Opinión

Niebla mental

La secuela que afecta a algunos enfermos de coronavirus aparece como la única explicación para los fallidos del presidente Alberto Fernández y su antecesor Mauricio Macri

Sábado 26 de Junio de 2021

Son títulos de novelas de la colección Robin Hood, la de tapas amarillas, historias de aventuras que transcurrían en países exóticos y protagonizan héroes de nombres extravagantes como Sandokan, Bomba o el Príncipe Valiente, esos que habían quedado olvidados en la repisa del cuarto de invitados que hacía tiempo que nadie ocupaba y amontonaba cachivaches en desuso, la tabla de planchar y, bajo la cama con el elástico vencido, ocultaba una caja de herramientas que para los chicos de la casa, que a la hora de la siesta les gustaba hurgar en los rincones más recónditos y prohibidos, era ni más ni menos que una Caja de Pandora.

Había cuentos de la selva, viajes a planetas perdidos y fábulas del más allá que las largas noches del invierno, cuando asomar la nariz a la calle era más arriesgado que emprender una expedición al Polo Norte, helaban la sangre. En esos tiempos el frío era atroz, calaba los huesos, como decía la abuela María sin que se supiera a qué se refería y así y todo nadie se atrevía a contradecirla. No se usaban el cuello de polar ni las camisetas térmicas, y a la mañana, en el patio de la escuela, mientras se izaba lentamente la bandera y sonaba en los parlantes la épica patriótica de “Aurora”, alta en el cielo el águila guerrera, el pedacito desnudo de las piernas, entre las medias tres cuatro y los pantalones cortos, se congelaba.

Había que tener coraje para animarse a leer “El fantasma de las niñas”, “El bosque encantado” o “Rebelión en el espacio”, solo, en la pieza del fondo, con la única compañía de la luz mortecina del velador y el silencio sepulcral de una ciudad que avanzaba pujante hacia el progreso, pero se resistía a abandonar los usos y costumbres de los pueblos de provincia. Cuando caían las sombras las calles quedaban desiertas, el almacén de la esquina bajaba la persiana y solo los grandes ventanales de los billares dejaban escapar una débil claridad. Con suerte se podía escuchar el ladrido nervioso de un perro o el silbido del tren que traqueteaba sobre las vías desvencijadas, a paso de hombre, rumbo al puerto.

La televisión se apagaba temprano, después de “Los intocables”, “Combate” o las historias de terror de Narciso Ibáñez Menta, “El pulpo negro”, “El hombre que volvió de la muerte”, “Un pacto con los brujos” que gracias al cielo las daban cuando había terminado el horario de protección del menor y los chicos ya se habían ido a la cama en fila india, marcando el paso, detrás de la familia Telerín y mucho antes de que el sueño les ganara la pulseada final. Por más que los títulos de sus libros causaran cosquilleos en la panza, Salgari, Verne, Salgari, los hermanos Grimm y tantos otros que el tiempo borró de la memoria terminaban siendo la única compañía posible para terminar el día. Había que hacer tripas corazón, vencer los miedos y leer hasta quedar dormidos, con el libro en el regazo o caído al costado de la cama.

“Pandemia”, “hongo negro”, “enemigo invisible”, cualquiera de los lugares comunes de la nueva normalidad serían ganchos infalibles para un título de la colección Robin Hood o una novela apocalíptica de Corman McCarthy o una película Clase B de George A. Romero, esas en las que un puñado de sobrevivientes van cayendo uno detrás de otro devorados por zombies que no se sabe bien de dónde vinieron, pero que no quedan dudas que se los van a cargar a todos y a todas. Pero no es ficción sino cruda realidad, los números son devastadores, el día a día aún más, barbijos, distanciamiento, la vida detrás de un vidrio empañado, incertidumbre, preguntas sin respuesta, abrazos partidos, y lo peor, cuando parece que se ve la luz al final del túnel, que es más oscuro y siniestro que el de Sábato, la variante Delta, que también da para el afiche de una película de terror, con la cara de una mujer que aúlla desencajada en primerísimo plano mientras el mundo se cae a pedazos a sus espaldas, y volver a empezar. Nada. Ni una canción, ni un antídoto liviano.

Y mientras pasan los días y las noches y las semanas y los meses y los años y el Brad PItt de “Guerra mundial Z”, con la cura de todos los males bajo el brazo, no llega ni a palos, asoma la secuela más temida de la enfermedad, que parece ser letal para las pobres neuronas agotadas por el encierro, la angustia, la inquietud por lo que vendrá, más que nada en las elecciones. Qué otra explicación pueden tener los fallidos de presidentes, que confunden citas literarias con ramplonas letras del rock nacional, aplauden la apología de “lo atamo con alambre” y mandan a la gente a “contagiarse”, y ex presidentes, que confiesan sin que se les caiga la cara de vergüenza, que en la peor crisis de su gobierno apagaban todo y se encerraban a ver Netflix, dicen que un virus mortal es “una gripe, un poco más grave” y así y todo sueñan con un segundo tiempo. La niebla mental, que en la tapa amarilla de un libro de la colección Robin Hood sería una promesa de emociones fuertes. En la vida real, también.

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