Jueves 06 de Enero de 2011
El desarrollo empresarial de una Nación no es consecuencia de la genialidad de un empresario, ni siquiera de los empresarios de un sector de la economía.
Su construcción necesita de un entramado social que está suficientemente estudiado en las teorías del desarrollo y, sobre todo, probado en las sociedades que han logrado traducir crecimiento económico en desarrollo social.
En general las condiciones que requiere pueden resumirse en:
-Integración social: es muy difícil encontrar ejemplos de desarrollos exitosos en sociedades duales. La marginación y la exclusión son una de las principales barreras para alcanzarlo.
-Estabilidad institucional y política de largo plazo.
-Un pensamiento teórico propio que, sin cerrarse a otros, tenga la suficiente cuota de criticidad para analizarlos.
-Políticas macroeconómicas que aseguren equilibrios sustentables.
-Liderazgo para gestar acumulación de poder que sea capaz de arbitrar y resolver situaciones de conflictividad que necesariamente se gestan en un proceso de desarrollo económico-social.
-Capacidad de toda la dirigencia para potenciar los recursos disponibles, sean estos naturales o sociales.
-Redes de cooperación entre empresas, en el marco de una relación público privada inteligente.
La experiencia como empresario industrial me dice que cuando se discuten estos temas con colegas es difícil superar las urgencias de la coyuntura y más difícil aún trasladar estos principios al universo práctico.
Quizás por eso, más efectivo que decir qué debemos hacer es descubrir que mucho de lo que hicimos está en contra de lo que antes enunciábamos.
Tomemos el período que se inicia en 1983 hasta el año 2001 donde llegamos al borde del abismo de la disolución social.
-Integración social: no pudimos revertir la matriz de sociedad dual iniciada en la mitad de los años 70. El coeficiente Gini empeoró desde 1976 hasta 2003, donde comienza a recuperarse, pero estamos lejos todavía de haber solucionado el estigma de la exclusión.
-Estabilidad política e institucional de largo plazo: podemos rescatar que, con muletas, el sistema pudo sostenerse. Sólo tres de diez presidentes cumplieron con su mandato de acuerdo a la ley, aunque una de ellas estuvo signada por una Reforma Constitucional gestada en el Pacto de Olivos que sufrió muchísimos cuestionamientos.
-La Corte Suprema de Justicia de la Nación sólo en la cantidad de sus miembros sufrió tres transformaciones.
-De las cláusulas transitorias impuestas en la Reforma Constitucional de 1994 varias no se cumplieron. Por ejemplo: el régimen de coparticipación (el plazo venció en 1996) y la ley de ratificación expresa de las facultades delegadas (caducó en 1999).
El “que se vayan todos” resume y sintetiza el abismo al cual peligrosamente nos habíamos asomado.
En el período que estamos analizando hubo:
-Tres apropiaciones de activos financieros compulsivos.
-La vigencia de tres monedas nacionales de distinta denominación.
-La convivencia de una moneda emitida por el Estado nacional y 15 cuasi monedas provinciales.
-Una hiperinflación solamente comparable, en el siglo XX, con la sufrida por Alemania en la República de Weimar.
-El mayor default del mundo Occidental de deuda de un Estado soberano.
-Por decreto del Poder Ejecutivo suspendimos la validez de todos los contratos entre privados y dimos 6 meses para que las partes se pusieran de acuerdo y, de lograrlo, recurrir a la justicia.
Como resumen gráfico y significativo, hay dos fotografías que sintetizan mucho lo que nos pasó:
-Hay aún en el exterior 4.500 científicos de primer nivel. Y un porcentaje alto de ellos trabaja en organismos gubernamentales. La mayoría fueron formados por nuestras universidades nacionales, con dinero de los argentinos.
-En el mayor período de crecimiento de la economía de toda su historia (2003-2010) seguimos teniendo una fuga de capitales al exterior del orden de los 50.000 millones de dólares.
Estas situaciones fácticas se desarrollaron en un contexto macroeconómico donde se dieron en forma concomitante al menos seis de las siguientes políticas económicas:
-Paridad cambiaria que osciló entre maxidevaluaciones producto de situaciones hiperinflacionarias o subvaluaciones decretada por ley.
-Déficit fiscal.
-Déficit comercial.
-Déficit de balanza de pagos.
-Política de endeudamiento con crecimiento exponencial de la deuda pública externa.
-Apertura drástica del comercio exterior.
-Un Estado que renunció a la posibilidad de manejo de política monetaria, cambiaria y fiscal.
- Políticas que favorecieron al sector financiero contra la economía real.
- Ausencia de financiamiento para inversiones para producir para la economía real.
Por primera vez desde la salida de la convertibilidad estamos ante políticas macro que se alejan de las recién enunciadas.
Argentina se enfrenta hoy, después de un largo período donde destruyó ramas enteras de su industria, ante un escenario mundial que la favorece.
Desde que Raúl Prebisch comenzara a batallar con el “Deterioro de los términos del intercambio” nos encontramos ante el ciclo más largo y sostenido donde las materias primas y los commodities (tanto agropecuarios como industriales) tienen los precios más altos de la historia.
Es necesario precisar que no estamos ante una antinomia campo versus industria. Estamos en presencia de un mundo que discute y pelea por agregar valor. Debemos definir si vamos a producir y exportar acero o productos hechos con acero; aluminio o productos hechos con aluminio.
Y esa pelea es de pesos mayores. La siempre posible guerra de divisas buscando devaluaciones competitivas es una muestra de lo que hoy se juega en la globalización.
Pero con estos términos del intercambio a nuestro favor, podemos caer en la tentación de potenciar un modelo de “primarización” de la producción argentina, porque hay economías que están dispuestas a pagarlas muy bien. China necesita mineral de hierro, carbón, soja, aceites, otros minerales básicos. Pero también necesita divisas para pagar esos productos, que obtiene con la exportación de productos con valor agregado.
Este esquema de primarización puede funcionar mientras se mantengan los términos del intercambio, pero a costa de seguir manteniendo a un porcentaje importante de argentinos con subsidios y conviviendo como ciudadanos de segunda.
Argentina tiene todas las condiciones para ser una Nación de desarrollo medio si logra aprovechar este momento internacional favorable y profundiza la consolidación de un “modelo industrial diversificado”, competitivo, integrado y autosustentable.
Para ello deberá encontrar, como dijo Joseph Stiglitz, “la necesidad de un equilibrio entre el papel del Estado y el de los mercados”.
Nadie puede pensar hoy en un Estado empresario, pero tampoco podemos pensar en la autorregulación de los mercados.
El desarrollo necesita, más que nunca, de un modelo que premie, promueva, proteja y estimule a la inversión productiva, la incorporación de tecnología y la potenciación del valor agregado.
Argentina tiene todos los elementos para lograrlo. Y estamos viviendo un tiempo donde depende casi exclusivamente de nosotros, los argentinos, el poder hacerlo.
(*) Vicepresidente de la Federación Industrial de Santa Fe-Fisfe-