Opinión

Neoliberalismo y República

En perspectiva. Si bien no es fascista en sentido estricto, este proyecto político tiene componentes represivos y corporativos, aunque en la realidad se presenta como exactamente lo contrario.

Lunes 21 de Mayo de 2018

Desafío difícil ser neoliberales directos. Era mucho más cómodo cuando gobernaban desde los ministerios. Martínez de Hoz y Cavallo durante la dictadura militar y Cavallo en los gobiernos de Menem y De la Rúa. Las fachadas estaban a cargo de los gobiernos y la gubernamentalidad (el gobierno efectivo) estaba en sus manos entre bambalinas. Difícil porque el neoliberalismo en nuestro país tiende hacia formas reñidas con la República y a prácticas fachistizantes

En sentido vulgar, el término "fachismo" refiere a hechos represivos (legales e ilegales) sobre las expresiones de oposición o reclamo. Todo gobierno (civil o militar) que emplee esos métodos es "fascista". En sentido estricto es un sistema de organización del Estado y la sociedad cuyo paradigma lo da la historia italiana del 1923 a 1945 y cuyos rasgos principales son la representación civil por medio no de los partidos sino de corporaciones y un régimen de partido único que gobierna sin la tripartición de poderes (el Legislativo y el Judicial, si perviven, lo hacen como auxiliares del Ejecutivo).

El neoliberalismo existente termina cayendo en dosis graduales de los dos componentes: el represivo y el corporativo. Esto no significa que sea fascista a secas, sino que hace una combinación ad hoc de elementos de índole diversa. Pareciera tener un talento especial por la hibridez.

El relato idílico

Esta realidad es muy difícil de aceptar porque en el medio se interpone un monumental aparato publicitario que vende exactamente lo contrario. Se predica hasta el empalagamiento la libertad (de empresa, de mercado, de competencia, de iniciativa, de trabajo, de elección, de consumo, de prensa, etcétera) y se pone como monstruo impedidor de esa libertad al Estado y las corporaciones. Ambos serían los preservativos que impiden que los espermatozoides de la iniciativa privada fecunden los óvulos de las oportunidades de mercado, frustrando así los ímpetus genésicos de un ejército de emprendedores. Todos debemos competir para poder ser personas (a la sazón individuos) y que la sociedad prospere. Compitiendo cada cual es (tiene) cada día más y produce cada día más. De esa manera la producción llega a ser tanta que todo es más barato y de mejor calidad. Entonces todos podemos consumir más y eso es el paraíso en persona.

Este es el relato idílico, pero sus representantes vernáculos aplican su antiestatismo de una manera curiosa: usando en cantidad los dos elementos más intervencionistas y estatistas que prevé la Constitución, como son los Decretos de Necesidad y Urgencia y el veto presidencial. Tanto el neoliberalismo menemista como el actual han recurrido a cientos de ellos. En cuanto a su anticorporativismo, hacen de él un uso selectivo aplicándolo sólo a las agrupaciones sindicales, las sociales y de derechos humanos: no a los monopolios, la UIA, la Sociedad Rural, el Colegio de Abogados de Buenos Aires, la Asociación Empresaria Argentina, la Iglesia católica, las Bolsas de comercio, etcétera. Como vemos, muchas de las premisas básicas de su doctrina son en estas tierras ostias sin consagrar.

Una creencia muy difundida lo tiene como una mera teoría económica, pero en realidad es un proyecto político direccionado no a preservar el capitalismo de las amenazas comunistas (esa excusa cayó junto con el muro de Berlín), sino a reemplazar el viejo capitalismo de posguerra y el viejo republicanismo de la democracia liberal basada en valores iluministas. La primacía del bien común rusoniano y la fraternidad e igualdad de la Revolución Francesa son para ellos como la cicuta. Las instituciones de la democracia liberal son un obstáculo para el neoliberalismo.

Con la crisis de 1930 quedó evidente incluso para los más recalcitrantes liberales que el Estado debía intervenir para corregir los desequilibrios que el mercado generaba. Así es que surge un nuevo ordenamiento, primero en Estados Unidos (New Deal) y luego en el resto del mundo capitalista, llamado Estado de bienestar, que tendía a resolver esos males a través de un fuerte mercado interno y el pleno empleo. Las leyes antimonopólicas, el control de precios y tarifas, los servicios públicos estatales, el sistema securitario (medicina social, jubilación), el derecho laboral con todas sus garantías, el sindicato moderno (posrevolucionario), las negociaciones paritarias, son los hijos dilectos de esa organización.

Una República de dos caras

Estas son las rémoras que el neoliberalismo intenta barrer. Su utopía es retornar a los tiempos edénicos previos al Estado de bienestar. Para ello son menester drásticos giros sólo operables desde el Estado y para los cuales una república liberal basada en las representaciones del conjunto no es funcional. En tiempos de los regímenes militares, la pugna anticomunista de la guerra fría dio excelente piso para abolir a la República misma y poder hacer esos cambios por bando militar. Así era fácil. Este procedimiento podría denominarse "desde afuera" y sus antecedentes fueron el 30, el 55 y el 62. En tiempos posdictatoriales y en razón de la impugnación internacional a las dictaduras militares debió buscarse una forma "desde adentro", a saber sin abolir la formalidad republicana. La coima en ámbitos legislativos para obtener bracitos levantados, el clientelismo político con el subproletariado urbano para obtener caudal electoral, la venalización de las direcciones sindicales para alienar el patrimonio público y anular el derecho laboral, la instalación de una Corte Suprema adicta, fueron los medios. Lo resultante fue una República de doble cara: una formal y otra real, muy distantes una de otra. Su antecedente fue la "República posible" antes del interregno yrigoyenista y la "República conservadora" luego.

En la actual etapa neoliberal, la manera de burlar el republicanismo liberal se ha vuelto más sórdida. A los recursos antes descriptos de los 90, se añaden las coerciones llamadas "carpetazos". Un aparato de espionaje que durante el kirchnerismo proveía de informaciones comprometedoras a los medios opositores para presionar y desgastar a CFK, ahora provee esa información al gobierno. Una tríada compuesta por la Agencia Federal de Inteligencia (ex Side), el gobierno y el Poder Judicial maneja las carpetas y somete por medio de la extorsión (legislador por legislador) a la (nominal a la sazón) oposición parlamentaria. El material obtenido del espionaje puede ser de índole privado personal que per sé no constituye delito pero su exhibición expondría a la víctima a la vergüenza pública, o de índole penal que expondría a la víctima a la cárcel.

Una oposición parlamentaria que ha sido neutralizada por mecanismos para-políticos es al republicanismo liberal lo que una economía oligopolizada es al libre mercado

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