Opinión

"Normalidad" institucional

Polarización. El desafío de bajar decibeles antes de las cruciales elecciones legislativas.

Lunes 18 de Septiembre de 2017

Fue una señal de normalidad institucional. Pareciera poca cosa pero en rigor es una enormidad histórica y, si se quiere, en una coyuntura electoral tampoco es poco. Claro que entre el fragor de la competencia por las legislativas de octubre, los cruces de opiniones y los reposicionamientos que electrizan de nerviosismo el ambiente, parecía que no había espacio para contemplar otra cosa que las encuestas y la captura de votos.

No obstante que, en medio de todo eso, el presidente de la Nación, el gobernador de la provincia y los intendentes de Rafaela y Santa Fe hayan protagonizado días pasados un acto público fue un auspicioso indicio. Todos pertenecientes a una fuerza partidaria distinta. Mauricio Macri, del PRO; Miguel Lifschitz, del PS; Luis Castellano, PJ; y José Corral de la UCR, y pudieron saludarse correctamente, hacer sus discursos y, más aún, transmitir distensión entre todos, más allá de las disidencias profundas o de momento que los pudieren distanciar.

Eso, seguramente la Casa Gris tomó debida nota como parece haberlo hecho la Rosada, es lo que a la larga marca la diferencia en la consideración de la sociedad respecto de sus gobernantes. Recuerden los actos en los que Cristina Kirchner le gruñía a Macri o las escasísimas veces que visitó la provincia durante el gobierno de Antonio Bonfatti a quien siempre puso al borde del destrato. De hecho, no lo recibió en los cuatro años que duraron sus mandatos. Que el otro día, hablando con Luis Novaresio, en la única expresión parecida a una autocrítica, la ex presidenta se haya reprochado el tono de sus arengas por cadena nacional habla a las claras de esto que decimos. La forma equivocada. ¿Qué quiere un ciudadano? Normalidad. ¿Y qué entiende como tal? Sentirse tranquilo y medianamente seguro, para ello depende de poder descansar en quienes tienen la encomienda y las herramientas de hacer que el Estado funcione con, al menos, mediana eficacia.

Todos los gobiernos en este país se enfrentan con un problema que configura un rasgo atávico de la sociedad argentina: su ajenidad respecto del Estado. No importa que concepción se tenga de éste —contractualista o liberal— ni qué filosofía política anime a cada uno —de un extremo al otro- la mayoría no se siente parte del Estado más que como un beneficiario a quien le asiste el derecho de quejarse a voz alzada cuando no se considera satisfecho con los servicios que se supone se le deben brindar.

Hace falta aún mucha docencia para que cada uno de nosotros comprenda y asuma que una cosa es el gobierno que puede estar integrado por gente que no me gusta, que no voté ni votaré y por ende me irrita llevándome a descreer de que sus intenciones sean todo lo benéfica que me prometen ser. El Estado, en cambio, soy yo. Y cada uno de todos nosotros, incluido el gobierno (y no sólo el Ejecutivo porque cada vez que hablamos de gobierno se entiende sólo al Ejecutivo pero hay tres poderes y cada uno tiene una función que cumplir).

Sucede que el gobierno es quien define las políticas públicas que habrán de hacer funcionar al Estado ya en su misión de proveedor hacia los ciudadanos: salud, educación, seguridad, posibilidad de acceso a la vivienda y condiciones para el desarrollo de opciones laborales para todos. Ahí es cuando la "normalidad" institucional adquiere su relevancia plena imponiéndose a la irracionalidad de los enfrentamientos irreductibles de las confrontaciones, como las de estos días por un voto más o menos.

Los ciudadanos de a pie generalmente resolvemos el voto —esto está muy medido desde hace mucho— en su inmensa mayoría muy cerca del compromiso electoral sino ya el mismo día en que tenemos que ir a votar. Por lo que hasta entonces lo que se espera del presidente, del gobernador, de los intendentes es que sean eso y no jefes de campaña. Fíjense sino en este dato: la dirigencia de su partido, la de otros partidos, los periodistas y analistas, señalan la ausencia del senador nacional (PJ) Omar Perotti, en el proceso electoral que está en marcha pero ello no es una recriminación que le formulen los hombres y mujeres de pueblo. Usted no escucha en el almacén a ninguna señora que mientras hace las compras o en el taller al señor que llevó el auto a arreglar quejarse de que Perotti no haga propaganda en estas legislativas.

Eso es así, además, porque ni las señoras del almacén ni los señores del taller están pensando en que dentro de apenas algo más de treinta días tienen que cumplir con el deber cívico de ir a votar. Lo que es obligatorio pero bien podría no serlo y que cada uno lo asuma como miembro integrante del Estado al que luego le reclamará una salud que cure; una educación que eduque; seguridad que permita salir a la vereda tranquilo… que debe tomar en serio la designación de aquellos a quienes les encomendará esas funciones.

Luego de leer el excelente libro de Hernán Lascano y Germán De los Santos, "Los Monos", que fuera presentado este sábado pasado en la Feria del Libro de Santa Fe, uno advierte cómo la banda narco que, dicen los autores, "convirtió a Rosario en un infierno", instaló de modo palmario la sensación de una anormalidad institucional que pondría en riesgo a toda la sociedad.

Vale aquí detenerse en algo que se dice mucho en estos días con intenciones disímiles. Que una elección legislativa no es igual que la de cargos ejecutivos. Claro que no lo es. Pero ese distingo pretende, deduzco, hacer creer que elegir diputados, senadores o concejales es menos importante que elegir al presidente, al gobernador o al intendente. Si esta es la intención es cuanto menos equivocada. Cierto es que en un país hiperpresidencialista —recuerde amigo lector que la reforma constitucional se fundamentó en 1994 en la necesidad de menguar ese presidencialismo exacerbado— con una concepción paternalista de la política, con un poder que funciona verticalizado en base a la lealtad al líder impuesto a lo largo de setenta años de una concepción hegemónica de la conducción del gobierno, el Congreso en tanto contrapeso y control a las decisiones ejecutivas fue desdibujado intencionalmente hasta límites peligrosos.

Pero son los parlamentos (donde se parlamenta, es decir se habla hasta lograr la síntesis de consenso que partiendo del disenso inicial permita definir las herramientas legales que regirán las medidas que adopte el Ejecutivo y regulen la vida ciudadana) donde la esencia de la democracia se plasma en el esfuerzo diario del acuerdo porque allí estarán no sólo los que ganaron las elecciones sino quienes las perdieron pero que también representan a un sector de la sociedad. En Santa Fe la gestión del ex gobernador Antonio Bonfatti como ahora la del presidente Macri en la Nación, demuestran que puede perfectamente funcionar un Ejecutivo que en su Parlamento enfrente mayoría de otro u otros partidos. Eso es "normalidad institucional".

Tiene toda la razón el gobernador Miguel Lifschitz cuando entre líneas sugiere que lejos de propiciar un apaciguamiento macristas y kirchneristas han profundizado la grieta como un negocio electoral del que sacan réditos recíprocos. Empezando por desplazar del escenario electoral a otras fuerzas. El socialismo lo sintió en carne propia en las Paso. El mandatario no es optimista en relación a que el 22 de octubre ese dispositivo se suavice: "Al gobierno le ha dado resultado en las primarias, y lo que da resultado uno no lo deja de hacer. Y creo que también le sirve al kirchnerismo; creo que Agustín Rossi en la provincia de Santa Fe sacó más votos de los que él creía y sin hacer campaña. Eso tiene que ver con la polarización, que termina beneficiando a los dos extremos. Pero creo que eso tampoco es bueno para la Argentina y creo que hay muchos argentinos que lo están pensando".

Casi al mismo momento de estas declaraciones se conocía que una reunión de máximos dirigentes y referentes de todo el país de Cambiemos decidía apostar a la polarización con el kirchnerismo como estrategia para octubre. Y al radicalismo santafesino una encuesta propia le auguraba que ganarían en la provincia en octubre pero que la exhortación a la unidad hecha por Rossi en el peronismo no le estaría funcionando nada mal.

Sucede que ni Lifschitz ni Corral, que no figurarán de candidatos en las boletas de octubre, tienen hasta casi a fines de 2019 que fungir de gobernador e intendente, respectivamente. Ambos hoy gozan de buena imagen de gestión, algo que no deben subestimar aunque tampoco sobrestimar. Pero esa buena performance viene de antes de las Paso y después de octubre seguirá conforme se cumplan las variables que han sustentado que poco tienen que ver con los resultados electorales de las legislativas. Tiene que ver con la "normalidad" institucional que sean capaces de garantizar.

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