Lunes 25 de Octubre de 2021
Pocos lugares habrá en el mundo con una historia reciente tan ajetreada como la península de Corea. Hasta 1948 alojó un único país, que tras la guerra y a partir del armisticio en Panmunjom de 1953, se dividió al Norte y al Sur del paralelo 38 en República Popular Democrática de Corea y República de Corea, dando lugar simultáneamente a la que hoy es la mayor brecha en renta per capita de todo el mundo y la frontera más militarizada.
El país del Sur ha llamado últimamente la atención por algo en apariencia trivial, pero que tal y como vamos a tener ocasión de explicar, en realidad no lo es tanto.
El juego del calamar es la serie más popular de Netflix. Se trata de una producción que pone el foco en las desigualdades que se padecen en el seno de sociedades prósperas como la surcoreana. Seguramente sea ahora la más conocida, pero no es la primera creación de ese país que alcanza notoriedad internacional. Pensemos por ejemplo en el gran éxito de Parásitos, película ganadora del Oscar a la mejor cinta extranjera en 2020, que además ya tocaba idéntica temática.
Nos encontramos aquí ante una curiosa evolución; tradicionalmente Corea del Sur se preocupaba más por resistir el influjo cultural de China y Japón que por promover el propio. Sin embargo, algo parece estar cambiando. Lo que tenemos delante es un genuino ejercicio de soft power, que responde a una estrategia de los sucesivos gobiernos de Seúl para aumentar su capacidad de influencia.
No resulta sencillo fijar un origen concreto para esta dinámica, pero sí puede encontrarse un punto de inflexión en la crisis financiera que en 1997 azotó varios países del Sudeste asiático. El entonces presidente, Kim Dae-jung, impulsó la creación de un Plan de Ayuda al Desarrollo de la Industria (música, cine, videojuegos y animación) con un, para aquel entonces, astronómico presupuesto de 84 millones de dólares.
El Ministerio de Cultura se propuso como objetivo incrementar la presencia en mercados extranjeros tanto de series como de películas, así como de canciones de lo que ya empezaba a conocerse como K-pop, un género exclusivamente surcoreano. Por este motivo empezó a celebrarse en la isla de Incheon un festival anual de rock, Pentaport, en el que junto a bandas de renombre internacional como Placebo, Suede o The chemical brothers; se anunciaban grupos locales cuya popularidad se disparaba enseguida a raíz de sus actuaciones en semejante escaparate. Otro hito ineludible fue la satisfactoria organización del mundial de fútbol en 2002, por cierto de infausto recuerdo para España, en el que entre el combinado local y un árbitro egipcio eliminaron a los peninsulares en cuartos de final.
La presidenta Park Geun-hye ahondando en el carácter de política de Estado, remarcó en su discurso inaugural de 2013 que uno de sus principales objetivos sería el “enriquecimiento cultural”. Esta afirmación coincidió en el tiempo con la eclosión de Gangnam style, el hit de Psy que alcanzó en YouTube los 4.000 millones de reproducciones y dio la vuelta al mundo. El presidente actual, Moon Jae-in, no se ha desviado un milímetro de esta línea y ha puesto en marcha la llamada Nueva Política hacia el Sur, que busca esencialmente fortalecer los lazos con la India, sobre todo culturales, convirtiendo la zona en uno de los principales mercados para Corea del Sur. En 2018 incluso se dio otra improbable vuelta de tuerca, ya que en la reunión celebrada en Pyongyang con Kim Jong-un, se contó con la actuación de referentes del K-pop como Red Velvet o Back Ji-young. Habría que ver las caras de la delegación norcoreana.
El retorno económico de toda esta estrategia se cifró en 2019 en 12.300 millones de dólares. Pensemos que en el punto de partida, 1998, apenas superaban los 180. Compañías surcoreanas están además cada vez más presentes en nuestra vida cotidiana y son sinónimo de calidad y durabilidad: LG, Samsung, Hyundai, KIA... La percepción que después de estos poco más de veinte años suscita Corea del Sur es la de un país pequeño, amigable, sin controversias y cada vez más “cool”.
Más allá de los beneficios económicos y políticos, se está produciendo un cambio estructural inverso a lo que ocurre por ejemplo en Japón; es creciente el número de personas que aspiran a desarrollar trabajos con un componente artístico o creativo, en lugar de ocupar sus teóricos lugares como salarymen. Parece por tanto que el antiguo e inquebrantable orden jerárquico de la sociedad se resquebraja.
El soft power opera generalmente como un complemento del hard power, o bien como un estadio anterior en la evolución de la política exterior. Durante décadas países como Japón o Estados Unidos han usado su capital cultural para tratar de fortalecer el respeto de los Derechos Humanos o la democracia, como vía para la consecución de sus intereses ¿Es de esperar de Corea del Sur una actuación semejante?
Lo cierto es que normalmente se lo piensa dos veces antes de criticar los abusos de China en materia de DDHH, no en vano es su principal socio comercial. Recordemos que en 2017, cuando Seúl decidió albergar un nuevo sistema de misiles defensivos para EEUU, la represalia china consistió en dejar de emitir series y películas surcoreanas, al tiempo que interrumpió los permisos de turismo. Esto provocó pérdidas por valor de 7.500 millones de dólares, lo cual pone de manifiesto que el soft power puede suponer también una fuente de debilidad. No obstante, la creciente importancia que está adquiriendo Corea del Sur significa que a pesar de que sus relaciones con China seguirán marcadas por la prudencia, puede (y seguramente debe) empezar a levantar la voz respecto a determinados temas.
Con todo, probablemente lo más interesante de este proceso sean las eventuales consecuencias que podría tener en Corea del Norte. ¿Cabe esperar que ocurra allí como en la URSS con MacDonald’s, Coca-Cola o los Beatles, que fueron decisivos en el colapso del bloque soviético? Es posible que Psy no tenga el talento de Paul McCartney y que Gangnam Style no le haga sombra a Hey Jude, pero ¿son tan distintos en sus implicaciones geopolíticas? Series, películas y canciones surcoreanas cruzan cada día la frontera norte en memorias USB atadas a globos, y numerosos desertores que cruzan el paralelo 38 las citan como un elemento determinante a la hora de decidirse a huir. Es lo que los jerarcas norcoreanos conocen como “nampung”, el viento del Sur. Más temido que la bomba atómica.
El juego del calamar o Parásitos son creaciones con enorme éxito, que ofrecen a la vez una visión muy crítica de determinados aspectos del capitalismo. Esto paradójicamente es un cumplido que le hacen a ese sistema, en la medida en que reflejan la garantía del respeto a la libertad de expresión. Algo que sería inimaginable no ya en Corea del Norte, sino en China.
¿Podrá esta dinámica reportar beneficios más allá de los culturales y los económicos? ¿Alcanzará su área de influencia a los países de su entorno, ahora que además tras la constitución de AUKUS, el área indo-pacífica ha pasado a ser el gran teatro mundial? ¿Podría Corea del Sur incluso llegar a rivalizar con Japón como nación referente?
Netflix ya está pensando en una segunda temporada.