Opinión

Moderación por defecto

Estrategias. El tono de la campaña viró hacia el centro. Los candidatos parecen actuar para no asustar a los electores, pese a sus profundas diferencias de criterios.

Miércoles 04 de Septiembre de 2019

Aun cuando es patente el furioso disenso que existe entre el macrismo y el cristinismo, el tono de la campaña ha dado un giro hacia el centro. Se ha moderado. Una moderación que podríamos intuir, no surgió del convencimiento de ninguno de los dos, sino por el reclamo público (y de los mercados) de sustituir tensión por moderación.

Podríamos considerar que el proceso electoral muestra dos niveles. Uno basado en la defensa de las verdaderas convicciones que proponen modelos de país sustancialmente distintos, y otro fijado en la imagen donde los candidatos procuran "no asustar" al electorado y tampoco a los mercados.

Esto es, en otras palabras, el cambio de estrategias por defecto. La resolución de la brecha entre dos visiones esencialmente distintas por temor al rechazo. Lo que parece reunir tanto a Macri como a Alberto no son las convicciones profundas sino el temor a perder un electorado que está cansado del extremo.

La moderación por defecto es, podríamos decir, el estado mediático de la campaña que, yendo un poco más profundo, habría que mirar con escepticismo. Apenas aparecen los temas de fondo los intentos de moderación quedan desechados para alumbrar lo que queda: la profunda diferencia de visión económica sobre el futuro del país.

Lo que los une es débil. Es más que nada una oratoria de moderación obligada por la pretensión electoral. No sabemos si lo que están expresando es producto del convencimiento o de los principios íntimos de cada uno. Lo que sí sabemos es que responden enfáticamente a un giro electoral, a la presión de los mercados, y al llamado de la gente a dialogar, a consensuar y a conversar.

Diríamos, más bien, que la prudencia sobreviene por interés más que por principio. Tanto de un lado como del otro hay una diferencia rabiosa de criterios que difícilmente pueda ceder. El retroceso del presidente en materia de reformas y las expresiones centristas de Alberto sugieren una manifestación de discurso menos cabal que electoralista.

Quizás sería más sano, como ocurre en otras sociedades, no ser vergonzantes. No tener vergüenza de lo que cada uno piensa si aquello aclara la vida política y los alineamientos. Esto puede ser costoso en el tiempo electoral, pero sin dudas fortalece las pretensiones de cada uno de cara al futuro.

Técnicamente esto es lo que los filósofos llaman coherencia. Sostener con la acción lo que se expresa como idea. Es lo más difícil de la vida política porque supone costos. Supone dejar afuera a un montón de votantes que no conciben la realidad como uno, y optan por otro proyecto.

No obstante ello, la coherencia es lo que mantiene vivo a los proyectos. Aquello que reconocemos como genuino y respetamos aun estando en desacuerdo. El problema de la coherencia no es su fundamento, sino que no es electoralista. No negocia los principios por el éxito posible.

Entiendo que los modelos de economía en juego son distintos. Que los paradigmas con los que unos y otros piensan la realidad son distintos. Pero la coyuntura ha llevado a ambos a entrar en una extraña coincidencia de fines que no sabemos, ciertamente, si prevalecerá. Más bien podríamos pensar que no.

Lo cierto es que la coherencia política es difícil y muchas veces resulta en altos costos. Pero aporta estabilidad, aclara el panorama a los votantes y resuelve una de las grandes dificultades de la vida política: la creación de confianza. Mientras las decisiones se tomen más por presión que por convicción el panorama no termina de estar claro. Sobre todo, si estas son las posiciones que van a respetarse en el futuro.

Tener en claro esto despejaría el dilema ideológico. Y, ciertamente, clarificaría las posiciones de fondo sobre los temas esenciales (la producción, el ahorro, la inversión, la creación de empleo, la estabilidad). La cuestión es hasta qué punto prevalecen las convicciones profundas y hasta qué punto sólo se trata del teatro político.

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