Opinión

Mentalidades

El autor de esta nota, rosarino residente en Europa, marca rasgos cuestionables del Viejo Continente y subraya la necesidad de convivir en armonía.

Lunes 09 de Diciembre de 2019

No puedo dejar de abrir la boca cuando, en mis visitas a Roma rumbo al Foro Itálico, veo al fondo del puente Duca d’aosta el Obelisco Mussolini (foto). Cualquiera lo puede encontrar en instantes viendo la ciudad por google-earth. Tal como cuando fue erigido en 1932, el obelisco luce la orgullosa leyenda “Mussolini Dux”. A nadie se le ocurrió moverlo de lugar, ni tomarlo en la mira de un acto vandálico, ni siquiera una pintada con spray. Y si a alguien se le ocurrió, no lo hizo. Viniendo de Alemania, como es mi caso, esto parece un escándalo —tal es la preocupación y la obsesión mostrada aquí después de la guerra en borrar o hacer irreconocible todo signo o nombre nazi, en especial la cruz esvástica, por pequeña que fuese, como las de los relieves de las campanas del Estadio Olímpico de Berlín de 1936—.

También vi el año pasado en Udine vinos con etiquetas el “Führer”, el “Duce”, etcétera. Son de venta “normal”, aunque por fortuna no de producción masiva. Al parecer los italianos conviven con (todo) su pasado sin mosquearse mayormente por eso, algo inconcebible en Centroeuropa. Hay un grano de verdad en el dicho “los alemanes aman a los italianos, pero no los respetan, y los italianos los respetan, pero no los aman”. Como toda generalización esto debe tomarse con pinzas, pero sí que es reveladora de mentalidades.

Hace muy poco me alojé en Barcelona junto a “Plaza de las Glorias catalanas”, nombre igualmente inconcebible aquí. Me hizo pensar en la bella frase de Bertolt Brecht: “pobres son los pueblos que necesitan héroes”.

Claro está que después de la catástrofe apocalíptica de la Segunda Guerra no hayan quedado muchas posibilidades de hablar de “gloria” alguna en Alemania: cosa simpática y a la vez un error, ya que aquí habría motivos suficientes como para tener la autoestima algo más alta. La psiquis alemana ha sufrido daños irreparables entre 1933 y 1945, daños de diversa índole.

Al observar las reacciones de dolor por el gran incendio de Notre-Dame —que llegó a paralizar la televisión alemana suspendiendo hasta los noticiarios para concentrarse en exclusiva en el dramático siniestro—, tuve que recordar tantas fotos, filmes y rastros in natura de infinidad de monumentos alemanes víctimas de la guerra. La conclusión es que sí, cuando a un país le tocan sus piedras más sagradas, esto produce una suerte de conmoción cerebral y la herida queda. Pero la sociedad alemana ni siquiera está en condiciones de sentir lo que sucedió con los bombardeos como una catástrofe cultural (como tampoco humana). La capacidad del ser humano de olvidar lo que no quiere saber, de dar vuelta la cara a lo que tiene delante, pocas veces ha sido puesta a prueba más intensamente que en la Alemania de posguerra.

La dañada autoestima se mezcla en Alemania con una frecuentemente comprobable consciencia de cierta superioridad, no del todo extinguida: una explosiva mezcla. Es difícil decir qué tendría que pasar para que esto cambie. Quizás darle tiempo al tiempo, quizás lo cambie la hiperinternacionalidad que tiene la sociedad de hoy, cosa de que la Argentina está tan lejos: ¿una de las ventajas de estar geográficamente en el “fin del mundo”? Pero el peligro es que esa hiperinternacionalidad de hecho produce también rechazos virulentos.

La intolerancia ha sido siempre una cualidad muy de Europa y de la “Cristiandad” (no del cristianismo, claro, que es otra cosa, como bien explica Enrique Dussel). Y la excluyente obsesión religiosa y etnocentrista ha sido una constante muy europea. Hasta puede ser que por culpa de la Europa del siglo XIX el Islam se rigidizara tanto como al menos parece estarlo hoy. Cabrá recordar que durante las cruzadas (¡!) se le ocurrió al poeta árabe Ibn al-Qaysarani escribir veintiún poemas de amor dedicados a la belleza de los cristianos, tanto hombres como mujeres (¡!). Lo mismo pero al revés de parte de un europeo del siglo XII hubiera sido inconcebible. La xenofobia parece haber no existido en las sociedades islámicas del pasado, pero sí claramente en Europa. Las viejas sociedades islámicas eran interculturales. Y la obsesión religiosa inhibió en el Occidente medieval el progreso científico, pero de ninguna forma entre los árabes, que en este sentido no tuvieron “Edad Media” —como bien indica Thomas Bauer en su último libro (“Warum es kein islamisches Mittelalter gab”, Darmstadt 2019)—.

¿No sería lo mejor y altamente necesario poder salirse de tantas certezas culturales, políticas, económicas y del color que fuesen, para vivir mejor juntos en el único mundo que tenemos a nuestra disposición?

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