás a los culpables de nuestra decadencia. Todo depende de nosotros. Lo importante es darse cuenta, encontrar el rumbo, no repetir los mismos errores. Tampoco sirve ser ortodoxo, inflexible. Sí, tener la cabeza fría y sacarnos de encima lo que no funciona. Entonces quizás, estos años de diputado, por lo menos para mí, habrán tenido sentido.
Por nosotros; por Argentina.
(*) Diputado nacional 1999-2003 y diputado provincial 2003-2007