Opinión

Morir al volante

Reflexiones, por Jorge Salum. Las imágenes son impactantes y explican muchas de las razones por las que tanta gente se mata en las rutas. Un auto circula a gran velocidad detrás de un camión y se abre a la izquierda para adelantarse. Es evidente que el conductor no miró por el espejo retrovisor ni anticipó la maniobra con la luz de giro.

Jueves 10 de Enero de 2008

Las imágenes son impactantes y explican muchas de las razones por las que tanta gente se mata en las rutas. Un auto circula a gran velocidad detrás de un camión y se abre a la izquierda para adelantarse. Es evidente que el conductor no miró por el espejo retrovisor ni anticipó la maniobra con la luz de giro. Por detrás aparece otro auto, que va todavía más rápido. En el carril no hay espacio más que para uno de ellos y el conductor del segundo vehículo se ve obligado, en segundos y mientras va a gran velocidad, a frenar con brusquedad. Termina en la banquina del lado contrario. Ambos conductores tienen suerte, tanto el que iba adelante como el que intentó pasar desde atrás, pero deben su fortuna a que en ese momento nadie
circulaba en sentido contrario. Si hubiera sido así, el choque de frente con cualquier tipo de vehículo que se desplazara por el carril contrario hubiese sido inevitable.
Hay más ejemplos de imágenes como esta, incluso de conductas todavía más temerarias de los conductores. Por ejemplo, la secuencia en la que se ve a un moticiclista que al llegar a una curva a la derecha decide adelantarse a un auto por ese lado y resulta embestido porque el conductor no lo vio. Terminó hospitalizado, pero pudo
acabar peor.
Son imágenes reales y están en un video oficial que la Dirección General de Tráfico (DGT) de España difundió ayer en toda la península a través de los medios de prensa de ese país. Muestran un resumen de algunas de las maniobras más peligrosas captadas por sus agentes en las rutas españolas desde un helicóptero. Constituyen, como explicaron funcionarios del organismo, el "top 10 de las barbaridades al volante" y algunas de las razones por las cuales tanta gente muere en accidentes de tránsito en ese país.
En España las estadísticas de víctimas fatales en las rutas es escalofriante, pero no son más dramáticas que en la Argentina. La diferencia es que el Estado español se está ocupando del tema y se ha propuesto como meta reducir las cifras de muertes. Para eso elaboró una política a largo plazo y la ejecuta día a día. Lleva años trabajando en el tema y algunos objetivos cumplidos. Este año, por ejemplo, la cantidad de víctimas fatales en la Navidad y el Año Nuevo se redujo a la mitad en algunas regiones. No es suficiente, creen los funcionarios del tráfico, pero es algo. Y en España lo celebran.
En la Argentina el Estado no toma en serio este flagelo. ¿Helicópteros de un organismo centralizado que controlan el tránsito filmando infracciones desde el aire para instruir a los conductores? Ni eso, ni mucho menos que eso.
Esas imágenes difundidas en España parecen de ciencia ficción en un país como Argentina, que deja demasiadas cosas libradas a los caprichosos dictámenes del azar, entre ellos lo que sucede en las rutas con la vida de la gente.
Las estadísticas de 2008, que apenas transita su décimo día, ya dan cuenta de 60 muertos en accidentes ruteros. Lo más probable es que este dato ni siquiera sea fidedigno: mientras esta página se imprime y llega a mano de los lectores, otras tragedias podrían haber sucedido o estar sucediendo ahora mismo, en algún rincón del país, para confirmar así que cuando alguien sale a circular por una ruta argentina no sabe si llegará a destino y ratificar que hacerlo es como apostar a una ruleta rusa.
Sin embargo, no sólo la ausencia del Estado permite que tragedias como la de ayer en una ruta de San Juan se repitan una y otra vez de manera inexplicable. El informe de la DGT de España demuestra que buena parte de los accidentes se producen por la conducta imprudente de quienes manejan. En la Argentina hay otros factores que potencian el problema (pocas autopistas, calzadas en mal estado, ausencia de rotondas, banquinas inexistentes o con poco mantenimiento, rutas sobrecargadas de ómnibus y camiones, una infraestructura obsoleta para vehículos cada vez más modernos, señalización deficiente y tantos más). Sin embargo, el apuro, la negligencia y el desapego de los conductores al cumplimiento de normas más elementales, como los límites a la velocidad de circulación, son la causa de un buen número de accidentes fatales.
El problema es cultural, de actitud individual y colectiva, de una autoestima desmedida de quienes conducen, de desprecio por la vida propia y por la ajena, de intolerancia. De educación y de valores, en definitiva. Por eso no alcanzan los denonados esfuerzos de organizaciones como Luchemos por la Vida y otros similares para ayudar a la gente a tomar conciencia del problema. El empleo del sentido común llevaría a suponer que la difusión masiva a través de los medios de accidentes como el que ocurrió el martes en la autovía 2 (cinco muertos) o el que sucedió el lunes en la ruta 8 (cuatro muertos) tendría que provocar una reacción favorable. Nada de eso. Los medios transmiten todo el tiempo imágenes impactantes y cuentan historias tremendas sobre cada tragedia, pero la sociedad parece no registrarlas. Adormecida y ensimismada, y sobre todo acostumbrada, sigue produciendo muertes en una especie de suicidio colectivo, lento pero implacable.
Hoy da miedo salir a la ruta. O quizás no sea así: por la velocidad que imprimen a sus vehículos y la suficiencia con la que manejan, muchos argentinos no parecen temerle a nada. Ni siquiera a matar o morir sentados al volante.

jsalumlc@hotmail.com

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