Opinión

Memorias de un viejo capitán

Reforma, ¿sí o no? El autor de esta nota no duda de la necesidad de modificar la Carta Magna de la provincia y afirma que el cambio significaría una apuesta a una renovada forma de convivencia democrática. Sin embargo, hace una aguda observación, apelando a un lingüista que analiza las campañas electorales de los Estados Unidos

Lunes 23 de Abril de 2018

Cuando era capitán de un petrolero en una empresa privada, hacíamos la navegación desde el Pontón Intersección (rada La Plata) hasta Comodoro Rivadavia, donde cargábamos petróleo crudo en Caleta Olivia, con destino al puerto de La Plata. Siempre los prácticos del río de la Plata o del puerto me entusiasmaban para que entrara al practicaje. No tenía emoción, entrar a un sistema como punto final a mi carrera de marino mercante, tenía 30 años. Cuando fui capitán, ejercí el comando como en los viejos tiempos, el capitán decidía, con responsabilidad, pero sin ninguna interferencia superior. Aprendí cuando era oficial en YPF, de los buenos capitanes y de los pocos malos. Había pasado de segundo oficial en YPF a capitán de un petrolero de una empresa privada. Toda una aventura y un reto a mi profesión. Apliqué todo lo bueno que aprendí, puse en práctica mi teoría sobre la conducción, con resultados positivos. Apliqué el sistema de impartir las órdenes más importantes por escrito. Era responsable directo de las órdenes que impartía. Cuando me hice cargo del comando, me atendieron en la planchada para embarcar, varios jóvenes como yo, con un atuendo de trabajo bastante deteriorado. Uno me preguntó, "¿qué busca en este petrolero?". "Vengo a tomar el cargo de capitán, ¿y usted quién es?", pregunté. "Soy el oficial de guardia, señor," dijo. "Muestre mi camarote", respondí. Ahí comienza mi historia. En los primeros días, me puse al tanto de los defectos que tenía el petrolero, que eran muchos. Uno de los temas preocupantes, era la pérdida de vapor en las tuberías. Pedí que me mandaran unos rollos de cordobón, material que sirve para envolver tuberías, tapar agujeros y dejar sellado cualquier defecto en la estructura. El material se pedía a EEUU, se lo cargaba en Montevideo, y fui dejando a nuevo "mi petrolero" de la época de la Segunda Guerra Mundial. Tramité en la empresa que mis oficiales cobraran el sueldo inmediato superior, la tripulación cobraba diariamente seis horas extras, trabajadas o no. Cambié el menú de comidas. Quince días con diferentes comidas. De cuatro platos, suprimí uno. Tuve problemas con el Somu. Cuando vinieron a protestar y me pararon la zarpada, verificaron qué se comía y terminaron pidiendo el menú de 15 días para ver si lo podían aplicar en buques mercantes. Salí a navegar sin novedad. Me llamaron de la gerencia y me interrogaron. "Hoy su primer oficial gana como capitán y usted no pide nada". "Pido por mi gente. Si merezco o no mayor retribución, no lo decido yo". Resultado, me aumentaron el sueldo. Es para largo, pero tuve la mejor tripulación de la Marina Mercante Argentina. En Comodoro Rivadavia, sin pedirlo, con el máximo de seguridad, pintaban el casco de negro porque decían "el capitán quiere entrar con el buque mejor presentado". Desde ya, mis oficiales y mi tripulación, cuando zarpaba y al regresar, de riguroso uniforme, como los marinos mercantes ingleses. Se terminaba el contrato con YPF, tenía cumplido el comando para entrar de práctico, di examen y entré al Cuerpo de Prácticos del Río Paraná. De 125 prácticos del río Paraná, era el segundo capitán de ultramar en estar habilitado. Si Dios ayuda, algún día volveremos a tener una Marina Mercante poderosa, como deseaba nuestro querido y genial Manuel Belgrano. Que así sea.
Carlos A. Borisenko
DNI 4.340.294



Los despidos que más duelen

Siempre duele saber y ver que un trabajador se queda en la calle, porque cada trabajador es una familia y todas las familias conforman la comunidad. Si en nuestro pueblo falta o se pierde el trabajo, es imposible que un país se desarrolle. Como primer ministro de Agricultura de estos 34 años de democracia, siento un dolor enorme por los 330 despedidos del Ministerio que durante dos años sentí como mi propia casa y como el lugar al que nunca dejé de pertenecer. Desde el gobierno nacional creo que, tanto el presidente Mauricio Macri como el ministro Luis Etchevehere les faltan el respeto a los profesionales, subestiman a todo el sector agroindustrial, lo minimizan, le sacan el principal recurso que un Estado puede darles, que es el respaldo de profesionales para el beneficio de su crecimiento y de su desarrollo. Los 750 trabajadores del Inta, un organismo federal que cuenta con los ingenieros y los científicos mejor formados del mundo, son socios estratégicos y desinteresados de los hombres de nuestro campo y de nuestras agroindustrias. Los 84 trabajadores de la Unidad de Cambio Rural, que se dedicaban al desarrollo de todas las regiones, son algunos ejemplos del destrato de este gobierno para los hombres y mujeres que trabajan el recurso más importante de nuestro país, que es la tierra. No les interesa que Argentina sea una Nación que siga formando los mejores profesionales del mundo, no les interesa que el país genere nuevas oportunidades de desarrollo y de negocios, no les interesa la dignidad de las familias, no les interesa que el mundo nos vea como socios calificados. Sólo les interesan los negocios personales y el beneficio de unos pocos. Argentina es una nación productora de alimentos, es valorada en el mundo por los productores y profesionales que trabajan en el sector agroindustrial, que no tienen techo en sus sueños ni en sus ambiciones, que quieren progresar y en su éxito deviene el desarrollo de todo el país. Les pedimos que dejen de ver al ministerio como una empresa, que no entreguen a nuestros productores a los intereses del sistema financiero internacional, que sigan pensando en las familias, en planes estratégicos que convoquen a todos los actores, en desarrollo tecnológico y científico. Dejen de mirarse el ombligo, convoquen en lugar de destruir. Tienen en sus manos la posibilidad de seguir alimentando ilusiones, no la desaprovechen. Les envío un fuerte abrazo a todos los profesionales despedidos, sepan que hay un sector agroindustrial que les está profundamente agradecidos y una Argentina que los necesita y que, en algún momento, los va a volver a convocar.
Julián Domínguez, ex ministro de Agricultura de la Nación


Que haya castigo para todos

Pasaron más de dos años del nuevo gobierno y lo único que se hizo hasta ahora fueron falsas promesas y una persecución permanente a los antiguos funcionarios con acusaciones de corrupción y desfalco, que me gustaría que se puedan comprobar. Lo más fehaciente hasta ahora es que el ex vicepresidente hizo una transferencia de su auto y omitió pagar un impuesto, y que la sirvienta de un ministro quedó debiendo en el supermercado. Los 12 años nefastos, las arcas vacías y otras acusaciones ambiguas siguen siendo muletillas de los que critican a la anterior gestión y del periodismo partidario, que sirven para tapar lo que se prometió en campaña y no se hace. Pero no dicen nada de las acusaciones a funcionarios que tienen inversiones en el exterior no declaradas, de la inflación, del fastuoso endeudamiento, de la falta de inversión prometida, de los cierres de empresas y despidos, los tarifazos, la inseguridad que sigue en aumento y las permanentes mentiras a que deben recurrir por la incapacidad que han tenido hasta ahora para gobernar. Quiero que se comprueben los delitos y se castigue a todos los culpables, pero sin dejar de incluir a los que, como todos sabemos, están robando a los jubilados (diputados y senadores), a los trabajadores, sus puestos de trabajo, al pueblo, quitando los subsidios en los servicios, a los sueldos, tratando de implementar una reforma laboral para favorecer a las grandes empresas. Espero que los gobernantes cambien el rumbo y que la Justicia actúe en forma independiente, y si hay culpables, que haya castigo para todos.
Esteban Leopoldo Giannuzzi
DNI 6.063.819

Ama a tu prójimo como a ti mismo

Freud enunció el mandamiento "ama a tu prójimo como a ti mismo" como el fundamento de la vida civilizada. Aunque resultó altamente contradictorio a los sentidos de toda sociedad. Este mandamiento que desafía los instintos determinados por la naturaleza, distingue la vida humana de todas las criaturas vivas. Aun siendo un mandato y una aspiración que siempre han suscitado ilusiones y decepciones, nuestra sociedad sigue aferrada a la razón del autointerés y a la búsqueda de la propia, privada y mezquina felicidad. El mandato de amar al prójimo resulta ser probablemente el menos obedecido, y por resultar tan difícil, el que más se obstina en enunciar todas las sociedades, toda ideología y toda religión. Considerando que el principio imperativo de los genes que condujeron a nuestra especie fue sobrevivir, cualquier propósito de la vida tiene un solo objetivo, y es la propia vida. Por consiguiente y en contraposición aparecen el ego y la preocupación por protegerla, transformándolo de ese modo en el único determinismo incuestionable para dar vida al egoísmo, un sentimiento contradictorio que actúa como antídoto contra el amor por el prójimo, avergonzando al ser humano. Sin embargo existe y es la primera exigencia de la vida, significando la principal fuente de progreso sobre el cual está basado el principio de la competencia. Como moderno y patético ejemplo de esta disgregación de virtudes, vale recordar una frase de una señora de la alta sociedad, muy adinerada, en su declarado afán místico por respetar los mandamientos, procurando no dañar sus propios intereses diciendo: "Por favor, cuando venga la inflación, repártanla entre los pobres".
Norberto Ivaldi


Vergonzosa y deplorable actitud

Con frecuencia veíamos en los medios al diputado Nicolás Massot. Sus entrevistas elocuentes y de perfil bajo, nos dieron muy buena impresión. Siempre defendiendo a su partido, el PRO. Sin embargo, en la mesa de Mirtha Legrand, cuando se defendía de las acusaciones del invitado José Luis Espert en el cruce de palabras por el elevado y oneroso sueldo del diputado, imprevistamente Massot adoptó una postura que no lo favoreció. No sólo defendió su salario sino que se lamentó de que era muy poco lo que ganaba (alrededor de 130 mil pesos). Estas cifras dan escozor a la sociedad que gana un promedio de 20 mil pesos. Espert conoce muy bien a los congresistas y cuáles son sus las ganancias. Además, el diputado Massot también tiene un muy buen ingreso ya que su esposa es secretaria del diputado Monzó, por lo que estuvo muy fuera de lugar la defensa de su "magro salario". Los últimos acontecimientos del deplorable comportamiento de Massot han dejado muy en claro la clase de persona que nos "representa" a los que luchamos por sobrevivir mientras el dinero siempre cae en la misma bolsa. La dignidad se demuestra con acciones, de lo contrario sólo le resta el decente camino de la renuncia.
Paola Lena Riviera


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